Lunes, 22 Mayo, 2017

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Sombra de Rebeca

Rebeca o la sombra de la otra, la otra que no soy yo, la otra idealizada, envidiada y odiada.

Cineptos Zinescrúpulos | @cineptos


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En una ocasión leí que cuando Daphne du Maurier escribió su más famosa obra, en la que se basa bastante fielmente esta película, estaba mucho más interesada en contar una historia de celos que de amor.

“Anoche soñé que volvía a Manderley”. Así es como  comienza esta película, al igual que la novela del mismo nombre.  Manderley, la mansión familiar de los De Winter, que al comienzo se nos muestra devastada y ruinosa, es el lugar al que vuelve en sueños la protagonista, para narrarnos los acontecimientos que llevaron a este estado de cosas, y en un flashback volvemos al pasado, al sur de Francia, donde la protagonista trabajaba de señorita de compañía de una rica dama.

Como en un cuento de hadas, aparece un príncipe azul, quizás añoso y algo amargado, pero rico y con clase, para rescatar a la joven protagonista sin nombre de la madrastra de turno, que en este caso es la repelente señora para la cual trabaja.

Tras un rápido romance, (y tras la advertencia de su ex patrona de que el viudo no ha podido olvidar a Rebeca), llega una atípica boda, pasan una feliz luna de miel, y finalmente Maximilian De Winter lleva a la nueva señora De Winter a Manderley, donde los espera en formación la servidumbre al completo, por orden del ama de llaves, la siniestra Mrs. Danvers, que ha pasado a la historia del cine como la criada malvada por excelencia.

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Manderley es el escenario del drama de los celos, está tan ligado a la sombra de Rebeca y tan impregnado de su recuerdo, que sus destinos van aparejados. Celos siente la insegura e influenciable protagonista hacia la difunta señora De Winter, con la que siempre  se compara y es comparada por los demás, saliendo muy malparada casi siempre; celos siente Mrs. Danvers, que no soporta que el viudo haya colocado a otra en el lugar de su amada señora,  y asimismo,  Max De Winter, también es atormentado por celos retrospectivos.

Si vemos hoy Rebeca, tal vez nos recuerde a otras películas de similar temática, basadas algunas de ellas en obras a las que se ha metido en el cajón desastre de la “novela gótica”.

Sin ir más lejos hasta hace poco estuvo en cartelera otra película que incluía en su argumento un caserón maldito y ruinoso, un viudo atractivo y atormentado, aristócratas con oscuros secretos, pasiones prohibidas, fantasmas del pasado que se niegan a irse, la figura del ama de llaves, retorcida y con una mala leche espantosa, y hasta el mismo perrito que añora a su difunta dueña. Como dato, recordar que a Du Maurier se la acusó de plagiar a Charlotte Brontë con su Jane Eyre, novela que no se parece en nada argumentalmente a Rebeca, pero que comparte los mismos arquetipos.

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¡Spoiler!

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En la adaptación al cine de esta obra Hitchcock nos regala escenas muy poderosas, como  aquella en la que Mrs. Danvers enseña la habitación de Rebeca a la nueva esposa, mostrándole incluso su ropa interior (un momento muy lésbico- voyeur) o la que ocurre tras la fiesta de disfraces, cuando trata de inducir al suicidio a la protagonista, tras provocar una fuerte disputa en la pareja al haberla engañado a ella, haciendo que se vistiera del mismo modo que Rebeca lo hizo en la última fiesta que dio en vida. A partir de ahí los acontecimientos se desarrollan muy rápidamente, y es en este punto donde se ven las mayores diferencias entre el libro y la película, resultando el personaje de Max más favorecido aquí.

A partir de este momento vemos salir el carácter de ella, que se forja con los acontecimientos que ocurren, perdiendo de paso su ingenuidad infantil, de la que Max se enamoró en su día.

El amor triunfa finalmente sobre la sombra de Rebeca, que amenaza con separar a la pareja, como teme Max, pero a un precio: Manderley.

Un artículo de Cineptos Zinescrúpulos

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