Jueves, 19 Octubre, 2017

            

Reencuentros

Reencuentros
Juan Pablo Luque Martín


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Zapatos nuevos, uniforme nuevo, chándal nuevo, cartera nueva, libros nuevos, plumieres, libretas, reglas, bolígrafos, rotuladores… Total, unos quinientos euros del ala cuesta la rentrée de cada hijo. Casi nada. Y eso que no hay autobús escolar y, gracias a Dios, Dani este mes sólo se queda al comedor tres días a la semana…

Bueno, pues así comienza el nuevo curso. Ellos, de punta en blanco; nosotros, lápiz afilado en la oreja, sin dejar de hacer números. Soy afortunado. Dani “sólo” tiene dos hermanos, y la multiplicación es corta. Me río de la cuesta de enero comparado con el infranqueable muro de septiembre… Acostumbrados a la cervecita del chiringuito, a la sobremesa, a la paellita, al espeto… Lo escrito, que menos mal que comienza el año escolar y a uno no le apetece salir ni al tranco de la puerta.

Bien mirado, y haciendo el esfuerzo de no ser pesimista ni agorero, septiembre ofrece indudables cosas buenas. Después de tres meses de verano (a veces parecen treinta), entregado día y noche, siesta incluida, a la paternofilial causa de estar con ellos, como en lo que el viento se llevó, siempre nos queda el reencuentro, el momento en que, puntual a las ocho de la mañana, incluida aula matinal, entregas los trastos de la guarda infantil al cole, y te dispones, entre nervioso y emocionado, a saborear a solas y en paz un buen café. Y con la fresquita, atraviesas Camino de Ronda, Recogidas, hasta que por fin…. Bendito trabajo…

Si. Definitivamente septiembre, además de granadas, membrillos, procesión de la Virgen y fiestas de San Miguel, trae otros momentos estelares. Por mucho que las hojas caigan mientras suben las facturas escolares. La vida, que ya no es como antes. Nuevas situaciones y nuevos retos para el futuro. Como el de conciliar, una forma de referirse al fracaso educacional achacable a un inagotable trabajo que dificulta, entorpece y limita la relación con nuestros hijos.

Frente a ello se alzan quienes desde la propia escuela acusan a los padres de pretender simplemente aparcar a sus hijos en el colegio. Valientes bofetadas del absurdo. No importa. Está en juego su futuro: si aprende a crecer en libertad, en educación y en respeto, habrá merecido la pena. Piti y yo agradeceremos al cole su labor. Pero Dani y sus hermanos agradecerán a sus padres el uso que hicimos de nuestro derecho a decidir libremente su educación. Digo bien: su educación. Que no el parking donde dicen que los dejamos.

Algún día los centros educativos se darán cuenta de ello. Miento. Sé, muchos saben, de una monja, la que se encargó de construirme como padre, que siempre lo afirmaba:  lo agradecidos que debían estar los colegios por ser los elegidos para formar. Y lo difícil que es elegir para un padre. Siempre con la sensación de habernos equivocado. Siempre con la virtud de procurar que no le falte de nada. Nuestra cruz. La cruz de los padres en este siglo XXI. Dar hoy lo que engañosamente exige la sociedad para ser uno más. Pues ese uno más, cuesta mucho e implica multitud de renuncias. La primera, a nosotros mismos y a nuestra vocación de papás. Los papás sabéis de qué hablo.

En el filo de navaja, en el discernir hasta llegar a un punto de equilibrio, a ese debate se suman abuelos, familia, actividades extraescolares, amigos, grupos juveniles… Y nuestro gran regalo: demostrarles que la vida existe, que son personas amadas, que la amistad y el respeto está por encima de todo y deben presidir su educación… En el mes del reencuentro, las propuestas educativas son miles, y los escasos ánimos y múltiples facturas no deben desmerecer nuestras decisiones. A fin de cuentas, se adoptan desde el cariño, absolutamente compatible con la paz y el descanso del delicioso café que a solas esta mañana a las ocho, como muchas mañanas desde hace años, Emilio y Maite me dan en la esquina del cole.

El día se hace largo. Uno no se encuentra aún sin estar rodeado de juegos, de gritos, de discusiones y de besos, muchos besos. Uno aún no se acostumbra a no saber nada de Dani ni de sus hermanos. Este es el problema de los reencuentros. A nosotros nos toca hasta las dos y media reencontrarnos con el vacío de nosotros mismos. En septiembre, aún no estamos acostumbrados. Digo yo que el frío nos ayudará. Y a las dos y media salen de la escuela, qué palabra tan bonita….

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