Lunes, 18 Diciembre, 2017

            

¿Qué sabes de la sensibilidad química múltiple?

Es una respuesta excesiva del organismo que se sensibiliza ante cantidades bajas de productos químicos que no ocasionan síntomas aparentes en otras personas

La sensibilidad química es una de esas enfermedades relativamente 'desconocidas'


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Es una respuesta excesiva del organismo que se sensibiliza ante cantidades bajas de productos químicos que no ocasionan síntomas aparentes en otras personas. Puede afectar a todos los aparatos y sistemas del cuerpo y dar lugar a muchos síntomas variados. Quienes la padecen sufren una gran incomprensión, por falta de conocimiento de la enfermedad, de sus círculos más cercanos, el sistema sanitario y la sociedad.

Según explica a Infosalus la doctora Mar Gimena, especialista en esta enfermedad medioambiental y médico de familia del Servicio de Atención Rural, entre los síntomas se incluyen los neurocognitivos (confusión o falta de concentración), digestivos (náuseas, vómitos), irritación e inflamación de las mucosas (nariz, boca y ojos), cansancio extremo, dificultad respiratoria, calambres o dolores de cabeza y mareos, entre otros muchos.

En ocasiones es fácil rastrear el origen de la enfermedad como una fumigación en un área cercana de la vivienda o la exposición laboral en ambientes cerrados a barnices y pinturas, pero en la mayoría de los casos la exposición o exposiciones que causan la enfermedad se desconoce porque la persona no puede recordarla“, explica Gimena.

La persona que desarrolla sensibilidad química múltiple (SQM) se sensibiliza así no sólo al químico que desencadenó el inicio de los síntomas sino también a otros productos químicos y con mínimas exposiciones desarrolla síntomas cada vez más graves. Estas personas se pueden recuperar tras un primer brote pero esto es difícil ya que aunque no se esté en contacto con el agente que desencadenó la SQM no se pueden evitar el resto de químicos presentes en el ambiente o en los productos que utilizamos.

La SQM no es una reacción alérgica mediada por la inmunoglobulina (Ige), las alergias no ocasionan síntomas neurocognitivos como falta de concentración o memoria, las teorías existentes sobre sus causas apuntan a una alteración en la producción de energía de las células (generada por elementos celulares denominados mitocondrias) y a un aumento en la permeabilidad de la barrera hematoencefálica que evita que tóxicos alcancen el cerebro.

Los químicos podrían actuar como oxidantes que estropean las barreras celulares y la barrera hematoencefálica cerebral. No es así una reacción alérgica sino una oxidación absoluta de la célula que no puede recuperarse y que altera todos los sistemas orgánicos”, explica Gimena.

Esta oxidación se uniría a un déficit de los productos antioxidantes que nos protegen para dar lugar a un daño orgánico profundo difícil de revertir con la terapéutica existente y para el que la prevención es lo más importante.

UN PERIPLO SIN FIN POR EL SISTEMA SANITARIO

En cuanto a su incidencia existe mucha variabilidad y los datos existentes proceden de Estados Unidos donde, a través de encuestas telefónicas y auto-completadas, se estima que puede afectar a entre un 5% y un 15% de la población.

No existe una prueba diagnóstica, aunque se están investigando marcadores, lo que lleva a que el diagnóstico sea clínico a través de recoger las posibles exposiciones en la historia laboral, el ocio y el lugar de residencia como único medio para descubrir caso por caso la posible causa.

El cuestionario de autoevaluación QEESI (siglas en inglés de ‘Inventario rápido de exposición y sensibilidad ambiental’) mide de 0 a 10 la afectación en la calidad de vida en estas personas. Sus resultados indican una repercusión leve, moderada o grave.

Estas personas se pasan pululando por el sistema público entre 7 y 10 años.No hay daños estructurales aunque se ha comprobado que existe menos flujo en determinadas áreas cerebrales. Los estudios endocrinológicos pueden mostrar alteraciones tiroideas, también pueden presentarse dolores e intolerancias alimentarias.

Estas personas además no tienen ayudas a pesar de que la SQM puede ocasionar una discapacidad que incapacite para trabajar y ven su vida muy alterada. Sufren de incomprensión por parte de su círculo cercano por desconocimiento de la enfermedad.

Además, son muchas las mujeres afectadas dado que tienen más grasa corporal y acumulan más tóxicos químicos. Se las cataloga por trastornos de salud mental, dado que sufren ansiedad y depresión, que en realidad están asociados con la situación de su salud. “Es necesario una difusión básica para dar a conocer la enfermedad, porque existe una resistencia por parte de la sociedad, los profesionales de la Medicina y los propios pacientes”, apunta la médico de familia.

Ya existen estudios epidemiológicos que han demostrado los efectos perniciosos de pesticidas, barnices y pinturas, limpiadores de hogar o componentes de suavizantes y desodorantes, entre otros.

En una habitación cerrada en la que se reúnan 10 personas se calcula que existen al menos entre 200 y 300 sustancias químicas presentes: productos de higiene corporal, restos en ropa de contaminantes atmosféricos, productos de limpieza textil, componentes barnices mobiliario más productos de limpieza empleados en la habitación.

Aunque se estudian factores genéticos que puedan explicar cierta vulnerabilidad a la oxidación, hasta el momento no se ha podido descubrir un componente genético. “No existe una pieza del puzle que se pueda considerar la clave. En una enfermedad medioambiental como esta no es fácil, son multi-causales y multi-efecto y no estamos preparados para este nuevo paradigma”, señala Gimena.

CAMBIOS EN EL ESTILO DE VIDA Y ANTIOXIDANTES

El tratamiento de la SQM pasa por evitar la mayor cantidad posible de exposiciones y realizar una anamnesis de la exposición en el trabajo, ocio y vivienda. Hay que prescindir de productos químicos y utilizarlos lo más ecológicos posible: limpiar con jabón, vinagre y bicarbonato, evitar el suavizante para la ropa y seguir una alimentación con productos ecológicos para bajar la carga de exposición a pesticidas.

Aumentar la práctica del ejercicio físico, seguir una alimentación equilibrada y tomar sustancias antioxidantes como la coenzima Q10 o su forma reducida, el ubiquinol, se encuentran entre las intervenciones comunes para estos pacientes, que también pueden beneficiarse de fármacos simpático-tónicos, la vitamina B1 y el aporte de vitamina D o la melatonina en los casos de insomnio severo. También se emplean suplementos de zinc y magnesio que pueden ser deficitarios en algunos pacientes.

“Unos pacientes mejoran y otros no lo consiguen con ningún tipo de tratamiento y requieren de una baja laboral por incapacidad por afectación severa. Estas personas son como los canarios en la mina de carbón que detectaban el grisú que el ser humano era incapaz de notar. Nos están advirtiendo de cómo pueden afectarnos los químicos existentes en el medio ambiente”, concluye Gimena.

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