Sábado, 21 enero, 2017

Pink Tones desata el éxtasis pinkfloydiano en Granada

La banda homenaje Pink Tones encandiló anoche al público en el Teatro Isabel La Católica con un show de veinticuatro canciones a lo largo de tres horas que hizo las delicias de los incondicionales de Pink Floyd

Pink Tones, en concierto | Foto: Román Callejón | @romancallejon


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Con todas las butacas vendidas antes de la víspera del concierto, los Pink Tones saciaron anoche con creces el hambre de Pink Floyd que tenían los fans granadinos de la banda. Tres horas de concierto en las que este grupo homenaje dio un completo repaso a todos sus grandes éxitos y en los que por momentos tuvieron destellos de los originales.

Canas. Muchas respetables canas en las cabelleras de un público en edad provecta que se congregó ataviado con camisetas de Pink Floyd, muchas de ellas antiguas y desgastadas, guardadas quizá en algún cajón del que se sacan para ocasiones como esta. Y junto a ellos, gente joven que recoge el testigo en la idolatría de una música eterna.

LA MAGIA DEL TEATRO

La música de Pink Floyd es capaz de llenar estadios, de inundar grandes espacios y sin embargo, el Teatro Isabel la Católica procuró anoche el privilegio de la cercanía y de una acústica magnífica durante todo el show.

El primer verso fue una amenaza: “one of these days I’m going to cut you into little pieces”. Los acordes de bajo de esta pieza del disco ‘Meddle’ golpearon el aire y trasladaron a la audiencia a 1971. Tras el final estruendoso vino la calma de Breathe, pieza maestra de The Dark Side of The Moon, provocando la ensoñación. Siguiendo el orden del mismo disco le sucedió Time, canción que contiene uno de esos solos de guitarra de Gilmour en los que cualquiera que lo interprete tiene que dar la talla, y Álvaro Espinosa la dio. Ahí y durante todo el concierto. Es el eterno e inevitable examen de quien escucha una banda homenaje, juzgar la semejanza de la copia con el original, una comparación que en el caso de Pink Tones se hace innecesaria o se olvida. Ellos no imitan, interpretan.

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Tras el ‘Breathe Reprise’, uno de los momentos lisérgicos de la noche: Saucerful of Secrets. Canción que es imposible escuchar sin recordar la interpretación de los Floyd en Pompeya de 1972. Es la capacidad de su música: crear atmósferas, ambientes sonoros en los que suspenderse, un efecto al que sin duda contribuyó el estar en un teatro, en un lugar de representación.

Tras la experiencia sensorial, los Tones eligieron ‘Animals’ como siguiente álbum a abordar. La breve y bellísima ‘Pigs on the wind’,  con ese suave rasgueo de la guitarra, se funde apenas termina con Dogs, una de las obras cumbre de toda la discografía del grupo, que fue ejecutada con maestría, terminando la visita al 1977 de la banda con ‘Pigs’. Mientras, en la pantalla del escenario se proyectaba la imagen de la fábrica de Battersea . Una pantalla circular al estilo de la utilizada en la gira de 1988 ‘Delicate Sound of Thunder’, ya sin Waters.

Si uno escucha el ruido grabado de una caja registradora ya sabe que lo que suena es ‘Money’, y así lo celebró el público mientras Cefe Martínez tocaba al bajo los acordes iniciales de una de las melodías más reconocibles de los Floyd, para disfrute de la mayoría. El paseo por la cara oculta de la luna iniciado con ‘Breathe’ terminó con ‘Brain Damage y Eclipse’, canciones cuya interpretación conjunta es casi obligatoria.

Ir hoy día a un concierto de Waters o Gilmour es una experiencia inolvidable, pero tiene una desventaja: ambos han capitaneado por separado las dos principales etapas de la formación y por ello, en un concierto de Gilmour no escucharás canciones de ‘The Final Cut’, mientras que en otro de Waters quizá eches de menos ‘Marooned’. Con los Pink Tones no pasa eso y por eso anoche se pudo disfrutar de High Hopes, uno de los pocos muebles que se pueden salvar en ‘The Division Bell’ de 1992, y por ello puro Gilmour.

Los últimos tintineos de la campana precedieron a un silencio con luces apagadas. Es el momento de ‘Echoes’, obra maestra del Meddle cuyos 22 minutos de duración se hacen cortos. Tras volver de Pompeya, Álvaro anuncia “a los que ya nos habéis visto antes” que ahora van a hacer “algo diferente, tocar un disco entero: Wish you were here”.

La mayoría de los discos de Pink Floyd, por no decir todos, han de escucharse así, de un trago. Es cuando cada canción adquiere mayor significado que al oírla de forma aislada. Un diamante brilla en la pantalla mientras suena ‘Shine on you crazy diamond’ con su hipnótica guitarra. Le siguen la subyugante ‘Welcome to the machine’, la rítmica Have a cigar y uno de los momentos cumbres de la noche: ‘Wish you were here’.Pink Tones 10

 

La gente canta y permanece sentada a duras penas, balanceando los brazos con la bella guitarra y el deseo de que estuviérais aquí. En la pantalla una imagen de los Pink Floyd hace bueno el juego de palabras y  los Pink Tones comparten su deseo con el público. Tras la segunda parte de ‘Shine on you crazy diamond’ los músicos se retiran unos instantes antes de los bises que se piden al grito de ¡otra, otra!, mientras alguien pide a grito pelado ‘Comfortably Numb’

Pipo Rodríguez, segunda guitarra, y Cefe Fernández, bajo, o para entendernos, Waters, regresan al escenario con casco de obra. A falta de un muro de verdad, hay que dar algún indicio escénico de que Pink Tones ha llegado a ‘The Wall’. Tocan Another Brick in The Wall y The Happiest Days of Our Lives y el público se mueve en sus asientos, pero a la tercera parte los cuerpos se levantan, abandonan sus butacas y entran en éxtasis. Es como si el mensaje de insumisión de la canción -Hey, theacher, leave the kids alone!- calara en el respetable para no guardar la debida compostura en un teatro. Un profesor hinchable de cuatro metros de alto baila al ritmo de la canción. Tras la tercera parte de ‘Another brick in The Wall’ es el turno de ‘Goodbye’, ‘Run like hell’ y el apoteosis: Confortably Numb.

Es el momento más esperado, el solo de guitarra de Gilmour de esta canción, que Alvaro borda aunque no respete la literalidad de la partitura, cosa que tampoco hacía el propio autor de las notas. Visto desde arriba, el patio de butacas parece ahora un hervidero de treintañeros. Al término el batería Antonio Fernández agradece el lleno y promete repetir la experiencia del teatro, presentando por último a su banda -Alvaro Espinosa, guitarra y voz, Cefe Fernández, bajo y voz, Nacho Aparicio, teclados y samplers, Pipo Rodríguez, guitarra, saxo y voces, y Ángela y Cristi- voces-. Acto seguido y mirando a la pantalla, rinde tributo a una imagen de los originales, “de los maestros, que vivan muchos años, allá donde estén”.

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