Martes, 25 de Septiembre de 2018

            

Patria, Fernando Aramburu y la verdad sobre ETA

Men Marías | @MenMarias


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No suelo referirme en esta columna a títulos en concreto, pero mi última lectura me obliga a hacerlo. Y digo me obliga porque cuando una persona hace la labor que ha hecho Fernando Aramburu por su pueblo y el resto de España, lo mínimo es que se oiga. Que se hable de ello. Bastantes años hemos callado.

En un pueblecito de Gipuzkoa encontramos a dos familias enfrentadas por el sinsentido: la de Miren y Joxian y la de Bittori y el Txato. Gracias a este último, empresario y víctima mortal de ETA, podemos ver cómo el radicalismo, cómo la incultura y, principalmente, cómo el terrorismo destroza una familia que, lejos de convertirse en víctima, pasa a ser apestada.

Personas que no saben pensar por sí mismas y necesitan órdenes, que siguen al primer pastor que se les pone por delante como borregos, las ha habido siempre y por desgracia siempre las va a haber. No sabría decir si se trata de un tipo de personalidad o es un asunto aprendido en la infancia, pero todos conocemos a ese tipo de persona que, como dicen, si fulanito se tira por un puente, ellos van detrás. Pastores ha habido muchos a lo largo de la historia y desafortunadamente no desaparecen: religiones, el youtuber, cantante o politicucho de moda, o, incluso, ese chico que me gusta tantísimo y que sabe qué es lo que necesito más que yo misma. ¿Problema? Que el pastor reparta pistolas a diestro y siniestro. Magistralmente, de manera bárbara, Fernando Aramburu nos define así al etarra. Y me emociona tantísimo porque, como ya he dicho otras veces, este momento que vivimos se caracteriza por estar sacando a la luz muchas verdades ocultas por la historia. Y ya está bien. Ya está bien de concebir al etarra como una persona que mata en la lucha por la liberación de Euskal Herria y la implantación del socialismo en el territorio, ¡del marxismo-leninismo! Ya está bien porque estos asesinos no sabían ni que Marx tenía barba. La verdad es que no sabían ni que marxismo viene de Marx, básicamente, porque eran una panda de ignorantes que no habían abierto un libro en su vida, que luchaban por el euskera y escribían los carteles, pancartas y demás propaganda fascista con faltas ortográficas por el desconocimiento de su propio idioma, un idioma tan bello como complicado sintáctica y gramaticalmente. Basta ya de concebir al etarra así porque el etarra no era más que un chaval perdido en los abanicos de hormonas de la adolescencia al que captaba una banda, radicalizaba por su debilidad mental y su falta de predisposición a la cultura y al libre pensamiento, y pegaba tiros repitiendo las palabras y frases que le enseñaban: empresario igual a opresor. España igual a fascismo. Guardia civil igual a cacique. Eso es el etarra, y eso es, en general, el terrorista, aquellos que, por desgracia y haciendo otro tipo de reivindicaciones, siguen presentes en nuestros días. ¿Soldados de Dios, soldados de la patria? No. Chavales a los que han manipulado y arruinado las vidas. Y los etarras se daban cuenta cuando comenzaban a pasar los años de condena, cuando entendían que habían vendido su vida a cambio de nada y ahora, lo único que les queda, es pedir perdón. Aún sabiendo, eso sí, que la libertad es un privilegio que les va a estar vetado durante muchos años. Muchos.

Nos cuenta el autor, con un uso brillante de la elipsis verbal que hace que las seiscientas páginas se lean en cuestión de pocos días, cuáles eran los procesos de radicalización. Cómo en los pueblos, principalmente, hervideros abertzales entre las tabernas y las homilías de los curas, aquel que no acudía a la manifa diaria a rajarse la garganta gritando Gora ETA quedaba marcado, señalado. Y, por culpa de esto, muchos chavales se dejaban ver en estos paseos fascistas por puro miedo. Me encanta el personaje de Gorka, hermano de un asesino, aquel que, desde bien niño, y debido a ser un lector voraz, rechaza esta ramplonería autoritaria y huye de su pueblo (no sin antes asistir a alguna que otra concentración a favor de ETA por lo que se decía: puro miedo).

El personaje de Miren también es sobrecogedor. Madre de Joxe Mari, etarra adoctrinado que no sabe hacer la O con un canuto, se radicaliza por causa de su hijo al que defiende a capa y espada comenzando a repetir la propaganda que les enseñan (¡vosotros, fascistas, sois los terroristas! Eso es poesía, no Machado). Incluso encabeza una campaña boicot y acoso contra Bittori, la mujer del Txato, asesinado por ETA, hasta que esta tiene que irse del pueblo a San Sebastián. Y esto es real: las víctimas del terrorismo, en demasiados lugares del País Vasco y del resto de España, han sido despreciadas y humilladas, de hecho, siguen siéndolo por impresentables que no condenan el terrorismo, es más, lo apoyan, y ocupan escaños en el Congreso de los Diputados. Obviamente, en este país queda mucho por hacer en honor a la verdad, la paz y la libertad de pensamiento y expresión. Por unos y por otros, porque, ojo, mientras unos hacen esto, otros recortan los derechos y libertades por otro lado; en este país no se salva ni un solo partido político, por desgracia y por vergüenza. No obstante, gracias Fernando Aramburu, gracias por tu valentía, por poner una piedra tan grande.

 


Comments

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  1. Llevamos unos cuantos años sin ETA, una panda de cobardes muy bien descrita en esta columna.

    Una obra maestra, merecedora de todos los reconocimientos que ha recibido.

    Bravo Aramburu por su novela y bravo a Men Marías por recordarla.

  2. Pues lo tenemos en casa pero yo no me había animado a leerlo porque es mucho tocho, pero si dices q se lee rapido como eres de las pocas personas q se puede fiar uno cuando dice algo asi me pondré con el esta semana. Saludos.