Miércoles, 13 Diciembre, 2017

            

Nuestro autobús de nuestro aeropuerto

Foto: Archivo GD
Ramón Ramos


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Granada tiene un servicio de autobús con el aeropuerto que es único en el mundo entre los de su clase. Como es único, cabe la posibilidad de que seamos los únicos que lo hacemos bien. Así lo vería un optimista. Alguien con un sentido comparativo de las cosas empezaría a analizar…

Por ejemplo, de entrada previamente habrá que hacer una indagación para conocer las indescifrables cadencias de los horarios de los autobuses. Este que les escribe se planta a las cinco de la tarde en la parada del Palacio de Congresos. Todo un desafío al calor que nos agita en estos días de verano. Ni un atisbo de sombra donde refugiarse en la espera. Al fin, llega. A partir de aquí se abre una travesía por el centro, con paradas cada 200 metros donde una turbamulta de maletas se lanza sobre el autocar. El tira y afloja de los pagos y las vueltas entre el conductor y los pasajeros, cada uno con su lengua por delante, es digno de otra columna. Pero vayan poniendo un mínimo de cinco minutos por parada y miren el reloj: se acercan las 5.30 de la tarde y apenas hemos dejado atrás la Gran Vía. En el trayecto, el maletero se va llenando por la parte que da a la acera y a estas alturas del trayecto los aspirantes a viajeros se ven obligados a saltar a la ladera izquierda del autobús, en plena calzada por donde transita el tráfico normal, con el peligro que eso conlleva para los improvisados peatones en territorio hostil.

El autocar enfila a continuación hacia la estación de autobuses. En otro tiempo se quedaba en la puerta de la estación, pero ahora entra. La salida también se las trae: resulta extraño que una instalación que cuando se construyó estaba en un descampado en los veinte años transcurridos se ha permitido la masificación de edificios que la rodean y obligan a la salida por una calle estrecha, no mucho más de las que todavía habrá que transitar hasta desembocar en la autovía de Santa Fe, la del 92-después- y por fin el aeropuerto. Más de cincuenta minutos después hemos recorrido la decena de kilómetros que separa Granada de su aeropuerto. Es decir, si uno va a Milán -por poner un ejemplo- habrá echado en la aproximación (diez, doce kilómetros…) casi la mitad de tiempo de lo que después empleará en el vuelo (dos mil kilómetros…).

La vuelta es peor: si indescifrables son los horarios de ida, los de vuelta sencillamente no existen: Están al albur de la llegada de los vuelos con destino en nuestro aeropuerto. La espera allí puede contarse incluso por horas y cuando por fin los autobuses de regreso abren sus puertas al ansioso viajero de allí no sale nadie hasta que el autocar se llene. Como en Marruecos. Es lo que hay…

Lo dicho. Puede que seamos los únicos que lo hacemos bien. En las ciudades españolas y extranjeras que uno conoce el autobús para en un punto de la ciudad. Por supuesto, los horarios están reglados y con cadencias fácilmente memorizables, tanto a la ida como a la vuelta. Los viajeros van hasta ese punto y no se conoce de nadie al que le haya dado un ataque de nervios por la necesidad de hacer trasbordo. El trayecto tendrá, quizá, una o dos paradas. En aeropuertos más lejanos que el nuestro se emplea apenas media hora… Pero -insisto- puede que sean todas esas ciudades las que lo hacen mal.

Comments

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  1. El caso es protestar y poner pegas. Hace poco usé este servicio de bus desde el aeropuerto y en 30 min. estaba en mi graná. Para mí un buen servicio sin duda. Nunca llueve a gusto de todos pero que se le va a hacer.