Lunes, 27 Marzo, 2017

Nos deja Ayala, preocupado por “el mundo que heredarán mis descendientes”



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“Me preocupa el mundo que heredarán mis descendientes”, decía Francisco Ayala, fallecido hoy en Madrid, en una entrevista con Efe pocos días antes de cumplir el 16 de marzo de 2006 los cien años, una edad a la que llegó gracias a sus genes, sin duda, pero también debido a la inagotable curiosidad que sintió siempre.

“No cerrar los ojos al mundo es esencial para vivir mucho”, aseguraba este testigo lúcido de un siglo tan convulso como el XX, atento siempre a la realidad que lo rodeaba, preocupado por la situación política española e internacional y defensor incansable de la libertad.

Ayala recibió a EFE en su casa varias veces en los últimos años y algunas de las frases que dijo en esas entrevistas dan idea de cómo era este hombre sabio que nunca perdió el sentido del humor, pese a que le tocó vivir momentos duros y dramáticos. La suya fue una vida de trabajo y de exilio.

“No hay nada que repudie en mi vida. Los pasajes penosos me han dolido, pero los he soportado. He tenido experiencias vitales muy crueles, de las que he salido a flote tratando de entenderlas y no dejándome desmoronar por ellas, sino manteniéndome en mi sitio, sin renunciar a mi identidad”, dijo el escritor granadino cuando tenía 98 años y ya comenzaban los preparativos para su centenario.

¡Qué año el del centenario! Más de uno se habrá preguntado cómo pudo superar Ayala el aluvión de actos que se organizaron con ese motivo. El escritor asistió a todos cuantos pudo “con ánimo de espectador interesado, pero no de participante”, porque a su edad veía “el mundo desde el otro lado”.

“Yo soy un superviviente de mí mismo. He salido ya del ámbito de la realidad y estoy en esa esfera en la que están los difuntos, más o menos”, decía con su habitual buen humor, mediado el año de su centenario.

Cuando se le pedía a Ayala que recordara algunas etapas de su intensa y larga vida, lo hacía con gusto, aunque advertía de antemano que podía ser “la conversación interminable”.

El estallido de la Guerra Civil le sorprendió en Latinoamérica, pero decidió volver a España “por un sentimiento del deber”, ese que siempre guió su vida y que, en su caso, era “un sentido ético innato, no meditado”.

Tras la guerra, en la que mataron a su padre y a su hermano Rafael, comenzó su largo exilio en Argentina, Puerto Rico y Estados Unidos, una etapa de la que guardaba buen sabor porque, por el trato que recibieron, “fue un privilegio” para los intelectuales españoles. A Ayala le fue “muy bien” en esos países.

“He procurado vivir en el mundo y entenderlo, y he tratado de adaptarme sin plegarme, y eso creo que lo he hecho con bastante buen resultado para mí”, le dijo a Efe cuando cumplió 102 años, una edad a la que llegó “con ganas de vivir” y con su buen humor intacto.

Vivía pendiente de la actualidad y, si tenía que hacerlo, criticaba a los políticos españoles cuando consideraba que defendían “posiciones extremas que a lo mejor no son las que le convienen al país”.

Así, al cumplir los 101 apeló a la responsabilidad de los dirigentes políticos para que pusieran fin al ambiente de crispación que se respiraba entonces en España porque, de no hacerlo, “puede que reviente todo y vayamos al caos”, le dijo a Efe.

Por María Teresa Fernández de la Vega, vicepresidenta del Gobierno, sentía especial predilección y decía que era “el soporte, la piedra básica del edificio” del gobierno; y de Mariano Rajoy, líder del Partido Popular, sostenía que era “un hombre muy discreto”, que le inspiraba “respeto”.

Las ganas de vivir las mantuvo hasta el final, por mucho que la pérdida progresiva de la visión le restara posibilidades para mantenerse informado de la actualidad.

Pero él procuraba adaptarse a los avances y “estar en el mundo de hoy día, no en el de hace cincuenta años”, señalaba a sus 103 años.

Y la prueba es que a esa edad aceptó contar con una página propia en Facebook, que enseguida se llenó de testimonios de admiradores.

“Vivir y dejar vivir, no tratar de imponer nada”, fue siempre su “único secreto” para hacerse querer y respetar, como aseguraba al cumplir los 103. Y lo consiguió, porque Ayala fue sumamente querido y admirado por cuantos lo conocieron.

En la década de los setenta conoció en Estados Unidos a su segunda mujer, la hispanista Carolyn Richmond, que lo fue todo para él.

“Sin Carolyn, yo no podría estar como estoy. Le debo el bienestar y, cómo diría yo, le debo todo. Yo no puedo vivir sin ella”, afirmaba este hombre entrañable en una de sus entrevistas.

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