Lunes, 22 Mayo, 2017

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Los peligros de la sobreprotección infantil

En un mundo acostumbrado a la sobreprotección donde los padres resuelven los problemas a sus hijos, es fácil observar en los adultos actitudes que tienen más que ver con la adolescencia que con la inmadurez.

"Tenemos la costumbre de sobreprotegerles, hacemos lo que sea para que no tengan que enfrentarse a obstáculos."


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Según explica Fernando Alberca, educador y autor de ‘Todos los niños pueden ser Einstein’ (Toromítico) y ‘Cuatro claves para que tu hijo sea feliz’ (Almuzara), muchos adultos son claramente adolescentes porque no han aprendido a resolver problemas, encuentran su refugio en el ideal de juventud y no saben responsabilizarse, es una cuestión más de hábitos que de biología.

“La emancipación es más tarde y las familias se establecen también más tarde, todos los compromisos se postergan hasta una mayor edad. Todos los que trabajamos en educación vemos que cada vez existen menos diferencias entre los estudiantes de secundaria y los universitarios, es algo que no es ni malo ni bueno, lo importante es poder aprovechar todos estos años”, explica Alberca.

El educador señala que la sobreprotección ha dado lugar a una generación de adolescentes que en los casos más graves llegan a odiar a sus padres porque no les comprenden y la sociedad no se lo pone fácil.

La sobreprotección consiste en resolver problemas que los hijos están capacitados para resolver porque esto supone a los padres una mayor comodidad o porque temen que fallen y queden mal o que no lo hagan y luego se enfaden.

“Tenemos la costumbre de sobreprotegerles, hacemos lo que sea para que no tengan que enfrentarse a obstáculos. Y al crecer queremos que todo siga igual, que no les regañen ni los primos, ni los abuelos, ni el mundo entero, y esto se extiende incluso al colegio pero llega un momento en que la realidad se impone y a partir de los 9 años, con el inicio de la adolescencia, pueden comenzar los problemas”, señala Alberca.

El autor apunta la necesidad de conseguir que nuestros hijos sean fuertes y tengan una gran autoestima en su educación hasta los 12 años, después se formarán carácter y conducta pero tienen que creerse fuertes y valiosos, más valorados y con más virtudes. “Exigirle a nuestros hijos también es importante. Todo ello permitirá que a los 18 o 19 años se mantengan equilibrados”, apunta.

FELICIDAD NO SIGNIFICA FALTA DE PROBLEMAS

La incidencia de la depresión juvenil está bajando a primaria, hacia los 9 a 10 años, cuando comienza la adolescencia y niños y niñas quieren que sus padres continúen resolviendo sus problemas y se frustran y se hunden porque salvar obstáculos es saber resolver problemas.

“Para eso son necesarias la inteligencia pero también la seguridad y la confianza. Si el niño no se compromete y no sabe acoplarse, no sabe soñar en grande, todo ello conduce a la desmotivación”, apunta Alberca.

A menudo, estos niños entienden la felicidad como la falta de problemas cuando en realidad son compatibles ambas posibilidades. “Si aprenden que un obstáculo no es un problema y que la situación mejora tras solucionar estos obstáculos entenderán que la vida consiste en eso y que en este proceso podemos ser felices”, continúa el autor.

Para Alberca, la adolescencia siempre es el resultado de la infancia, que sigue estando dentro. El autor considera que si fuimos capaces de tratarles con paciencia porque tenían tan corta edad también podremos ser pacientes durante su adolescencia, sin embargo en muchas ocasiones ya no pensamos que es parte del desarrollo sino una provocación y no vale refugiarse en la infancia.

Dicen que la adolescencia se ensaya de los 3 a los 7 años, en estos años hay que tratar a los niños como si tuvieran dos o tres años más porque les hacemos ver que les tomamos en serio. “Si se aprende entonces y aprovechamos esta etapa la adolescencia es más suave. El que empieza siempre es el día perfecto para reeducar, el cariño es la base para la educación”, concluye Alberca.

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