Sábado, 17 de Noviembre de 2018

            

Los padres narcisistas y el sentimiento de culpa

Carmen Salinas | @MenMarias


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A Petronila le encanta señalar culpables, ¿será por la culpa que lleva dentro?

Hace unas semanas, cuando esta deliciosa lluvia aún era una fantasía, aprovechando que tuve que visitar el caluroso, canicular y deshabitado Toledo, participé en una mesa redonda en la que se debatían los efectos de la familia narcisista. Fueron dos los libros que me resultaron más útiles al respecto, y es que no todos los padres narcisistas actúan igual. Podríamos formar dos grandes grupos: aquellos que proyectan sobre sus hijos una imagen de grandiosidad y aquellos que proyectan sus frustraciones. Cuando se habla de familias narcisistas, en la inmensa mayoría de los casos, nos referimos al primer grupo. Y, para su interés, el libro de Linda Martínez-Lewi, Liberarse del narcisismo, es de lo mejor que encontrarán al respecto. Ya se sabe: yo, yo y yo. Y, si queda algo, para mí. Ese engreído Narciso que no dejaba de contemplar su imagen en el agua hasta enamorarse de ella (y acabar ahogándose, por qué no decirlo). No me detendré aquí puesto que todos conocemos a personas así. Sin embargo, poco se habla del segundo grupo. Incluso, a veces, nos referimos a ellos sin saber que son víctimas de padres narcisistas, pues desconocemos que este trastorno también funciona a la inversa: si el primer grupo de padres crea hijos ególatras, los hijos del segundo grupo se caracterizan por considerar que, siempre, sea cual sea el problema, son culpables. Complex PTSD, de Pete Walker, no se lo pierdan.

Si lo piensan detenidamente, esta variante poco referida del narcisismo tiene sentido: todo lo bueno es gracias a mí, todo lo malo es por ti. El clásico ejemplo lo encontramos en la niña que suspende. En el niño que comienza a coquetear con el tabaco o la marihuana. En la niña que se mete en peleas en el colegio o que, por el contrario, no tiene un solo amigo y es la rarita de la clase. En el niño que miente sistemáticamente. Y en la reacción de sus padres ante el problema: los buenos padres buscarán la causa. Los padres narcisistas ya la han encontrado: el problema es la niña. Y luego pronunciarán la clásica sentencia, además: ¡pero qué habremos hecho nosotros para merecer esto! ¡Me va a dar una depresión!

Reconocer que uno se ha equivocado es, quizás, el mayor acto de heroicidad que podemos contemplar en este mundo. Más aún con nuestros hijos. Y no cualquiera es capaz de ello, un héroe es una persona valiente, muy valiente, y los narcisistas no lo son. Son unos cobardes que están dispuestos a arruinar la vida de sus hijos por no asumir sus errores. Creen que no los han cometido. Que los niños son como los jamones, a veces salen malos, es cuestión de suerte. Jamás aceptarán que un niño es una caja vacía que vamos llenando y que, dejando de lado los amotinamientos típicos de la adolescencia por los que pasan todas las personas, cuando una niña miente por sistema los responsables son ellos, no esa niña. Y, como responsables, han de detenerse a analizar el problema y buscar la solución. Dejar de pronunciar las estúpidas sentencias de las que se compone su básico repertorio como ¡con la confianza que le hemos dado! y plantearse por qué esa niña no confía en sus padres. Es característica clásica de la familia narcisista que siempre haya secretos. Sucesos de la vida de los padres que no se pueden contar, pero que el hijo siempre acaba descubriendo. También la triangulización de la información (esta no se comunica de forma directa sino a través de una de las partes con la intención de que llegue a una tercera parte). De igual manera, la negación de los sentimientos, la falta de conexión emocional, el registro de sus pertenencias como mochilas o diarios y la inexistencia de intimidad. ¿Puede un hijo confiar o, simplemente, saber qué significa la confianza cuando sus padres actúan de esta forma? (En este paréntesis van mis risas).

Aunque estos niños puedan parecer fuertes y nervudos, incluso agresivos, en su interior se están rompiendo muy poco a poco, porque cuando uno oye cada día de su vida desde que nace lo malo que es, lo inútil y tonto y vago que es, la cantidad de disgustos que da a sus padres (nos vas a acabar matando, hijo mío) se anula. Sin reafirmación en la infancia llegamos a la madurez, si me permiten la expresión, hechos polvo. Y póngase usted a recomponerse, ya verá qué fácil y agradable tarea.

Los padres narcisistas buscan ante todo controlar. Y no dudarán en humillar y menospreciar a sus hijos para ello, si bien en numerosas ocasiones de manera muy sutil, imperceptible (¿va a salir usted en la tele? Quizás su padre le diga ¡oh! Pensaba que habían cancelado ese programa por falta de audiencia, ¿eso lo ve alguien todavía?). A unos padres narcisistas no se les puede cambiar, hay que aceptarlo. A veces solo lo es uno y el otro orbita a su alrededor para no destrozar su matrimonio. En este caso, tampoco: si ese padre o esa madre tiene que elegir entre su hijo y su cónyuge y elige al segundo, la situación es más triste aún, pues la hija sentirá un plus en su autoestima (ni siquiera valgo lo suficiente como para que mi madre me elija a mí). Vivirán el resto de sus días pensando en la mala suerte que han tenido con esos hijos que hace años que no van a visitarlos. Y esos hijos hacen muy bien: hay que tomar distancia, es la única forma de empezar a comprender que tienen derecho a ser amados, a tener necesidades propias, a que se les pida perdón cuando son ofendidos, a establecer límites, a no ser responsables hasta del hambre en África. Quizás, en momentos de debilidad, acudan a ellos. Y siempre será un error. Si estaban mal, tras pasar un rato mendigando su amor, estarán hundidos. Lo más importante, siempre, es reconocer el asunto. Incluso aunque sigamos sintiéndonos culpables por todo, saber que nos sentimos así porque hemos sido víctimas de padres narcisistas, ya es un paso enorme. Con la ayuda adecuada y mimándonos todo lo posible, nuestra mente acabará entendiendo que lo que hemos sentido toda la vida, sencillamente, no es real.


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