Jueves, 18 Enero, 2018

            

Lorca y Nueva York

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. No duerme nadie.

Foto Ilustrativa | Foto: Remitido
Men Marías


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Esta semana les escribo desde Nueva York sintiéndome como si estuviera en casa, pues cualquier tierra que pasara por Lorca es patria granadina. No es una forma de hablar. No es pseudolírica. Es una realidad tan hercúlea que a veces una está al borde de olvidar tramitar su visado para venir hasta aquí, pues no se siente en territorio extranjero. Me asomo a esta ventana en Second Avenue y puedo ver todo aquello que observaba a Lorca. Y, si me lo permiten, me emociono una vez más con su reacción pues, “nada más poético y terrible que la lucha de los rascacielos con el cielo que los cubre”. Mientras me tapizo con diez bufandas y esbozo esta crónica, siento una punzada de agotamiento oftálmico al pensar que he de salir a la calle. Igual que al poeta, Manhattan se me presenta como una “experiencia cegadora”. He de reconocer que, a mí, “la ola de luciérnagas sobre Nueva York” me agota. Sin embargo, obedeciendo al mentor, “hay que salir a la ciudad y hay que vencerla” pues ya se ha hecho de día y la aurora de Nueva York, que “tiene cuatro columnas de cieno y un huracán de negras palomas que chapotean las aguas podridas”, ya no me deja excusa para continuar dentro. Meto en el bolso Hojas de hierba (Walt Whittman), La tierra baldía (T.S. Eliot) y mi guía urbana, Poeta en Nueva York (Federico, Federico, Federico).

Lorca pasó en Nueva York nueve meses entre 1929 y 1930 aceptando la oferta de Fernando de los Ríos para embarcarse en el Olympic. Durante esta época escribió “Poeta en Nueva York” que no se publicaría hasta 1940.

Nada más salir, la multitud. “Nadie puede darse cuenta exacta de lo que es una multitud neoyorquina”. Y cuánta razón tenía el que lo escribió. Personalmente, la adoro: es el lugar en el que más sola he conseguido estar. “Si a esto se une que esa multitud está borracha, tendremos uno de los espectáculos vitales más intensos que se pueden contemplar”. Literal y literariamente hablando.

Me dirijo a Harlem inevitablemente, arrastrada por mi guía urbana que se tiñe de negro y espiritualidad. Sigo el rastro de Lorca, que, probablemente, vio en los negros de este barrio a los gitanos de Granada y, al igual que con ellos, quedó fundido. Él les gritó “¡hay que huir!” y yo siento una gran pena, que me sabe a catedral antigua, porque el poeta no llegó a comprobar que le obedecieron. Harlem ya no es el barrio que vio Lorca en el que los negros habían perdido tanto su libertad como su identidad. Hay “cucharas” (más que en su época, probablemente) pero “el rey de Harlem” ya no las utiliza para “arrancar los ojos a los cocodrilos y golpear el trasero a los monos”. Ya no. El rey ya no ejerce violencia sobre su propia cultura y ambiente natural. Yo quiero creer que se trató del inevitable movimiento pendular que provoca algo tan salvaje como la industrialización. ¿Ustedes no han pasado del amor al odio en cuestión de segundos? Yo quiero creer que fue eso. Es cierto que continúa la pena en mí pues la propuesta que hacía Lorca no se ha llevado a cabo por completo: “Jamás sierpe, ni cebra, ni mula, / palidecieron al morir. / El leñador no sabe cuándo expiran / los clamorosos árboles que corta. / Aguardad bajo la sombra vegetal de vuestro rey / a que cicutas y cardos y ortigas turben postreras azoteas”. Lorca fue capaz de oír la voz de una civilización natural (“me llega tu rumor…”) en medio de toda aquella tecnología e industria (que disponía de los negros para funcionar) y creyó que la única opción que tenía este colectivo era volver a conectar con la naturaleza. Escaparon a la opresión blanca, afortunadamente, pero no soy capaz de ver en ellos (aún) una verdadera conexión con sus raíces. Quizás optaron por el famoso “si no puedes con ellos, únete”. Quizás las nuevas generaciones son cada vez menos románticas. Quizás, con los partos, la humanidad va perdiendo la memoria… pero me encantaría acudir algún día a este precioso barrio y ver el sueño de Lorca hecho realidad.

Me siento a tomar una ensalada cerca del Puente de Brooklyn mientras el frío me abofetea la cara como si se hubiese adueñado de una mano que sujeta un látigo de siete colas. Sé que es americano por el encantador acento rótico con el que señala mi libro, discretamente, y le dice a su amigo “Lo(r)ca” con una preciosa r implosiva. Pienso aquí en “el mascarón”, que “viene del África a New York”, y me cuesta reprimir un aullido: “¡Que no baile el Papa! / ¡No, que no baile el Papa!” pues la impasibilidad de la iglesia ante lo que ocurría con chinos y negros en la América lorquiana es algo que me desquicia tanto como poco me sorprende. Así es el cerebro, supongo, no puedo evitar pensar en curas cada vez que veo el Puente de Brooklyn. No me siento especial por ello, a decir verdad; escapar a la moral católica, si bien no creo que sea imposible, si es increíblemente difícil. Pienso también en uno que “tenía un hijo que se llamaba Juan. / (…) tenía un hijo” y sigo maravillándome con la insistencia que pone aquí el poeta al resaltar lo grotesco de la vida: no existe la palabra correlativa a huérfano para un padre. El lenguaje calla ante tal aberración contra natura. Me deleito con el final del poema en lo que aparto el pollo de la ensalada (que tanto he rogado que no añadan) “que no era más que suyo porque era su hijo”. Es decir, no era de la guerra, ni de las máquinas. Era suyo.

Vamos agotando las primeras veces con el paso de los años. A mí ya no me quedan con Lorca. Afortunadamente dispongo de infinitas en lo que se refiere a descubrirlo (leer uno de sus poemas por millonésima vez y adivinar un nuevo sentido para sus palabras). Sin embargo, contacto desde cero con una parte de su obra ya no me queda; y lo echo de menos. El primer roce con cualquiera de sus hijos (especialmente los poemas), se me hacía frío. Mucho. “Una luna incomprensible”, una carta que no llega a pesar de estar enviada. La sensación era de distancia extrema, una gelidez triste. Sin embargo, como con esa persona con la que, tras ignorar los prejuicios del ego, saltan chispas… el acercamiento es inmediato. Inevitable. Y, al igual que con el de las chispas, comienza a aumentar la necesidad de él. La ansiedad. La codicia de memorizar de sus lunares y cicatrices. A día de hoy sigo sintiendo miedo, pues, estas relaciones, necesariamente, terminan en explosión y estoy convencida de que algún día Lorca me estallará en las manos.

Me esperan en Columbia y, aunque aún faltan un par de horas para mi cita, decido emprender el camino en dirección norte para recorrer andando el mayor tramo posible. Supongo que, cuando llegue, yo también estaré de “vuelta de paseo”, como el poeta. Y, como él, “asesinada por el cielo”. Manhattan me genera una angustia en el pecho, que empuja, y me agota; porque el verdadero Nueva York está al mirar arriba y no al frente. Yo también me siento “asesinada por el cielo. / Entre las formas que van hacia la sierpe / y las formas que buscan el cristal” (…) “Con todo lo que tiene cansancio sordomudo / y mariposa ahogada en el tintero”. Mi cita, afortunadamente, me lleva a un Manhattan que nada tiene que ver con las “geometría y angustia” y me requisa los libros hasta nueva orden. Afortunadamente, pues puedo recorrer otra cara de la moneda y “ahora la arquitectura de Nueva York se me aparece como algo prodigioso, algo que, descartada la intención, llega a conmover como un espectáculo natural de montaña o desierto”.

Y esta noche, da igual cuantas persianas baje o ventanas cierre. Da igual. Porque “No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. / No duerme nadie. / Las criaturas de la luna huelen y rondan las cabañas. / (…) No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!”.

Si algo grande me llevo de esta ciudad cada vez que la visito es la comprensión de que “el verdadero dolor que mantiene despiertas las cosas” vive en ella. Lo descubrí gracias a Federico.

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