Sábado, 21 Octubre, 2017

            

Lo que la pancarta esconde

Nunca deberían faltar manos a la hora de achicar agua cuando el barco se hunde porque corremos el riesgo de ahogarnos todos

Imagen de una manifestación contra la Fusión Hospitalaria en Granada | Foto: Granada Digital
Esther Ontiveros @estherontiVELP


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Faltaba yo por pronunciarme sobre el asunto con el que muchos granadinos y granadinas han perdido la virginidad en redes sociales: las protestas por la fusión hospitalaria. No es que mi aportación sea fundamental pero escribirlo me sirve para desmadejar mis contradicciones, que las tengo y bien gordas.

A finales de los 90, cuando la gente aún creía que salir a protestar podía tener algún efecto sobre las decisiones del gobierno de turno, mi padre se manifestó en contra de la congelación salarial que mantuvo años sin actualizar el IPC a los empleados públicos. Recuerdo su desazón al volver a casa con un día menos de sueldo y el desprecio hacia sus reivindicaciones por parte del resto de la población.

Conforme la cosa económica se fue poniendo fea, la exigua clase trabajadora de éste y aquél sector fue protagonizando tímidas protestas contra los gobiernos. Los empleados de la Rober, los trabajadores de Inagra, las limpiadoras de Clece, los trabajadores sociales de la Junta… Los servicios públicos se empiezan a deteriorar en los empleados y acaban de morir en los usuarios. Al final, nunca deberían faltar manos a la hora de achicar agua cuando el barco se hunde porque corremos el riesgo de ahogarnos todos.

Por eso soy muy fan de apoyar causas imposibles. Aunque hay algunas que aborrezco, como las que se oponen a que sean reconocidos derechos para los demás, aun cuando éstos no interfieren en vidas ajenas como es el caso del matrimonio homosexual. O las causas negacionistas, que intentan desactivar avances hacia la solución de problemas cuya existencia es incontestable, como el cambio climático. O las causas que pretenden frenar las justas aspiraciones de muchos para conservar los privilegios de pocos, como los movimientos en favor de levantar muros y reforzar fronteras.

Pero quitando lo anterior… me declaro ‘pancartera’.  Me deshago en elogios con los promotores de todas las movilizaciones porque tengo la firme creencia de que una sociedad que sabe organizarse para protestar de forma colectiva es una sociedad viva. Y si hay algo de lo que adolece este mundo es de líderes y catalizadores del descontento con las habilidades que se requieren en el siglo XXI para movilizar a la población.

Mientras que del lado de las instituciones públicas y privadas emergen como setas lobbies, gabinetes institucionales, departamentos de comunicación y relaciones públicas, equipos de asesores, ejércitos de community managers, profesionales que dedican 25 horas al día a monitorizar todo lo que se dice y hace para tratar de influir sobre la población lanzando mensajes institucionalizados a diestra y siniestra: ¿Cómo ha podido emerger de la espontaneidad de un médico de familia un movimiento civil de tal magnitud al margen de todo partido o interés privado (demostrable)? No salgo de mi asombro…

Granada olía a muerto antes de estas protestas y quien va en contra del movimiento de oposición a la fusión de los hospitales, lo sabe. Lo sabe pero lo niega porque el sentido de la protesta no le convence o quien sirve de dinamizador de la misma, el tal Spiriman, le cae mal. Ambos argumentos, lícitos. Pero saberlo, lo saben.

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