Viernes, 21 Septiembre, 2018

            

¿LIBRO O PELI?

Men Marías | @MenMarias


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«Siempre he preferido el reflejo de la vida a la vida misma. Si he elegido los libros y el cine desde la edad de 11 o 12 años, está claro que es porque prefiero ver la vida a través de los libros y del cine»

 

Hace pocos días, en una feria del libro, un matrimonio de unos sesenta años se acercó a mí para que les firmase Pukata. Les pregunté cuáles eran sus nombres y entonces él contestó «para ella, dedícaselo solo a ella porque yo no lo voy a leer». El arrebato de sinceridad me hizo preguntarle si tan mala pinta tenía la novela, ante lo que rió. Para nada, para nada, me dijo, no es eso, es que a mí leer me aburre. Eso sí, cuando salga la peli, soy el primero que va a verla. Mientras su mujer retolicaba –aypordiosaypordiosquevergüenzadehombre– me pregunté por la migración de géneros. Si bien es conocida y aceptada por todos, qué es mejor, ¿libro o peli?

Las bondades de la literatura y el cine son bien diferentes y en cierto modo se boicotean entre ellas. Una buena novela jamás describirá al completo a sus personajes. Más bien al contrario: un lunar en cierta parte de la cara, una melena muy espesa o muy fina, ojos muy claros o una altura llamativa. Esas son las características que los autores nos ofrecen. Los buenos autores, claro, los hay también que nos cuentan hasta su número de la seguridad social y no nos permiten imaginar nada. Con una o dos pinceladas, los lectores nos formamos una idea del personaje y nuestra imaginación se encarga del resto. Y ese es uno de los milagros de la literatura: alguien ha escrito, pero yo, lectora, también intervengo en el proceso con mi fantasía. Cuando vemos una película no hay espacio para esto: la imagen es clara y no deja lugar a dudas, todo está perfectamente definido y la intuición tiene poco que hacer.

Sin embargo, también sucede a la inversa en lo que respecta al pensamiento. La novela nos permite conocer las reflexiones del personaje y, principalmente, lo que siente. La gran pantalla nos posibilita en este caso columbrarlo pues por norma general se centra en el desarrollo de los acontecimientos sin dejar espacio para nada que no sea la acción.

Por esto último no soy partidaria del típico comentario snob que defiende la novela desprestigiando el cine: todo depende de la imaginación, de hasta dónde se nos permite llegar con ella. Si bien es cierto que ver una película basada en un libro que hemos leído nos suele decepcionar por desmontar las imágenes que habíamos creado, un buen elenco de actores nos permite adivinar lo que sienten los personajes, y eso también es mágico.

Con independencia de esto, cualquier adaptación cinematográfica de novela es un peligro. Ello así porque los lenguajes son muy distintos por más que nos puedan resultar similares ya que, de manera literal, no hay espacio. Una película –y más hoy en día– no puede durar demasiado pues el espectador se cansa y abandona la atención, por lo que en dos horas han de comprimirse historias que, todos sabemos, no pueden contarse en dos horas. El ejemplo más claro es Troya. Esta película es buena siempre y cuando uno haya leído la Ilíada, en caso contrario, el nivel de indignación que suscita es alto. Pasa al contrario con Desayuno con Diamantes. Creo que ni en sus mejores sueños Truman Capote hubiese podido soñar con Audrey Hepburn en el papel de Holly Golightly, quien, a todas luces, mejora la novela.

Literatura y cine son dos idiomas que se traducen de manera constante, ¿qué hay de cine en la novela? ¿Y de la novela en el cine?

 


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