Sábado, 21 Octubre, 2017

            

La solidaridad tiene las puertas abiertas

La Fundación Escuela de Sierra Elvira ha generado un ecosistema propio en el que convive un centenar de personas, la mayor parte sin recursos

Manuel Herrera @manuelherrerapr// Manrique Pascual


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La entrada de la Fundación Escuela de Solidaridad es una declaración de intenciones. Una puerta verde y oxidada, siempre abierta, actúa como elemento meramente decorativo. Nadie la custodia ni prohíbe el paso a los extraños. Quizá, porque allí nadie lo es.

En el entorno de Sierra Elvira, cerca de Atarfe, se alza el sueño de un hombre, Ignacio Pereda. Durante toda su vida, quiso que su hogar fuese el de decenas de personas; pretendió formar una familia sin lazos de parentesco, y en el año 2005 lo consiguió. Desde entonces, su proyecto vital no ha parado de crecer.

La Fundación Escuela de Solidaridad acoge hoy a un centenar de personas en un espacio de 5.000 metros cuadrados. Todas ellas viven allí, formando una comunidad prácticamente autosuficiente. La población del lugar fluctúa, ya que la mayor parte de sus habitantes son personas sin recursos, que acuden allí como última opción y se adaptan a un modelo de vida que, en algunos casos, no quieren dejar.

Es el caso de una mujer de mediana edad argentina, que hace dos años y medio sufrió, de forma violenta, el impacto de la crisis económica: “Mi marido y yo nos quedamos sin empleo. No sabíamos qué hacer y los asistentes sociales nos hablaron de la Fundación. Al principio, empezó a venir él los sábados y al final nos quedamos todos”, explica la que ahora es la responsable del taller de vidrio.

Precisamente, el trabajo en los talleres es una de las señas de identidad de la Fundación. Al atravesar la puerta verde de la entrada, justo a mano izquierda, se encuentra una nave de dos pisos. Nada más entrar, llama poderosamente la atención la variopinta cantidad de objetos que acoge: Telas, abalorios, plantas, botellas, lámparas y un sinfín de elementos de todo tipo generan una cierta sensación de agobio. “Hay que economizar el espacio”.

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En las distintas zonas de la estancia, los habitantes de lo que se puede considerar como un pequeño pueblecito, fabrican jabón, montan ventanas, arreglan lámparas o construyen figuras. Todo lo han aprendido allí y allí le dan uso. “Esto no tiene una visión empresarial. No sirve para vender, sino para que las personas aprendan las técnicas”, apunta Ignacio Pereda, que habla con la vehemencia de quien tiene más cosas que contar que tiempo para decirlas.

Ya en el exterior, las distintas estancias que acogen la lavandería o la panadería, se mezclan con un entorno campestre, en el que se evidencia una escasa preocupación por la estética. Hay cosas más importantes, como por ejemplo el cultivo de las coles o el cuidado de las gallinas, que sirven para ahorrar el gasto en provisiones.

En ese sentido, Ignacio Varela alude a la gran cantidad de costes que hipotecan, en cierto modo, su proyecto. “Este mes nos han llegado 3.200 euros de luz. Es un gasto casi inasumible para nosotros, que vivimos de las cuotas de los 176 socios que tenemos”, apunta. “Muchas veces nos ayudan personas que se enteran de lo que hacemos y vienen a colaborar con nosotros. Esta semana llegan diecinueve jóvenes de Valladolid”, añade orgulloso el responsable del asentamiento.

Ante esta coyuntura de economía de guerra, a Pereda y a su ‘familia’ no les quedó más remedio que valerse de una pequeña ayuda para construir las diez viviendas que acogen a las cien personas que allí residen: “Lo hicimos todo nosotros, con el asesoramiento de un experto”, reconoce el responsable del lugar, que es abogado de formación y que ha cursado otras dos carreras.

Aun así, apunta que sus mayores cotas de sabiduría las está alcanzando gracias a la Fundación: “Aquí tenemos un proyecto que se llama universidad popular. Todos damos clase y la recibimos; todos somos alumnos y nos enriquecemos unos a otros”, explica Pereda. Y apostilla emocionado: “Esto es perseguir el sueño de construir una familia sin dependencia económica de la administración, es la libertad. La vida aquí para mí es una maravilla”.

TODO TIPO DE SERVICIOS

Mientras el visitante se va internando en el complejo, va dejando atrás los sectores primario y secundario y se adentra en la zona de servicios, donde se encuentran el comedor, la biblioteca, la guardería, el gimnasio, la peluquería, el salón de actos, varias aulas y la casa para visitantes, donde se puede alojar todo aquel que quiera vivir una experiencia puntual más o menos amplia.

En uno de los salones, un ecléctico grupo de jóvenes organiza las actividades de la tarde. Todos ellos cuentan con formación universitaria y se encargan de formar y de asesorar a las personas que buscan una salida laboral o un futuro con esperanza. La mayor parte de ellos pertenece al programa de voluntariado europeo.

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Es el caso de Lucie, una joven francesa, maestra de formación, que convive con otras chicas eslovacas, serbias o italianas: “La formación informal es muy importante. Esto jamás podría haberlo aprendido en Francia”, asegura. Llegó en noviembre y en principio, estará hasta julio. Algunos de los que llegan ya no se quieren ir.

Más cerca del final de la experiencia están cuatro chicas turcas de veinte años. Todas ellas se forman para ser profesoras de educación infantil, y por ello colaboran en la zona de la guardería: “Es un lugar lleno de gente de todos lados. Es perfecto”, comentan, apenadas porque el domingo pondrán punto y final a su paso por la Fundación para volver a la Universidad.

Dentro de la guardería, una de sus responsables da otro punto de vista más alejado del sueño idílico y de la experiencia enriquecedora. Se trata de una mujer onubense, de mediana edad, madre de una niña de cinco años, que llegó en noviembre a la Fundación, por recomendación de la Guardia Civil. Huía de los malos tratos de su marido.

“No lo veía venir, pero al final tuve que salir corriendo. Aquí no se está mal, pero al fin y al cabo no es tu casa, y obviamente no todos nos llevamos bien. Somos cien”, explica la responsable de la guardería, mientras cuida de la más pequeña de la casa: tiene cinco meses. Junto a ella, conviven otros quince niños, que acuden al colegio de Atarfe.

El camino hacia la salida está plagado de frases que inundan la mente del ideólogo del lugar. Ignacio Pereda muestra su creación con orgullo y repite una máxima: “el mundo puede cambiar”. Insiste en ello con convicción antes de despedirse, no sin antes añadir: “Podéis volver cuando queráis. Recordad que las puertas siempre estarán abiertas”.

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