Jueves, 21 Septiembre, 2017

            

La mirada de los artistas a la polémica sobre el graffiti en Granada

Las últimas pintadas realizadas sobre patrimonio histórico reabren un viejo debate en el que graffiti, legalidad y arte, generan tanta simpatía como aversión | En Granada, iniciativas como la de Agenda 21 buscan facilitar espacios para esta práctica | Varios grafiteros ya colaboran con el Ayuntamiento de Granada pero advierten, "es sólo un pasito, hace falta mucho más"

Manu, Cheko y Marco ante su mural para Agenda 21 | Foto: Carlos Gil


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Arte. Legalidad. Rebeldía. Juventud. Ciudad. El campo semántico que impregna el mundo del graffiti es tan rico como la paleta de colores que dan soporte a la obra de unos artistas que buscan su lienzo, su espacio en una urbe cultural a medio camino de la post-modernidad y el rancio abolengo. Porque en Granada el graffiti tiene un singular reto, conjugar el respeto por el patrimonio histórico de unos barrios que atraen al spray y alimentar el amparo de ciudadanía e instituciones a un arte al que ciudades como Málaga ya dedican barrios enteros. Lo explican tres grafiteros que actualmente colaboran con el Ayuntamiento de Granada en el marco de la Agenda 21 y su iniciativa para ofrecer espacios para crear.

EL ARCO DE LAS PESAS COMO PARADIGMA

La polémica entorno al graffiti lleva adherida a las urbes desde la década de los 80 del pasado siglo; en Granada, este mes de abril ha sido especialmente intenso, con la detención de varios grafiteros y la denuncia de otros tantos por realizar pintadas en un barrio Patrimonio de la Humanidad como el del Albaicín o, directamente, por pintar sobre la muralla Ziri, un legado árabe del siglo XI. En este sentido, la Ordenanza Municipal de Limpieza ya venía persiguiendo este tipo de prácticas en los años 90, momento en el que se comienzan a sancionar sin contemplar una realidad que posteriores normas sí han puesto de manifiesto: en el Plan de Acción 2009-2013 por una Granada Sostenible para el Milenario se aboga por “eliminar los graffitis que deterioran el mobiliario urbano y fachadas afectando a la imagen turística de Granada, sin limitar la expresión artística Graffiti decorativo”. De aquella primigenia semilla han brotado iniciativas como la de ‘Granada + Imagen’, en la que colaboran Manu, Cheko y Marco, tres grafiteros con años de experiencia, desarrollan parte de su creatividad para reivindicar esa otra cara del graffiti, la artística, la visualmente atractiva y no reñida con el civismo.

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“El hecho de que Granada sea un ciudad patrimonio no implica que sea antigraffiti. Creo que hay una muy buena combinación y puede funcionar sin necesidad de excluir al graffiti a la periferia”. Lo comenta Manu, mientras uno de sus últimos trabajos le contempla, el que da vida a la gran mampara de metal que preside el botellódromo. Recientemente, él y sus compañeros han desarrollado una creación artística que tiene por objeto darle visibilidad al arte del graffiti y hacerlo de la mano del Ayuntamiento, algo que no siempre ha sido fácil. “Al graffiti se le podría sacar más partido en esta ciudad si hubiese una mirada más amplia de las instituciones”.

El debate por la obra de este colectivo, tan heterogéneo como cabría esperar de cualquier otro gremio de artistas, es también reconocido por los propios autores: “cualquier tipo de acción en el espacio público es polémica”, dice Cheko. Los jóvenes no rehuyen la controversia al ser preguntados sobre graffitis y patrimonio: “la línea divisoria la tiene cada uno. Nunca he pintado en patrimonio porque siempre lo he visto como algo a respetar”; sin embargo, Cheko matiza la “hipocresía” de instituciones como la UNESCO, que critican actos como los de los grafiteros pero “dejan a conciencia que se pierdan otros tipo de patrimonios porque no le interesa defenderlos”. Será esa ‘doble moral’ de las instituciones uno de los puntos que saldrán a relucir a lo largo de una conversación en la que Cheko asegura: “ese acto vandálico pero con conciencia y con un concepto muy potente para mí es interesante. Ahora, el hacerlo porque sí me parece algo pobre porque no tiene fundamento”. El barrio del Albaicín bien lo sabe, como este medio reflejó en el reportaje: ‘La ruta por el Albaicín que no sale en las postales’.

MuralPor su parte, Manu opina que “si hay que respetar el graffiti de otra persona es más básico aun que hay que respetar otra obra de arte distinta. Hay cosas que son obras de arte y forman parte del patrimonio y hay que mantener ese respeto.No imagino ciertas situaciones en las que eso pudiese tener sentido”; Manu también matiza: “puede haber una posibilidad en la que haya una cierta reivindicación en un momento dado pero creo que hay que tener bastante cuidado a la hora de argumentar ciertas cosas que vayan en esa línea. No pintaría sobre Gernicka…”, sentencia el artista.

LAS OTRAS EXPRESIONES DEL GRAFFITI

El dilema no es ajeno al resto de la ciudad, en donde tal vez se puede encontrar otro nivel de controversia que los jóvenes quieren resaltar, el de la omnipresente presencia de ‘tags’, las firmas de los grafiteros: “es la parte más polémica porque es menos masticable. Siempre que vemos un graffiti que es un rostro, una imagen que podemos reconocer, es más fácil que guste porque nos hace sentir más identificados”, algo que no ocurre con los ‘tags’, que para Manu “tienen muchísima esencia de graffiti primario y verdadero”. También aquí, los jóvenes detectan la hipocresía de ciertas empresas y marcas que “se apropian” de tipografías.

Pintadas

Precisamente los ‘tags’, por su sencillez, que no simplicidad -aseguran-, son el punto de entrada de la mayoría de jóvenes que es inicia en esto del graffiti. Marco explica que, al contrario de lo que se pueda pensar, pintar graffitis suele ser una actividad colectiva, ya sea en presencia de conocidos o en compañía de la ciudad y sus vecinos. Todo empieza “con la gente con la que te sueles juntar”, amigos que pintan y que dependiendo de sus inquietudes, terminarán por desarrollar o no, una habilidad que en el caso de estos tres jóvenes les ha llevado a dedicarse, de manera más o menos profesional, al mundo del graffiti. “La práctica lo es todo”, comentan quienes, como Cheko, se pasan prácticamente las 24 horas del día ensoñando bocetos o absorbiendo lo que se hace en otros puntos del globo.

QUEDA CASI TODO POR HACER

Para un graffitero, explican, su obra sólo cobra sentido en la ciudad, en espacios relevantes en los que la ciudadanía pueda contemplar su obra. El concepto tradicional de arte no termina de cuadrar en la estructura mental de un artista del spray, porque para ellos sus graffitis son algo efímero. “Hemos superado la propiedad y el querer ser para siempre. Esto pretende estar en la vida cotidiana de las personas. Es más importante que sea visible a que sea algo eterno”, así definen su trabajo Manu y por eso, aunque aprecien y agradezcan iniciativas como las de Agenda 21, estos graffiteros no se conforman. “El Ayuntamiento ha dado un paso, pero es uno y queda muchísimo todavía”.

En este sentido, Cheko profundiza en el casi siempre extraño binomio grafitero-institución: “hemos sido perseguidos por las instituciones y cuando una da un paso, siempre lo miras con escepticismo. Nosotros teníamos mucha curiosidad pero reconozco que de primeras lo vi como algo negativo, porque cuando un Apuntamiento decide dónde se puede pintar, el resto y queda prohibido”.

En esa divergencia se mueve el graffiti granadino actual que, confiesan estos jóvenes, mira de reojo y con envidia al Soho malagueño, que de aquí a unos años se ha convertido en un barrio-museo en el que el Ayuntamiento de esa ciudad ha vertido la creatividad de una comunidad que, de una u otra manera, necesita darle salida a sus inquietudes. El reto, para todos, es encontrar el equilibrio entre respeto y libertad.

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