Viernes, 28 Julio, 2017

            

La costosa resaca de tío Óscar

Como suele ser habitual, los resultados de las elecciones no satisfacen a todos, pero al contrario que en la política, siempre nos quedará la taquilla, más democrática, aunque no siempre justa.

Las estatuillas de los Oscar, antes de ser entregadas | Foto: archivo


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La resaca de la entrega de los Óscar siempre deja regustos extraños, como esas comidas demasiado especiadas que se resisten a dejarnos.

«¿Cómo va a ganar una película en la que no pasa nada?» he llegado a escuchar en referencia a Boyhood, un experimento que ha rascado solo el Óscar para la Actriz de Reparto, Patricia Arquette. «¿Qué no pasa nada? Más bien pasa todo, eso sí, todo lo que le ocurre a cualquier hijo de vecino, la vida misma inmersa en eso que algunos, sin demasiada originalidad léxica, han dado en denominar «loqueestácayendo», tópico-recurso-facilongo para mentes acostumbradas al recurso de barra de bar. ¿Un Óscar a la perseverancia de un director, Linklanter? No, para eso debe de estar uno a punto de la jubilación postmortem.

Como era de esperar, el dúo Moore-Redmayne se han llevado el gato al agua por un par de cabezas de ventaja, curiosa coincidencia de personajes inmersos en una enfermedad degenerativa, por supuesto con un desarrollo interpretativo sin sentimentalismos que hundirían sendos filmes, Siempre Alice y La Teoría del Todo, a las sobrecogedoras tardes de domingo, rancias y bajo manta. Es necesario reconocer que lo tenía complicado Felicity Jones ante el monstruo Moore que fagocita, en su interpretación, todo lo que le rodea, por muy Baldwin que sea.

Dos cuentos ganan la partida y apartan tanto a realidades aposentadas en el polvo de Irak, El Francotirador, como a heroicidad de lo cotidiano, Boyhood.

Si Birdman sobresale en los premios mayores, película y director, además de fotografía y guión original, El Gran Hotel Budapest se lleva los Óscar técnicos, equilibrando la balanza. Aunque es justo admitir que el de fotografía le hubiera venido que ni pintado al encuadre hostelero de Robert Yeoman, considero que se hubiera hecho más justicia, pero ante los académicos, como Lope de Vega, me rindo ante la sapiencia.

Pero vayamos a los perdedores, por ese oscuro encanto, romántico, que emana el fracaso. Lástima que una actuación tan inquietante, tan perversa, como la de Steve Carel en Foxcatcher no hubiera recibido el reconocimiento que merece, o la interpretación de Benedict Cumberbatch, The Imitation Game, me niego a citar ese engendro de traducción barata, que trasciende el objeto principal de la trama para sublimarse en la tragedia personal del personaje protagonista.

Como suele ser habitual, los resultados de las elecciones no satisfacen a todos, pero al contrario que en la política, siempre nos quedará la taquilla, más democrática, aunque no siempre justa.

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