Domingo, 18 de Noviembre de 2018

            

La banca siempre gana, elevado a Principio General del Derecho

RAMÓN RAMOS


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Pues qué quieren que les diga, a mí el desenlace final del ‘caso de las hipotecas’ no me produce ni frío ni calor. Me explico: unos jueces del Tribunal Supremo, en una reunión convocada ex profeso para dejar sin sentido otra resolución anterior de otra Sala del Supremo que beneficiaba a los clientes, no han hecho más que consagrar uno de esos latiguillos de la sabiduría popular, la banca siempre gana, elevada desde ahora como doctrina jurídica y uno nuevo de los Principios Generales del Derecho que todos los alumnos aprendieron en el primer curso de la carrera.

No es que no me indigne esta resolución que añade un eslabón más en la larga cadena de descrédito que los señores togados y sus asociaciones profesionales abrazaron con entusiasmo cuando se dejan manipular por el poder político y votan tan monolíticamente como los diputados en el Congreso, atendiendo al color que los nombró y siempre con la vista puesta en la promoción personal. Claro que me indigna. Como también todos esos políticos que ahora se rasgan las vestiduras como si esto fuese solamente cosa de los jueces mientras ellos han tenido años y años, legislaturas y legislaturas -incluidos los generosos periodos de vacaciones parlamentarias- para haber corregido las disfunciones de la Ley y legislado a favor del cliente, es decir de los ciudadanos. Ahí tienen a nuestra Susana Díaz, que ahora critica un impuesto que la Junta elevó en lo más duro de la crisis… Pues eso.
No, a mí lo que me deja a cero grados -ni frío ni calor- es el hecho cierto de saber que en caso de que el Supremo hubiese fallado en contra de los bancos, ¿adivinan quién hubiera pagado? Pues sí, aciertan: los clientes, es decir nosotros. Puesto que la banca siempre gana, ya se hubieran encargados ellos, los bancos, de subirnos las ya muy injustificadas comisiones que ahora nos cobran. Así de claro. O alguien lo duda.

Por eso me echo a temblar cada vez que alguien, algún político generalmente en cercanía de alguna de las citas del muy cargado calendario electoral que tenemos en España, anuncia un nuevo impuesto o que le exigirán a los bancos la devolución de los 80.000 millones regalados a la banca en plena crisis -milmillonario regalo con el que se permitieron una reducción drástica de plantillas y no se recataron en repartir generosos bonus entre sus directivos-, cada vez que leo o escucho algo así -decía- yo me hago rápidamente el cálculo mental: 80.000 millones entre 40 millones de españoles. Y me sale a pagar… ¡tanto!. A mí y a usted y a usted y a usted y a tantos como se tomen la molestia de detenerse en esta recóndita columna que es la suya, oiga. Ahí tienen a nuestro Pedro Sánchez que desde la oposición predicaba un impuesto a la banca que garantizase el futuro de las pensiones y… de aquel impuesto, ahora que está en el Gobierno, nunca más se supo. Una cosa es predicar, otra es dar trigo.

“Patético es poco” o “menudo escándalo”. Son algunos de los calificativos que registraban los ‘guasap’ de jueces de a pie el mismo día de la resolución que salva a la banca y que reproduce la web ‘El Confidencial’. Hace tiempo se decía aquello de que si debes al banco un millón (de pesetas) tienes un problema pero si le debes veinte millones (de pesetas) el problema es del banco. Con la entrada en vigor del euro ya no existe ese problema: jueces solícitos actúan para que la baca no sufra.

Visto que no han encontrado la fórmula para cobrarnos por el aire que se respira en las sucursales, han optado por convertirlas en lugarés inhóspitos donde un empleado por todo personal nos deriva al cajero, donde la comisión pasa más inadvertida. “Tengo que cobrarle dos euros”, me dijo un día uno de estos cajeros por una gestión en ventanilla. Como la gestión era de pago me eché a temblar por si llega el día en que tenga que gestionar un cobro. Uno de los más conspicuas bancos había colocado hasta hace poco a la entrada de cada sucursal una especie de cápsulas unipersonales donde te encerraban tanto a la entrada como a la salida mediante un sistema de lucecitas verde o roja que te franqueaban o te retenían a voluntad. Alguien debió comentarles el daño de imagen que aquello comportaba y ahora te siguen encerrando, pero al menos la jaula es algo más amplia.
Que le pregunten al ‘choriso’ más reincidente si se apostaría en una esquina navaja en mano a sacarle cien euros al primer incauto, arriesgando tres años de cárcel, si con solo darle a un botón de ordenador se apropiase de un euro de cada cliente con el amparo legal de determinados jueces. Seguro que diría que no, que prefiere el botoncito. Pues eso, que como en la canción de Serrat, ‘entre esos tipos y yo hay algo personal’. Esos tipos: la banca. Y algunos jueces.


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