Martes, 17 Julio, 2018

            

La almohada

Imagen ilustrativa | Pexeels
Juan Pablo Luque Martín


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Cuando hablas con la almohada, cuando le dices “un día más aquí estoy”, cuando  sólo oyes el compresor del frigorífico, el ruido de un coche que pasa, el motor de una moto que se ahoga subiendo las cuestas de Monachil… cuando el día se harta de ser día y ya no puede con más carga, cuando arrullas la oscuridad y le dices que aún es demasiado pronto para cerrar los ojos, cuando le pides al primero que pasa del duermevela te devuelva el día que te quita y algunos más, o quizá, que al menos, te conceda la ocasión de repetirlo; cuando tocas a tu lado y encuentras un alma que seguro está pensando lo mismo que tú, lo mismo que todos…

Cuando todo pasa y todo queda pero lo nuestro es pasar; cuando a pesar que desde pequeño todos los días lo dice el poeta en tus adentros y  tú te empeñas en caminar sin hacerle caso; cuando despiertas y en mitad de la noche sientes que aunque se acerca, por fortuna no llegó el momento de rendir cuentas; cuando por fin comprendes que no estás ni nunca estarás preparado, cuando crees que el que duerme en la cama pequeña eres tú y  lo demás  tan sólo un sueño; cuando te imaginas en los pupitres del cole y piensas que llegó el momento de volver a usar  pantalón corto con el falso echado abajo…

Cuando pasa la noche, y el día sigue siendo noche; cuando sientes que ya es tarde para que amanezca, cuando sabes que, a pesar de todo, tienes tres y hasta cuatro almas que te miran como si fueras su única alternativa; cuando sabes que viven engañados y que algún día despertarán de su engaño, como tú también despertaste del tuyo; cuando repasas lo que ha sucedido, y te das cuenta que, a pesar de todo, hoy apenas tiene más valor que lo de ayer…

Cuando no sabes lo que queda pero intuyes comienza a ser menos de lo que viviste; cuando cuentas lo que resta por hacer y discutes contigo si aún estás a tiempo de hacerlo, cuando tu almohada se siente incapaz de contar la de veces que tus lágrimas aún permanecían en ella, y  estaba amaneciendo; cuando Dani crezca, y le toque dormir lo justo, lo que deja la vida, lo que permite el ocaso, cuando comprenda que llega un momento en que dejas de crecer, en el que no hay bocatas para el cole, ni recreos, y ni tan siquiera te acuerdas, o a veces sí, de tus inseparables amigos…

Espero ese día, Dani. Espero que cuando llegue tengas también una almohada que te desnude el alma, que te madure, que te haga crecer con la libertad con que yo lo hice, que te diga que a pesar de todo, a pesar de renuncias y sinsabores, a pesar de tantos y tantos miedos, es precioso crecer mirando como crecéis, cómo os peleáis, cómo os defendéis, como nos miráis…

Pero hasta que llegue ese día, Dani, hasta que llegue, dejadme con mi almohada, dejadme aún con ella. Debo seguir creciendo. Siquiera hasta que vosotros crezcáis.

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