Domingo, 18 de Noviembre de 2018

            

Julio Cortázar: “Parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas”

Men Marías | @MenMarias


image_print

Cortázar es una de las muchas formas que ha elegido la naturaleza para provocar el caos en su sentido más puro. Las variaciones lingüísticas han acercado esta palabra a connotaciones de desorden, pero originariamente se refería a lo imprevisible. Y eso es Cortázar, lo espontáneo, lo que evita el razonamiento lógico para entender el mundo con otra parte del cuerpo. No es posible definir cuál es esa parte (afortunadamente), solo sabemos que existe y es la misma que nos emociona al oír a Schubert, por ejemplo. Hay estudios que hablan de la liberación de dopamina o del circuito cerebral de recompensa, pero me van a permitir que no me refiera a ellos porque el arte no puede explicarse, por mucho que se empeñen algunos. El arte, el arte de Cortázar, por ejemplo, es un lenguaje que nos conecta a otra realidad. Y ahí, afortunadamente, no llega la ciencia ni llega nada humano.

Se ha relacionado a este escritor con el surrealismo e incluso con el dadaísmo, pero no podría estar menos de acuerdo. Estos movimientos, que personalmente no me entusiasman, tienen ley dentro de su aparente anarquía, responden a una reflexión que, si bien es distinta a la conocida hasta el momento, no deja de ser una reflexión. Yo creo a Cortázar, por decirlo de alguna manera, es uno de los poquísimos escritores en los que creo. Quien se dedica a escribir sabe que de las diez horas de trabajo del día puede salvar un veinte por ciento. A veces ocurre un milagro y es un treinta, un cuarenta. Pero no más. Decía Cortázar que era un impostor, que él solo transcribía sus sueños. Esto lo he oído mil veces a muchos escritores (artistas, en general) que insisten en mostrarse como seres tocados por el dedo de dios que viven de las dádivas de las musas, pero no lo crean. Casi siempre (por no decir siempre) es falso. Un escritor trabaja muchas horas. Muchas, muchísimas. Y normalmente el texto no empieza a ser algo, algo pequeñito, hasta después del millón de vueltas. Sin embargo y como les decía, yo creo a Cortázar, creo en sus palabras como no lo hago en la de la mayoría de los artistas que adoptan el papel de geniecillos. A continuación me referiré a sus mejores obras.

‘Un tal Lucas’ (1979) es mi texto preferido por goleada. Los capítulos de los que se compone no guardan correlación alguna, puede leerse de abajo arriba, de atrás a adelante y casi de derecha a izquierda. Esta obra despierta los sentidos de cualquiera, nos enseña el mundo en el que vivimos a través de Lucas como no lo hemos visto hasta ahora, y es que mirar con los ojos de Cortázar es un privilegio que todos hemos de disfrutar de manera casi necesaria.

‘Carta a una señorita en París’ es el segundo cuento del libro Bestiario (1951) y es un somnífero para la dialéctica, la cual, en muchas ocasiones, está mejor durmiendo. El protagonista es un señor que vive en París en una casa prestada y escribe a su propietaria para informar de un grave problema: está vomitando conejitos, y claro, ya se pueden imaginar ustedes el alboroto que arman once conejitos en una habitación. He leído muchas interpretaciones con respecto a este cuento, quizás la que me convence es aquella según la cual los conejitos son su propia obra que él vomita sin sentido alguno. Si les digo la verdad no me importa, lo que quiera decir Cortázar me da igual, es la forma en la que une las palabras lo que me hace feliz, no su significado.

‘Continuidad en los parques’ es un cuento del libro Final del Juego (1964) y quizás sea una de las metaficciones más estudiadas en la historia de la literatura. Incluso Cristina López Barrio, finalista del Premio Planeta 2017, reconoce haberse inspirado en él para escribir Niebla en Tánger. En el relato más breve de Cortázar la realidad y la ficción se confunden en una historia circular que no les llevará más de cinco minutos. Su protagonista acaba siendo presa de la historia que está leyendo de la manera más elegante que se ha hecho nunca. Y es que a Cortázar lo han imitado muchos, pero su forma de mudar es única, no es susceptible de parodia.

‘El perseguidor’ es un cuento que pertenece a la colección Las armas secretas (1959) y es de los pocos en los que renuncia a Gardel. Esta es otra de las maravillas del escritor, sus obras están plagadas de versos de milongas. Sin embargo en este cuento del Paris de los años 50′ Johny Carter es un saxofonista de jazz aficionado a la marihuana que se basa en la figura de Charlie Parker. Un día graba por error un sonido que él quiere destruir y que odia, sin embargo, se convierte en su composición más famosa y reconocida.

Podrían analizarse todas las obras de Cortázar, a decir verdad. No existe palabra escrita por este autor que no sea una obra de arte en sí misma. Si necesitan desconectar del mundo real, ese en el que todo parece estar ordenado y predispuesto, les recomiendo efusivamente a este autor para acceder a otras realidades.


Comments

    Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

    Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

  1. Hace años leo a Cortázar, no me puedo salir de él, de sus maneras impredecibles de atraparme. Lo que decís sobre no importar el significado es exactamente lo que siento por sus textos, soy feliz de leerlos y sentir eso inexplicable, de la nada una sonrisa o los ojos vidriosos. Genial lo que escribiste, gracias!