Viernes, 22 Septiembre, 2017

            

Inteligencia emocional

Jack Welch, CEO de General Electric


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Cuando Jack Welch aterrizó en la dirección de General Electric no dudó: “el equipo con los mejores jugadores gana”. De esta manera, esta compañía es la única que se ha mantenido en el Dow Jones tras 118 años. ¿Dónde Jack Welch encontró la piedra filosofal que cualquier CEO vive buscando? El elixir que logra la inmortalidad en la empresa reside en la comprensión de que el precio que puede llegar a pagar una empresa por la baja inteligencia emocional de su personal es tan elevado que podría llevarla a la quiebra. De esta manera tuvo muy claro qué clase de personas tendrían que estar en su equipo para que la empresa tuviese la gloria que a día de hoy sigue teniendo.

Patrón que se repite en cualquier persona es que toda emoción supone un impulso que la mueve hacia la acción. Si esa emoción está controlada y la acción consigue definirse como adecuada y congruente, es decir, si nuestra pieza que piensa y nuestro ámbito que siente consiguen la participación armónica necesaria, podremos definirnos como personas emocionalmente inteligentes con las implicaciones empresariales que ello comporta: mayor rendimiento, notoriedad, liderazgo y hasta la advertencia de desastres corporativos. ¿Qué implica adoptar a una persona en nuestro equipo con inteligencia emocional?

El trabajador emocionalmente inteligente no es esclavo de su propia naturaleza y no sucumbe cuando es presa de un arrebato emocional, puesto que este tipo de emociones se alimentan a sí mismas provocando cólera en contra de otro. Un trabajador encolerizado transmitirá lo que siente, bien al resto de sus compañeros, bien a clientes, aportando negatividad a la marca, que siempre ha de ser nuestra prioridad. El empleado emocionalmente inteligente es consciente de que el control sobre la forma en que su cerebro responde a los estímulos es muy poco dominable, pero sobre la permanencia y la intensidad de los estados emocionales sí puede ejercer poder.

El entusiasmo y la tenacidad frente a cualquier situación son también distintivos del trabajador emocionalmente inteligente. Éste tiene la firme creencia de que cuenta con la voluntad y descubrirá la forma de llevar a cabo cualquier asunto que se le presente. Aun no teniendo la solución, sabe que va a terminar encontrándola, y no le asusta cuánto tenga que trabajar para ello. Sin esta capacidad para resolver conflictos y además realizarlo de manera entusiasta, el trabajador está destinado al fracaso, pudiendo arrastrar consigo a su empresa dependiendo de la relevancia de la situación en la que se encuentre.

Peter Sifneos, psiquiatra, alzó el término “alexitimia” para referirse a la incapacidad para expresar sentimientos que padecen algunas personas. Consecuencia inevitable de ello es caer en imposibilidad empática, y, por ello, el trabajador inepto emocionalmente es incapaz de percibir lo que siente un cliente o potencial cliente. De esta manera le resultará prácticamente imposible realizar una venta. La inteligencia emocional de un trabajador le llevará a ser capaz de situarse en la posición de esa persona, saber cuáles son sus necesidades, anticiparse a ellas incluso, y así satisfacerlas.

El trabajador emocionalmente inteligente sabe tratar con la gente, entiende que la única manera de conseguir aquello que necesita es despertar deseo en los demás. Es consciente de que hacer sentir al individuo un ser importante le motivará para llevar a cabo cualquier tarea, se esforzará por recordar el nombre propio de todo aquel con el que habla y, sobretodo, será consciente de que todo hombre es superior a él en algún sentido y en ese sentido aprenderá de él. Jack Welch comprendió que sólo se puede competir si se tiene una ventaja competitiva y, desde luego, si no atesoramos un equipo emocionalmente inteligente, es mejor que no compitamos.

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