Pareja abierta plantea, con un humor más cercano a la carcajada que a la ironía, el tema eterno de la guerra de sexos y los problemas en las relaciones de pareja. Foto: Rafa Simón

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Sábado, 29 Julio, 2017

            

Incruenta y divertida guerra de sexos



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Pareja abierta plantea, con un humor más cercano a la carcajada que a la ironía, el tema eterno de la guerra de sexos y los problemas en las relaciones de pareja. Foto: Rafa Simón

Desde que se abre el telón y aparece en escena la actriz protagonista andando a gatas tras salir desde una puerta lateral, con un vaso en la mano, recogiendo pastillas del suelo y echándolas en aquél, con un trozo de papel higiénico prendido del tacón ondeando tras ella y sendas barritas de incienso encendidas sujetándole el moño, el espectador de Pareja abierta sabe que va a pasar un rato divertido, que va a reírse, y, en efecto, dichas expectativas no quedan defraudadas a lo largo de la obra, cuyo planteamiento es diáfano: una pareja repasa su fracasada vida en común a partir del momento en que, con la excusa de salvar el matrimonio, el marido propone que sean una “pareja abierta”. Para este repaso, mezclan la narración directa de los hechos al espectador —casi como si éste fuera un juez o un consejero matrimonial, interrumpiéndose ambos con reproches— con su representación en la escena, digamos en flashback, pasando de un modo a otro a un ritmo ágil y con una naturalidad muy bien ligada, sin ninguna pretensión de verosimilitud, mezclando tiempos y espacios, como en algunas comedias del mejor Woody Allen, y jugando con la rápida comrpensión por parte del espectador de que todo es una farsa. A partir de aquí, se van desgranando algunos de los lugares comunes tanto de la guerra de sexos como de los problemas de pareja: insatisfacción y soledad de la esposa, egoísmo del marido, acusaciones de incomprensión de sus necesidades por parte de éste, rescoldos de afecto… El saldo de la confrontación es claramente favorable hacia la mujer, hasta el punto de que la obra a veces bordea la corrección política en el peor sentido del término y parece buscar una clara complicidad con las potenciales espectadoras, si bien siempre la salva in extremis de la moralina el humor desbordante y sin interrupción, presente incluso en los instantes supuestamente dramáticos, que por tanto nunca llegan a serlo de veras. En los momentos más altos de la obra se bordea la reflexión sobre algunas paradojas contemporáneas: la tensión entre libertad sexual y compromiso con la pareja (¿cuál de las dos opciones es la verdaderamente “progresista”?), o la constantación del fracaso y el desencanto de algunas tentativas de liberación de determinadas convenciones burguesas, que acaban siendo la excusa para poder satisfacer los propios deseos sin culpa. En los momentos más bajos, la obra tiene algo de monólogo tipo “club de la comedia” donde se repasan situaciones típicas que nos producen risa porque nos reconocemos en ellas en mayor o menor medida, con gags que funcionan justamente por previsibles. El resultado total es una obra divertida pero no muy profunda, que hace pasar un buen rato —lo que no es poco—, pero que no tiene, lo pretenda o no, mayor alcance.

La labor de los actores, Belén Larios y Javier Castro, es magnífica: se mueven por el escenario con una naturalidad y soltura increíbles: se suben a los muebles, se pelean, cantan, bailan, vienen, van, haciendo gala de una excelente vis cómica, sobre todo la actriz, magistral, que carga de hecho con el peso de la obra. Una propuesta para pasar un rato agradable y disfrutar del buen hacer de unos cómicos profeionales en el más alto sentido del término.

Pareja abierta. Producciones imperdibles. Autor: Dario Fo y Franca Rame. Dirección: José María Roca

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