Miércoles, 23 Agosto, 2017

            

Gente de campo disfrazada de urbanita

Imagen ilustrativa
Esther Ontiveros @estherontiVELP


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Yo sé que la Unión Europea, tal y como funciona en la actualidad, es una organización vergonzante, lo sé. Pero también sé que fuera de Europa se está mal, bastante mal. El otro día contaba El País que Montenegro había sufrido un golpe de estado y aquí ni nos enteramos y eso que no estamos hablando de un país africano, asiático ni sudamericano sino fronterizo. No sin cierto coraje lo reconozco, prefiero que España permanezca dentro del círculo de confort de las doce estrellas doradas. Aunque no es este el tema que me empuja a hablar de este club.

Ayer me llegó por varios sitios una entrevista al autor del libro ‘¿Cómo puedes comer eso?’, Christophe Brusset, un exdirectivo del sector de la alimentación que asegura haber sido testigo de auténticas aberraciones en la elaboración de determinados alimentos industriales, especialmente, los provenientes de países en vías de desarrollo como la India. Excrementos de pájaro en especias egipcias o turcas, polvo de ladrillo machacado en el azafrán iraní y otras exquisiteces que, no nos engañemos, en Europa también cuelan de formas variadas pero, sin duda, en un marco sustancialmente más seguro. Sin entrar a valorar la pésima calidad nutricional de las cosas (sí, cosas) que nos metemos por la boca, tengo que romper una lanza por la seguridad alimentaria de los productos que se elaboran en la Unión Europea. Los controles, que no son insalvables, sí que son estrictos.

Pero también quiero defender de forma encendida las políticas de desarrollo rural. Sí, el denostado PER, que persigue poner freno a la despoblación de los ámbitos rurales, incentivando la actividad agrícola con la esperanza de que la gente encuentre motivos y, sobre todo, un sustento económico, que le permita quedarse en su pueblo. De lo contrario, como veíamos el otro día en el (una vez más) magnífico reportaje de Salvados de Atresmedia sobre la Siberia española, en Castilla León, se producirá un éxodo masivo a las capitales de provincia, a las grandes ciudades, incapaces de dar una repuesta de empleo digno a perfiles, por lo general, de baja cualificación. ¿Qué familia es capaz de vivir en un pueblo sin pediatra, donde el colegio más próximo está a 30 kilómetros de casa y la conexión a internet, si existe, está en el patio del ayuntamiento?

Otra cosa no, pero eso, en Andalucía, no existe. Y no me hablen de fraude, que me entra la risa floja.

Ahora que tan calientes tenemos algunos y algunas el pico y la pluma, yo la primera, para denostar todo lo conseguido, especialmente aquí, como comunidad autónoma de un Estado miembro de la UE, conviene recordar el papel primordial que aún hoy sigue jugando el entorno rural en nuestras vidas.

Y es que sí, somos gente de campo deambulando por las ciudades disfrazados de urbanitas. Pero nos cuesta reconocerlo.

(No os perdáis el video, donde se explica mucho mejor que yo esta realidad). Pincha aquí para verlo.

 

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