Domingo, 22 Octubre, 2017

            

Fiscal mantiene su petición de 36 años de cárcel para el misionero acusado de abusar de dos menores

Ha considerado el representante del Ministerio Público que, aunque en este caso la única prueba de cargo contra el inculpado es el testimonio de las víctimas, éstas han ofrecido un testimonio "creíble y verosímil", sin "contradicciones", y sin móviles "espurios".



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La Fiscalía de Granada ha mantenido este viernes su petición de 36 años de prisión para un misionero de Granada acusado de someter a abusos sexuales a dos niños menores de edad, “aprovechándose de su relación de confianza y de su credibilidad social y fama pública como religioso caritativo”.

El inculpado, de iniciales A.J.R.O., suspendido de sus funciones por el Arzobispado de Granada, ejerció de profesor de Religión en tres institutos públicos de enseñanza secundaria de la provincia y puso en marcha en 1987 una asociación benéfica para ayudar a niños de la calle de Brasil sin medios económicos.

El fiscal le atribuye dos delitos contra la libertad e indemnidad sexuales, en condiciones especialmente agravatorias por las edades de las víctimas y su situación de vulnerabilidad, y por cada uno de ellos se enfrenta a 18 años de cárcel. Además, por vía de responsabilidad civil, le pide una indemnización de 76.000 euros a cada uno de los perjudicados, que actualmente tienen 20 y 36 años.

Ha considerado el representante del Ministerio Público que, aunque en este caso la única prueba de cargo contra el inculpado es el testimonio de las víctimas, éstas han ofrecido un testimonio “creíble y verosímil”, sin “contradicciones”, y sin móviles “espurios”.

Además, el fiscal ha incidido en que nada tiene que ver que tuvieran o no un comportamiento conflictivo con que fueran víctimas del procesado, que en primer lugar se acercó al “ámbito familiar” de los dos jóvenes para finalmente llegar a los menores y abusar de ellos, de formas “cada vez más graves”, aprovechándose de formar parte de una institución a la que se le presuponen buenos fines, ya que ejerció de diácono en una parroquia de una localidad granadina.

EL PRIMERO DE LOS CASOS

El primero de los casos se remonta a 1990, cuando el procesado, colaborador permanente y habitual del templo y comunidad parroquial de una localidad granadina, conoció a un menor, nacido en 1978, residente también en el pueblo, y le ofreció unirse al coro parroquial dirigido por él.

El joven, que aún no tenía cumplidos los doce años, aceptó y poco después también accedió a integrarse en una rondalla juvenil, también bajo la dirección del procesado. En ese mismo invierno de 1990 y 1991, según el Ministerio Público, el imputado encargó al menor la compra de repuestos para instrumentos de cuerda con la instrucción de que una vez hecho habría de entregarlos en su domicilio.

Una vez en su casa, el acusado supuestamente le hizo pasar al despacho, donde “entre una virtuosa oratoria sobre temas sexuales” y “llevado de instintos lúbrico” le hizo tocamientos sin que el menor “refiriese a nadie con posterioridad lo sucedido entre sentimientos contradictorios de culpa, vergüenza y temor reverencial a partes iguales entre su agresor y sus propios padres biológicos”.

Así, “animado por este silencio”, según el fiscal, éste continuó provocando encuentros sucesivos con su víctima en los que prosiguió con sus tocamientos cuando se encontraban en su casa a solas. La situación permaneció idéntica con posterioridad, hasta que en octubre de 1992, el joven tenía que trasladarse para estudiar bachillerato a Granada.

Sabiéndolo el procesado, él se ofreció a llevarlo y regresarlo diariamente “con la aquiescencia de sus padres y gracias a su credibilidad social generalizada y notabilísima fama pública como religioso muy caritativo”, que “aprovechó” para exigir de su víctima relaciones sexuales, que continuaron hasta que en 1995 el joven se decidió a negarse, amenazándole con denunciarlo, pero no llegó a hacerlo hasta el 23 de julio de 2012.

SEGUNDO CASO

El segundo caso tuvo lugar durante 2002, cuando el denunciado, en su condición de religioso y misionero y durante su estancia entonces en zonas deprimidas del Matto Grosso en Brasil, tomó para sí y para su ayuda a la educación y formación personal, a otro menor, nacido en 23 de abril de 1994, y por tanto de ocho años.

Éste ha declarado este viernes en la segunda y última sesión del juicio, que ha quedado visto para sentencia, y ha explicado que el misionero era amigo de su padre, que tenía “mucho interés” en que el niño pasara ratos con él y se fuera a España. Durante sus estancias veraniegas en Brasil, según ha indicado el joven, el inculpado, que es su padrino, comenzó a hacerle tocamientos cuando él tenía unos siete años y continuaron consecutivamente durante los veranos siguientes, hasta que se convirtieron en relaciones sexuales.

Ya en 2006 el joven vino a España con el procesado, a vivir con él a su casa, en la que convivía con otros jóvenes, y también allí, o en la habitación del misionero o en su despacho, continuaron los abusos, hasta que, finalmente, en 2011, el chico decidió que no quería continuar con aquello, y se fue a la casa de un profesor, que le prestó ayuda, y acabó regresando a Brasil.

Pese a todo, el joven ha dicho sentir “gratitud” hacia el acusado, por todo lo que le ha ayudado, y ha afirmado que lo siente como a su “familia”. Desde que regresó a Brasil ha asegurado que no ha tenido más contacto con él, aunque le asustó, según ha dicho, una carta que recibió “con sangre” en la que el misionero le dijo que “había derramado sangre” por él.

Por otro lado, también han testificado, a propuesta de la defensa, que reclama la libre absolución para el religioso, otros jóvenes que convivieron con éste cuando ya tenían alrededor de 15 años, que han coincidido en calificar a esta segunda supuesta víctima como una persona “conflictiva”, negando que ellos hayan sido víctimas de abusos o hayan presenciado u oído este tipo de actos por parte del inculpado.

Haciendo uso de su derecho a la última palabra, el misionero ha indicado que estaba sentado en el banquillo por una “reacción de rabia” que pasó a ser “venganza” en lo que se refiere al joven de Brasil, que, según ha indicado, se enfadó cuando le dijo que tenía que regresar a su país por su “mala conducta”. “El odio vengativo hizo que vomitara todo aquello”, ha dicho.

Ya en la primera sesión del juicio, el pasado día 4, negó haber abusado de los dos jóvenes, y, con respecto al primero, indicó que era “uno más” de los que participaban en la comunidad en la que él ayudaba por entonces como diácono, y señaló que nunca se quedó a solas con él en su domicilio, donde convivía con más chicos brasileños a los que solía acoger para ayudarles.

Del otro menor explicó que fue su padre el que le pidió que se hiciera cargo de él, cuando el acusado se encontraba trabajando de misionero en una zona del Amazonas, y se lo trajera a España. Una vez aquí, el menor convivió con el inculpado en una casa junto a otros menores, pero en un periodo de unos dos años se volvió “violento”, y no se atenía a las normas de disciplina impuestas por la comunidad, por lo que decidió que debía volver a Brasil.

Tras su comparecencia, declaró como testigo el primero de los jóvenes, que indicó que los episodios de abusos comenzaron cuando él tenía 12 años, en 1990, cuando, un día, estando con el acusado en su despacho, éste le hizo algunas preguntas de índole sexual. Ese primer capítulo dio paso a una serie de tocamientos y abusos sexuales que se produjeron, según el testigo, tanto en el domicilio del misionero, como en otros lugares, aprovechando sus ratos a solas, incluso en las colonias a las que se fue en verano el menor.

El joven se fue a vivir sin embargo unos años más tarde a Granada, y él confiaba en que el procesado ya no iría a visitarlo, pero no sucedió así, con lo que llegó a amenazarle con contar lo que ocurría si seguía yendo a su casa. Desde entonces, según aseguró, no ha vuelto a tener contacto con el profesor de Religión, al que ha acusado de manipularlo “psicológicamente” siendo un niño, lo que le obligó a mantener tratamiento psicológico.

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