Martes, 12 Diciembre, 2017

            

Evocación en triste de Barcelona 92

Imagen de las Olimpiadas de Barcelona en 1992 | Fuente: blogs.uoc
Ramón Ramos


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La vida con la historia, tan dulces al recuerdo… No es una evocación a las playas, parameras al rubio sol durmiendo, los oteros, las vegas en paz, a solas, lejos… No. Es evocar aquella Barcelona olímpica que nos deslumbró a todos, aquella máquina de perfección organizadora, de éxito deportivo, de borrachera española quintocentenaria en que creimos que el mundo era nuestro. Barcelona 92: pensar tu nombre ahora envenena mis sueños.

Veinticinco años han pasado. Un cuarto de siglo después de aquellos días en que el Nou Camp se rendía cuando sonó el Himno de España con el oro olímpico de una joven generación de futbolistas que preludiaron lo que sería la supremacía del balompié español ya en el siglo XXI. Una Barcelona donde se coreaba y se animaba a los nuestros al grito de “¡Espanya! ¡Espanya!”, ‘senyera’ en mano. Un estadio de Montjuich que recibió al rey Juan Carlos, un Borbón, a los acordes de ‘Els Segadors’, con toda la carga simbólica que esas notas musicales significaban en cuanto a reconciliación con la historia…

Al paso de la llama olímpica camino del estadio por las céntricas calles de Barcelona, algún independentista hacía esfuerzos “patéticos” -dijo la prensa al día siguiente- a la caza de cualquier corresponsal o cámara, a ser posible extranjera, por mostrar esa bandera ‘estelada’ que estos días estalla por decenas de millares en esas mismas avenidas donde el público agolpado en las aceras de entonces contenía a duras penas la risa ante aquellos ‘esforzados’ de la causa.

Lo que va de ayer a hoy: veiticinco años, un plazo muy corto en la historia y muy largo para que la relación España-Cataluña que entonces ensambló como nunca antes en la historia se haya despeñado hasta ese punto que muchos consideran sin retorno. Para sorpresa de quienes entonces apenas doblaban la treintena y ahora se asoman a la jubilación. Tanta sorpresa como habrán experimentado aquellos ‘patéticos’ que aquella tarde perseguían a las televisiones extranjeras a la busca de un fugaz plano ‘estelado’.

Llegados a este punto, Vargas Llosa se preguntaría cuándo se nos ‘jodió’ el Perú. Como no soy Vargas Llosa, remito al amable lector que haya tenido la paciencia de llegar hasta aquí a la misma recóndita columna del mismo viernes pasado. Ninguno de los episodios y elementos allí evocados por sí solo tiene entidad suficiente para fijar en ese punto la respuesta a la pregunta de Vargas Llosa, pero todos sumados dan la clave para entender cómo estamos viviendo los días más tristes para la Patria en bastantes décadas.

Apenas unos meses después del día que se apagó la llama olímpica y cuando todavía nos creíamos que aquello de ‘amigos para siempre’ mantenía su vigencia, algunos se lanzaron a la insensata tarea de sembrar unos vientos cuyas tempestades todavía no hemos recogido en toda su intensidad. Preguntarse cómo hemos llegado hasta aquí solo encuentra explicación en el ‘dontancredismo’ que nos gobierna. Al 1-O le seguirá el 2-O y el 3 y el 4… Y si los actores de esta farsa son los mismos que nos han traído hasta aquí difícil será encontrar la salida. Evoquemos a Cernuda: Amargos son los días de la vida, viviendo sólo una larga espera a fuerza recuerdos. Un día, tú ya libre de la mentira de ellos, me buscarás. Entonces, ¿qué ha de decir un muerto?

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