Sábado, 22 Julio, 2017

            

Esto no es una guerra

Foto: Archivo GD
Pedro Vaquero del Pozo


image_print

François Hollande se ha empeñado en llamar “guerra” a lo que no lo es. A cada atentado terrorista del ISIS, a cada asesinato masivo perpetrado por un perturbado en Francia, el presidente francés responde con el mismo discurso y el mismo mensaje: los yihadistas del Daesh (no quiere reconocerles su autodenominación, prefiere llamarlo Daesh, o “basura”) han declarado la guerra al Estado francés y al mundo mundial, y en consecuencia hay que actuar como se actúa en una guerra, esto es, declarando el estado de excepción (recorte de las libertades internas en el país donde se produce la masacre), coordinando las policías y los servicios de espionaje de los países occidentales (medidas policiales, sociales y políticas), y enviando tropas a los lugares donde domina el Daesh (especialmente Irak y Siria) para derrotarles militarmente.

Siempre la misma historia. Pero el ISIS no se rinde. Sigue reclutando a una pila de fanáticos y de “lobos solitarios” para golpear a los estados que más se caracterizan por combatirles sus posiciones militares. ¿Hasta cuándo seguirá Francia aplicándole al problema una solución parcial y de antemano? Porque la alternativa que viene (la de Marine Le Pen en Francia, la de Donald Trump en EE.UU.) es más de lo mismo, por mucho que pueda parecer lo contrario.

La fórmula de responder con más violencia está fracasada precisamente porque eso es lo que buscan los terroristas. Buscan la radicalización de los islamistas y de los “cristianos”, buscan que esto sea una guerra de religiones. Por eso acaban de entrar en una iglesia francesa para matar a un sacerdote cristiano de 86 años. Pero el Papa Francisco no ha caído en la trampa, no cree que esto sea una guerra de religiones. Y sin embargo los políticos ultraderechistas incrementan el ruido de sables, pues de ello depende un incremento de su apoyo electoral y social. Los yihadistas saben que un porcentaje no escaso de la población responde con miedo al reclamo del bombazo, al degollamiento y al ametrallamiento indiscriminado. Y que de esa desestabilización de la conciencia colectiva de la población de los países occidentales depende la pérdida de su identificación con los valores civilizatorios de los derechos humanos y sociales avanzados, y de la creciente conciencia antimilitarista de esa poblaciones de los países teóricamente “más desarrollados”.

La estrategia del yihadismo es incrementar la confrontación global, haciendo que todos los estados tengan que tomar partido por unos u otros. Y esta confrontación dependerá de la radicalización, que avanza sobre dos ruedas: una es la división de los países con democracias formales (“dermocracias” o “democracias epidérmicas”); y esta división depende del avance de la conciencia belicista en los países más avanzados (incluidos en este epígrafe no solo los capitalistas, sino la semicomunista China, los populistas hindúes, y los islamistas pactistas).

La otra rueda de la radicalización depende de las depauperadas condiciones sociales y económicas de los países más pobres y oprimidos del mundo, que casualmente coinciden con los africanos y asiáticos, allí donde el desorden económico de la globalización está imponiendo las más duras reglas del juego socioeconómico, de mayoría musulmana muchos de ellos. Si como decía Umberto Eco estamos viviendo una segunda Edad Media, la estrategia del Daesh tiene su lógica (descabellada): a una brutal sociedad postcapitalista le corresponde una brutal guerra postdemocrática. Al terrorismo económico de la globalización le corresponde el terrorismo militar del belicismo del Daesh y de la OTAN.

Por eso es tan importante que los estadistas usen en estos momentos la cabeza en vez de los cojones. Precisamente porque se multiplican las inocentes víctimas del terrorismo, y porque hay que derrotar al Daesh, hay que conseguir que cesen las causas que alimentan el vigor de las dos ruedas de esa moto con que avanza la lógica de la guerra: la “basura” del ISIS y la OTAN, por un lado, y la “basura” del capitalismo globalizado, por otro.  

Porque geopolíticamente hablando, esto no es una guerra, no: es una lucha de clases. “No olvidéis nunca la lucha de clases”, decía Louis Althusser. Y en eso tenía razón. Porque por más paquetes de comida y agua que lleguen a las ONG de las zonas de conflicto, la geopolítica del postcapitalismo engendra campos de concentración de refugiados, suburbios de parados o trabajadores pobres, guerras localizadas aquí y allá, y locos dispuestos a inmolarnos por aquí y por Alá.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *