Domingo, 28 Mayo, 2017

¿Está listo tu bebé para alimentos sólidos?

La pediatra recomienda iniciar el tránsito a la comida sólida con verduras cocidas, un poco blandas pero que no se deshagan del todo como patata, calabacín, calabaza, brócoli, coliflor o zanahoria



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Estar atentos a las señales que indican que el bebé está preparado y no dejar que los miedos nos impidan empezar a tiempo a proporcionar los primeros sólidos son las claves para dejar atrás los purés con naturalidad. El correcto desarrollo de la mandíbula, los dientes y la deglución dependen de que el niño aprenda a masticar y a tomar los sólidos llegado el momento.

Según explica a Infosalus Ana Martínez, pediatra de Atención Primaria e integrante de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPap), la transición a la comida sólida, o a la dieta normal de la familia, se realiza de forma paulatina entre los 6 y los 12 meses de vida. Al año de edad el bebé debe comer ya lo mismo que el resto de la familia.

Martínez señala que alrededor de los 6 meses de edad los bebés ya son capaces de llevarse las manos a la boca y chupar y tragar alimentos blandos. Hacia los 8 o 9 meses, aunque no tengan dientes, ya son capaces de hacer movimientos de masticación con las mandíbulas y aprenden a comer de una cuchara.

Las principales habilidades o capacidades del bebé para que pueda comenzarse la transición desde una alimentación láctea a una más variada y semisólida son que se pueda mantener sentado casi sin apoyo, se lleve las manos a la boca y haga los movimientos de chupeteo y de aplastar el alimento usando labios y encías.

Para los padres lo más fácil es observar las señales de su hijo de que ya está preparado. Es decir, que se adapten a las características y maduración de su niño, sin seguir al pie de la letra ningún calendario. Un bebé ya está  listo para empezar cuando muestra interés hacia la comida mediante actitudes como inclinarse hacia delante, abrir la boca, mirar o coger y chupar directamente el alimento.

Igual de importante es permitir que el niño decida cuándo ya ha tenido suficiente, o sea que hay que respetar las señales de saciedad (deja de tener interés en al comida, la escupe, gira la cabeza o se queda dormido). “No conviene obsesionarse con cantidades, puesto que a lo largo del día hay más oportunidades para comer”, aclara Martínez.

En cuanto al riesgo de atragantamiento o asfixia, la pediatra señala que esta es una gran preocupación para padres y pediatras ya que aunque real, es un peligro que solo ocurre con alimentos pequeños y duros tales como zanahoria cruda, frutos secos, caramelos o manzana.

Puede ser motivo de susto además cuando el bebé hace arcadas porque se le va hacia la garganta un trozo demasiado grande, pero esto no es un peligro real ya que la arcada lo que hace es empujar al alimento otra vez a la parte anterior de la boca para que el bebé lo pueda volver a aplastar”, apunta Martínez.

CÓMO EMPEZAR

La pediatra recomienda iniciar el tránsito a la comida sólida con verduras cocidas, un poco blandas pero que no se deshagan del todo como patata, calabacín, calabaza, brócoli, coliflor o zanahoria. En cuanto a las frutas crudas recomienda plátano, mango, pera o ciruela y en lo referente a otros alimentos apunta la idoneidad de la pasta cocida (espirales, macarrones o tiras de lasaña), la carne cocida, el jamón de York en tiritas o la tortilla francesa.

“El tamaño de la pieza ofrecida es importante. Se habla de ‘finger foods’, es decir, porciones del tamaño de un dedo de adulto que quepan en el puño de un bebé, asomando una parte, para que no pueda introducirse una porción excesiva”, aclara Martínez.

También se pueden hacer montoncitos de trozos más pequeños para que los pueda coger a pequeños puñaditos (jamón de York o normal, carne, pescado, fruta o queso fresco) o aplastar un poco con el tenedor los garbanzos o guisantes. “Lo mejor es que el bebé coma a la misma hora que los demás y así vaya probando algunos alimentos del menú familiar”, señala.

Según explica Martínez, si se empieza antes de que cumpla el año, no suele haber problemas en el tránsito a la comida sólida. “Si por temor al atragantamiento, por comodidad o porque nadie explica a la familia la importancia de la masticación, cuando un niño llega a los 2 años alimentándose solo con alimentos en forma de purés y biberones, es muy difícil que acepte lo sólido”, aclara la pediatra.

Este rechazo a los sólidos señala Martínez puede deberse, entre otros motivos, a que ya se ha habituado a esa dieta y porque hacia los dos años se tiene mucho menos apetito y esto lleva a que exista un menor interés a las novedades.

DESTETE DIRIGIDO POR EL BEBÉ

Según señala la pediatra, el planteamiento es totalmente distinto de las clásicas papillas y purés que se denomina ‘destete dirigido por el bebe’ (‘Baby-Led Weaning’). Aunque el método parece más fácil para bebés que toman el pecho, por estar habituados a los cambios en el sabor de la leche materna, “esto no supone que los que toman biberones no puedan hacer la transición de este modo”, aclara Martínez.

La pediatra detalla estos 5 consejos para los padres:

1. Esté atento a las señales de que su hijo tiene interés por la comida que come  y deje que la pruebe, sólo chupándola, esto le permitirá ir conociendo sabores.

2. Si ya se lleva cosas a la boca, aproveche para ponerle ‘algo de comer’ en la mano. Solo asomará un poco y lo irá chupando, saboreando y tragando. Comerá poquito y así verá si le sienta bien y lo tolera. Puede ir aumentando la cantidad y la variedad poco a poco.

3. Evite los alimentos duros que puedan incrustarse en los bronquios o la tráquea: frutos secos, caramelos, trozos de zanahoria o manzana cruda. Evite los alimentos a los que alguno de los padres se alérgico.

4. Asegúrese de que el bebé sigue tomando el pecho a demanda a lo largo del día  y la noche. Si toma biberones, conviene que tome 3 o 4 al día, además de todos esos alimentos.

5. Los padres deberían comer sano y ofrecer esa misma comida a su bebé. No se preocupe de las cantidades. El bebé sabe cuánto necesita comer.

PROBLEMAS DE DENTICIÓN Y DESARROLLO

Según señala la pediatra, no es necesario tener dientes o muelas para empezar a masticar. “Si se espera a que salgan los dientes o las muelas (éstas salen a partir de los 12 meses) se pierde un momento crucial, pues es sobre los 8 o 9 meses el momento en que los bebés están más predispuestos a probar comidas y a masticar”, aclara.

Martínez concluye que cuando un bebé tarda en masticar, toma siempre líquidos, biberones y purés, no se le desarrolla bien la mandíbula ni los dientes y a la larga puede tener problemas de deglución o la costumbre de interponer la lengua entre los dientes, lo que genera problemas en el lenguaje (vocalización) y en la posición de los dientes.

Según explica a Infosalus el doctor Abel Cahuana, presidente de la Comisión Científica de la Junta de la Sociedad Española de Odontopediatría, en cuanto a la masticación en el desarrollo mandibular las diferentes funciones oro-faciales influyen en el correcto desarrollo de las arcadas y del patrón facial.

“La masticación influye además en la salud de los dientes, el niño que no mastica, tiene más placa bacteriana y sarro en los dientes”, aclara Cahuana, jefe de Sección de Odontopediatría del Hospital San Joant de Déu (Barcelona).  La introducción de sólidos, además de permitir el aporte de una variedad de alimentos y de diferentes consistencias y sabores, favorece un buen desarrollo y mejor estado de salud de todo el proceso dento-alveolar, afirma el especialista.

Si el niño se niega a tomar alimentos sólidos se encontrará en peor situación de salud en comparación con los que mastican. “En estas situaciones el pediatra descartará algún problema de desarrollo o trastorno neurológico de la deglución, aunque en la mayoría es un problema que guarda mas relación con normas de educación y sobreprotección”, aclara Cahuana.

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