Sábado, 15 de Diciembre de 2018

            

Escandalosa, increíble, ridícula e irresponsable prohibición

Sede de Centers for Disease Control and Prevention
Joan Carles March | @joancmarch


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El pasado 15 de diciembre The Washington Post revelaba que la Administración Trump ha prohibido a los analistas y funcionarios de los CDC (Centers for Disease Control and Prevention), la principal Agencia de Salud Pública, dedicada a salvar y proteger las vidas de los más vulnerables en Estados Unidos, el uso de una serie de palabras o frases como “feto”, “transgénero” o “diversidad”, “vulnerable”, “basado en la evidencia”, o “basado en datos científicos” en los documentos oficiales del presupuesto para el 2018.

Ante tal despropósito, proponen utilizar en su lugar una expresión más genérica como: “los CDC basan sus recomendaciones en la ciencia así como teniendo en cuenta los principios y deseos generales”. Pero aquellos que trabajan sobre los efectos del virus del zika en el desarrollo de fetos podrían quedarse sin palabras apropiadas, o aceptables, ya que los científicos plantean que “no puedes combatir el virus del zika, o mejorar la salud fetal y de las mujeres, si no puedes utilizar la palabra ‘feto'”. Y además, “debes tener la posibilidad de reconocer la humanidad de las personas transgénero con el fin de atender sus necesidades de salud. No puedes borrar la falta de equidad en la salud que enfrentan las personas de color simplemente con prohibir el uso de palabras como ‘vulnerable’ o ‘diversidad'”.

Desde que el presidente Donald Trump llegó a La Casa Blanca, se ha planteado ya en diferentes ocasiones cómo abordar de forma distorsionada los temas relativos a la identidad de género, el derecho al aborto o el derecho de las personas LGTB.

Todo ello nos lleva a hablar de “escándalo”, de “irresponsabilidad”, de “falta de credibilidad”, “de peligrosidad inimaginable”, de “ridículo”.

La noticia de la prohibición del uso de algunos términos en los informes de los CDC estadounidenses es “preocupante” porque supone renunciar a las palabras y limitar el lenguaje. Porque las palabras curan y cuidan, aunque también hieren y matan. Eliminar ideas y conceptos es un primer paso para el totalitarismo al impedir pensar sobre el presente, recordar el pasado y considerar el futuro. Por ello, frente a la manipulación, el relativismo de los hechos y la tergiversación de las fake news conviene estar alerta. Con este tipo de gestos se minusvalora y subestima la rotundidad de los datos científicos y empíricos y se pretende cambiar el discurso de la ciencia.

Es el ámbito de la posverdad, como la distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales. Y es que los demagogos son maestros de la posverdad, ya que con la negación de la idea de verdad aplicada a los conceptos, implica y conlleva la destrucción del significado.

Todo esto no deja de ser una clara muestra de la tendencia cada vez más frecuente a profanar el sentido de las palabras y el contenido de los conceptos. Es sabido que el uso reiterado de determinadas palabras acaba configurando una realidad distinta; y lo que es aún más importante, si cambia nuestra percepción de la realidad, también se modifica nuestra conducta. Sabemos que las emociones se contagian y los comportamientos también. Los positivos y también los negativos. Esta es la clave y el objetivo último, alterar los conceptos, cambiar actitudes y modificar el comportamiento.

Y en ese entorno, una consultora líder mundial en tecnologías de la información, sostiene en su último informe que en el 2022 el público occidental consumirá más noticias falsas que verdaderas y que no habrá suficiente capacidad ni material ni tecnológica para contrarrestarlas. Las informaciones circulan tan masiva y aceleradamente en las redes sociales que tendemos a agarrarlas y retransmitirlas con instinto compulsivo, sin detenernos a comprobar su veracidad.

Hoy es cierto que las fake news proliferan y se reproducen a gran velocidad. Por eso no es extraño que haya políticos que intenten acabar con ellos. Y es que no sólo hay noticias falsas, las técnicas de simulación de la realidad llegan también a la imagen en un mundo que se ha acostumbrado a no distinguir la realidad de la ficción, en literatura, cine, televisión o en las redes sociales. En Twitter las fake news ayudan a cultivar el odio. Ahora, el lema es otro: “Si no la compartes, no es noticia”. El tuit, comentario en Facebook o vídeo en YouTube que no se comparte está condenado a no dejar huella. Y hay gente que dice que los hechos no importan y que la mentira organizada no concierne a tal o cual hecho aislado, sino que fabrica un sustituto de la realidad que no se contenta con deformar la realidad o esconderla, sino negarla. La mentira se está convirtiendo en una obligación moral. No es que haya más mentiras o que sean más invasivas, sino que NO hay manera de distinguir entre verdad y mentira. Se ha destruido el criterio de verificación: los hechos. La falacia en el argumento está vinculada al lenguaje. Trump es el ejemplo: se le valora por decir lo que piensa y no por pensar antes de hablar”.

Y es que ante versiones diversas de los mismos hechos, cada uno tiende a comprar la que interpreta que satisface mejor sus deseos. Y el deseo de verdad no acostumbra a ser un deseo dominante, ya que cuando la persona recurre a la mentira en foros o discusiones públicas expone lo que le gustaría pensar, sentir o saber y convencer a los demás de lo mismo. Rasgos de la mentira: adquirir notoriedad.

Y así empezaba Rodrigo Gutierrez un artículo hablando del tema con palabras de Jeremy Bentham: «La característica de la verdad es que no necesita otra prueba que la verdad» o de Rafael Sánchez Ferlosio diciendo:«En la palabra se manifiesta la salud de la razón, pero, a su vez, el fanatismo siempre aparece como una enfermedad de la palabra, una especie de inflamación absolutista de los significados. Toda predilección [odio o animadversión] por una palabra en sí, al margen de un contexto, es un temible síntoma de predisposición al fanatismo».

El fanatismo no nos puede llevar a la pérdida del poder y valor de las palabras. Cuánto tenemos que aprender para no caer en ello.


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  1. Hay quien cree que borrando palabras se borran aquellas personas que le desagradan. Aceptar la diversidad es una faceta mas de la empatía, sin la cual la civilización deja de progresar.