Jueves, 19 Octubre, 2017

            

El viejo y el bancal

Foto: Archivo
Alejandro Morales | @anyolin12


image_print

“Llevo diez días sin cagar. Dame lo que sea por Dios. Lo que sea, pero algo que me pueda tomar, que no tenga que meterme nada por ‘ahí’”. La farmacéutica escuchó aquellas palabras sin el más mínimo atisbo de asombro o hilaridad, acostumbrada como está, después de tantos años,  a oír de todo a todas horas. Aquel rostro fruncido y ese tono lastimoso e iracundo de Rogelio, uno de sus mejores clientes (más de 100 euros netos al mes él y otros tantos su mujer, clientes en ‘plena producción’ de los que hay que mimar), aquella desesperación no fingida del que lleva ¡diez días! sin sentarse en el trono, merecían toda la atención de la licenciada, que cuando tenía que actuar y prescribir soluciones a problemas inminentes, era cuando realmente se sentía farmacéutica. Aquel estreñimiento severo la sacaba de la rutina de frenadoles, potitos y cremas antiarrugas, y en cierta manera le permitía sentirse poderosa. Y feliz.

“Vamos a ver, Rogelio. Le voy a dar unas cápsulas que tienen dos compuestos: están recubiertas por corteza de ‘cáscara sagrada’, que produce contracciones intestinales, y en su interior tienen zumo de aloe vera, que lubrica el bolo fecal. Notará retortijones, movimiento, y seguramente tardará algunas horas, pero al final podrá evacuar sin problema, aunque lo ideal sería ponerse un enema y…”. “No, no, no, por ahí no entra ni el pelo de una gamba”, replicó enérgico. -“Muy bien, pues en ese caso se toma dos por la mañana y, si a lo largo del día no obtiene resultado, se toma otras dos por la noche. Son 4,95”.

No pasaron ni dos días hasta que Rogelio volvió a la botica. Lo hizo en hora punta, aunque poca prisa tenía el hombre. En su mano derecha portaba la cajita de cápsulas, esa a la que pocas horas antes se había agarrado como los náufragos se aferran a las tablas y que ahora parecía quemarle. Su rostro, agrio y desencajado, invitaría a cualquier observador externo a pensar que aquel bolo seguía atrancado en su interior. Tras varios minutos de espera, al fin le tocó. “Me llevé estas píldoras para el estreñimiento y te puedo asegurar que no me las tomaré nunca más. Creía que me moría de los retortijones, si lo llego a saber no me las tomo porque… -“¿Pero fueron efectivas?”, le interrumpió la farmacéutica. -“Sí, sí, después de todo el día ‘muriéndome’, lo fueron. Pero vengo porque, como te he dicho, no me las voy a tomar más, así que he pensado devolverte la caja, que me descuentes las cuatro que me tomé y me devuelvas el dinero. Con 2 o 3 euros que me des, me conformo”.

Y se quedó tan pancho.

Un atisbo de estupor, esta vez sí, asomó en el rostro de la boticaria, que por mucho que haya oído durante sus años tras el mostrador, es consciente de que ni mucho menos lo ha escuchado todo. Considerando los 200 euros largos que aquel exigente cliente y su no menos medicada esposa dejaban mensualmente en la cuenta de resultados de la farmacia, y acudiendo al viejo aforismo del marketing, de nunca subestimar el poder de un cliente insatisfecho, por la cabeza de la licenciada llegó a pasar la idea de, sí, entrar al juego del surrealismo y las matemáticas, hacer una regla de tres, quedarse con las cápsulas evacuatorias del demonio, abonarle y arreglarle la mañana al hombre. El problema es que la farmacia estaba llena de gente. Y que Rogelio, poco consciente de lo fatigoso de su petición, la había formulado con voz firme y enérgica. Y que por muy buen cliente que sea, si haces una ‘gracia’ de tal calibre delante de tanta gente… sientas ‘jurisprudencia’ y abres la veda. Así que a la boticaria no le quedó más remedio que, con todas las buenas palabricas que pudo, rechazar la propuesta, cuestionando a su interlocutor si, por ejemplo, hace lo mismo en el Mercadona cuando compra un zumo que ¡oh desgracia! no está tan rico como pensaba.

Está claro que al viejo y al bancal, lo que le puedas sacar”, apostilló él, acudiendo al sabio refranero popular, mientras retiraba con desdén las pastillas del mostrador y buscaba la puerta.

No sabemos si Rogelio, o alguno de sus hijos, o de sus yernos, tienen hipoteca. Vamos a suponer que sí, y que, válgame el señor, están afectados por la famosísima y odiadísima cláusula suelo. Los imagino el día de la firma de las escrituras y me recuerdo a mí mismo, sentado en aquella notaría, junto a mis padres, claro, que sin avalista no hay casa y para eso ellos me trajeron al mundo, que yo no elegí nacer. El hipotético yerno de Rogelio, como yo mismo, y como mi amiga Toñi, o mi tío Pepín, o… el 99 por ciento de los hipotecados afectados por esa pandemia ‘clausular’, pese a encontrarnos frente al desembolso probablemente más importante de nuestra vida, empleamos todo el tiempo en pensar y repensar si seríamos capaces de devolver cada una de las letras, en hacer números y fantasear sobre ingresos presentes y futuros, en desear que los gastos de constitución de las escrituras no fueran muy elevados y, según el caso, en conseguir que el tasador se enrollara y pudiéramos pescar aunque fuera 5.000 euros más del banco de turno, que eso a 30 años no se nota y mira qué cocina más chula me voy a poder montar. En cambio, y sin dejar de ser importante todo lo reseñado, obviamos lo más trascendental: conocer al dedillo qué firmábamos en la, repito, compra más importante de nuestra vida. Nosotros no entendemos, claro. La letra pequeña nadie se la lee, leñe, especialmente si aquello que cuenta nos parece estar formulado en chino. Sin embargo, existen a porrillo profesionales (abogados, licenciados en económicas, cuñados listos…) que, por un módico precio (nada comparable a los gastos de constitución o, mismamente, al montante del préstamo), antes de firmarlas se habrían leído y, lo que es más importante, descifrado cada una de las letras, por pequeñas que fueran, de las dichosas escrituras. Un asesor cualificado. Que para eso están.

No somos capaces, me incluyo, de pensar algo tan obvio (no conozco a nadie que lo haya hecho), pero sin embargo somos maestros en rozar el esperpento cuando queremos hacer valer nuestros derechos como consumidores, aunque sea por tres euros.

Y es que no hay estreñimiento más chungo que el mental. Para el otro, ahora que Rogelio no nos lee, recomiendo vivamente las Pildoras Zeninas. Retortijones asegurados, sí, pero efectivas que te cagas.

Posdata: Señores de BMN, el arriba firmante no soy yo. Esto lo ha escrito un robot y no representa para nada mi pensamiento. Dicho queda. Nos vemos en La Caleta.

Comments

    Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

  1. Me encanta tu forma déescribir . …cuándo empiezo a leerte. …
    espero que me sorprendas
    y siempre es así. …
    Muchas gracias