Miércoles, 22 Noviembre, 2017

            

El misterio de la mesa nueva



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Hay días en que a tu conciencia le dan razones para que no creas en el sistema en el que te ha tocado vivir. Verbigracia: departamento administrativo local. Nueve de la mañana. Tres personas en la cola para que nos atiendan.

De pronto llegan dos operarios con una mesa con papel de embalaje por encima. ¿Dónde la ponemos?, preguntan. Como ninguno de los funcionarios que atienden el departamento sabe de qué va todo aquello, alguien dice que la dejen en cualquier parte. Los operarios dejan la mesa y se van. Entonces se abre el debate entre los funcionarios. Son ocho y cinco se levantan y se ponen alrededor de la mesa que han traído. “Yo creo que es para ponerla en aquella parte”, dice una funcionaria señalando un rincón. “A ver si va a ser para Paquita que el otro día se quejó al director”, señala otra. No sabemos si es para Paquita porque no ha venido hoy. Al parecer está de baja. “Eso va a ser para alguien nuevo que quieren traer”, dice una tercera. Entre el funcionariado hay un hombre de mediana edad que también da su opinión. “Pues me la podían poner a mí porque a la mía no le funcionan los cajones”, dice.

Se abre un extenso debate sobre las cualidades de la mesa y su destino final en el que todos los funcionarios dan su parecer. A todo esto la cola se va alargando. Ya no somos dos, sino cinco los que esperamos ser atendidos. Todos nos miramos con cierta complicidad como diciendo: “Vaya panda de inútiles”. El debate funcionarial también se alarga cuando uno encuentra otra línea de controversia: ¿Quién ha enviado allí la mesa? Es un misterio. Los operarios se han ido y no pueden preguntar a nadie. Han pasado ya casi diez minutos y en ese tiempo nadie ha atendido al público, todos los funcionarios se han dedicado a elucubrar sobre la dichosa mesa. Al parecer nadie tiene ganas de trabajar. Una de las funcionarias, cincuentona y resabiada, coge el bolso se lo pone en bandolera y dice que se va a desayunar. Otra coge el teléfono y marca el número de alguien a quien le encarga que compre patatas y cebollas. Los demás funcionarios están alrededor de la mesa que han traído. Hay quien dice que a lo mejor es para un nuevo responsable puesto que hace poco hubo elecciones y ha cambiado el organigrama. Otro dice que quiá, que no es posible porque los cambios ya están todos hechos. Mientras tanto la cola sigue alargando y engordando. Ya no es una serpiente cualquiera, ya es una boa por lo menos.

El que va detrás de mí en la cola espeta con cierta resignación: “Y luego queremos que España prospere…”. Los funcionarios ahora están debatiendo sobre la modernidad de la mesa nueva y la conveniencia de que les cambien a todos la suya. En ese momento entran los operarios que llevaron la mesa, la cogen y dicen: “Perdonen, nos habíamos equivocado. Este pedido no era para aquí”. Y se la llevan. Los funcionarios se quedan todos con la misma cara de asombro que ese que va al sitio en el que ha dejado el coche y comprueba que se lo ha llevado la grúa. Entonces uno de la cola levanta la voz y dice: “¿Nos podrían atender ya de una puta vez, por favor?

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  1. Otro caso funcionarial, Andrés. 8 menos cuarto de la mañana (por no decir de la “madrugada”)El funcionario llega a su oficina y se encuentra la mesa llena de peticiones aburdas de los administrados que lo único que intentan es pillar tajada del Estado como sea. El funcionario, casi sin quitarse ni la rebeca, que ya hace frío a esas horas, se pone a mirar expediente por expediente, comprobando datos, la mayoría falsos para engañar a las arcas públicas. No baja ni a las 8, ni a las 9 ni a las 10… bueno, no baja en todo el día a desayunar porque no tiene tiempo. Para las 3 y cuarto (porque hay que trabajar más para levantar el país) ha conseguido mirar todos los expedientes y ha denegado alrededor del 80% de las ayudas pedidas. El funcionario acaba de salvar varios miles de euros que iban a ir a parar a vagos y vividores y se van a poder utilizar para dárselos a quien de verdad se lo merece. El administrado al que se le ha denegado, sale del bar o de su paseo por el parque… o de su trabajo bajo cuerda… y al funcionario lo llama inútil, vago, torpe, vividor… pero ahí seguirá, cobrando poco (aunque cobrando, eso sí) mal mirado, siguiendo sirviendo a la sociedad y siguiendo mal mirado haga lo que haga.
    Andrés, te admiro, de verdad, pero te has columpiado con tu escrito de hoy.