Viernes, 14 de Diciembre de 2018

            

El ‘Milenialismo’ va a llegar

Foto: Archivo
Alejandro Morales | @anyolin12


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Sucedió recientemente gracias a ese manantial inagotable de vergüencita ajena que suele ser el elenco de concursantes del programa televisivo ‘Ahora Caigo’. Dos veinteañeros de estética impecable, perfectamente adecuados a los cánones (tontunos, pero cánones al fin y al cabo) de la moda de este 2017. Cara a cara. Sin red. A ver quién acertaba primero la respuesta a una incógnita en función de una serie de pistas que, a cuál más evidente, les lanzaría el presentador. Preguntaban por un conflicto social y bélico del Siglo XX en España, pero el simple enunciado y las primeras indagaciones no fueron suficientes para dar la respuesta. Ayudas tan generosas como ‘la Pasionaria’, ‘Nacionales y Republicanos’ o ‘muchos tuvieron que ir al exilio’ no bastaron para evitar contestaciones tan bizarras como ‘la Democracia’, ‘el 2 de mayo’ o, simplemente, el silencio. Que en boca cerrada no entran moscas. Estuvo a punto de quedarse sin pistas Arturo Valls cuando uno de los sesudos contendientes al fin acertó a mascullar, sin demasiado convencimiento, ‘la Guerra Civil’. Ejemplos como este los hay de todos los colores, justamente en la televisión, claro, el medio, de largo, más mimetizado con esta sociedad caracterizada por el postureo, la estulticia y la ignorancia más sobrecogedoras.

Milenials, se les ha llamado a los que, como decía mi abuelo, “tienen que levantar España” y, añado yo, sostener pasado mañana el pago de mi futura pensión. Milenials. Bautizados así por esa desconocida y enigmática factoría de neologismos que, hoy que todo se globaliza, exporta e inventa ‘palabros’ por doquier, todo lo globales que queramos, pero con menos esperanza de vida que el Pokemon Go (¿sigue habiendo gente cazando chiriviquis con el móvil?). Ya lo dijo Fernando Arrabal, durante el mayor lobazo de su vida (bueno, seguramente no fue el mayor… pero moló). “El ‘milenialismo’ va a llegar”. Y ha llegado. Había más sabiduría y cordura en aquella antológica melopea que en un autobús londinense lleno de NiNis. Que, por cierto, los NiNis ya no existen, ahora son ‘NiNiNis’: Ni estudian, ni trabajan…ni vergüenza que les da.

Tampoco, oye, y sin ánimo de generalizar, les da mucha vergüenza a los ‘Milenials’ y a los ‘triple Ni’ la imparable deriva hacia lo absurdo que está adoptando la moda en los últimos años. Sí, amigos, hablemos de moda o que un rayo me parta. Todo comenzó con los ‘pantalones cagaos’, aquel intento de mutación genética que no acabó de funcionar. Sus inventores tenían la oscura intención de hacer descender la cintura humana hasta las corvas de las rodillas. Por delante, aquella bragueta se veía obligada a bajar hasta posiciones muy cercanas al suelo, zancadilleando con frecuencia al propio portador de los perniles, lo que dibujaba, especialmente si éste era observado por detrás, una imagen grotesca propia de cualquier viñeta de El Jueves. Todavía se ve algún nostálgico del pantalón cagao hoy en día, totalmente desactualizado, sin norte estético.

Tener 20 años en 2017 debe ser un coñazo de cuidado. Menos mal que yo a esa edad (1999) ya tenía incipiente capota alopécica, porque si me hubiera tocado mocear en la época actual, y a poco que quisiera gozar de una discreta cuota de aceptación en mi entorno, sospecho que me habría tocado aguantar burlas recurrentes por no poder practicarme el corte de pelo de moda, bautizado por la inspiradora de este artículo como el peinado ‘plato de postre’. Me libré del tazón, y me libro del platillo postre. Me cuentan que los peluqueros menos diestros colocan un plato de postre, cual bonete papal, en la cabeza del chaval, le rapan todo lo que se escapa del plato, a los lados, y lo que sí abarca la circunferencia lo dejan largo, como a 5 o 6 centímetros. El objetivo es conseguir materia prima útil para perpetrar un llamativo tupé con el que, supongo, tener más opciones en el cortejo con sus improbables parejas. Yo escucho tupé y me vienen a la cabeza Elvis, Travolta y Mané, el del Saque Bola (que en gloria esté). Los tupés de 2017, en cambio, abominan de la gomina, lo que sin duda los convierte en mucho más imprevisibles e inquietantes.

Últimamente, incluso ahora que ha nevado en las playas y que los grajos y los pingüinos van caminando a francachelas en nuestras ciudades, me he percatado de que hay muchos muchachos, perfectamente vestidos y calzados para lo que se tercie, pero que no llevan calcetines. Una excentricidad como otra cualquiera, pensé yo, ignorante, antes de hablar con mi inspiradora, que me devolvió a la realidad de la moda y de la vida. Sí llevan, chalao, lo que pasa es que visten lo que se conoce como ‘calcetines invisibles’, me dijo. Se trata de unos calcetines que, bueno, realmente podríamos llamarlos sólo ‘calce’, o quizá ‘tines’, pero que no merecen la palabra completa, porque les falta tela. Y vaya tela. Yo a eso lo llamo ‘calcetines comíos’. Quién no se ha ‘comido’ alguna vez unos calcetines cuando ha sido niño, que empezaban en el tobillo y, a fuerza de corretear y saltar, terminaban engullidos por la zapatilla, arrugados fatigosamente a media planta del pie. Al parecer, el objetivo de llevar de serie los calcetines ya engullidos es dejar al aire, aunque venga de Siberia, la articulación que es tendencia en la actualidad: el tobillo. Los ‘influencers’ (ya hablaremos otro día de ellos) al parecer apuestan claramente por un tobillo nítido y siempre en pantalla, aunque para ello haya que hacer dobladillos imposibles en pantalones también imposibles. Y es que, para completar un look masculino al uso, hoy día es importante salir a la calle con el pantalón ‘cojón prieto’, muy recomendable para la infertilidad y que se desarrolla a través de unos ‘perniles de baguette’ con los que, a poco que el niño sea vegano y delicaíllo, rozará la invisibilidad cuando se sitúe de canto.

Pero yo, demonios, no quería hablar de estética.

Mi padre se ponía un mono durante 14 horas cuando tenía 20 años. Siempre vistió aquello que le compró mi madre, y lo sigue haciendo. Le da igual la moda, pero siempre ha salido a la calle digno. Es mi principal ‘influencer’ y ni siquiera tiene canal en YouTube. Aunque no fue a la universidad, no es tonto. Cuando alguno de mis hermanos o yo mismo le preguntábamos, de críos, algo que él ignoraba, nos decía que “eso no venía en mi libro”. Cuando no existía internet, ni había youtubers, ni móviles, ni wikipedia, llenó la casa de libros. Se gastó mucha pasta en enciclopedias que jamás abrió, para que lo que él no sabía, sí saliera en nuestros libros.  Pese a entrar como recadero, terminó teniendo a muchos hombres a su cargo y fue una figura respetada y querida durante los muchos años que ejerció como compañero, y jefe, de otros. Aprendió a defenderse en francés a fuerza de atender a magrebíes averiados en ruta, que acudían al concesionario donde trabajó durante toda su vida, ese en el que estuvo a punto de dejarse la propia existencia, con tal de conseguir que a sus niños, y a su mujer, no les faltara de nada en el día a día. Muchas cosas no venían en su libro (¡acabáramos!), pero jamás se habría expuesto a un escarnio como el de esos dos chavales de la tele, que me apuesto unas cañas a que son universitarios, tienen tobillos impolutos y ni siquiera son conscientes del ridículo que hicieron.


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  1. Me encanta leerte Anyo, tus relatos toquen el tema que toque me hacen reir, aun que tu al escribirlo no lo pretendas. Tienes un humor sutil e inteligentemente divertido que me hace pasar un buen ratito.
    Gracias y no dejes de escribir como lo haces, solo espero que un dia estos y otros relatos se conviertan en libros, y asi poder pasar horas divertida al leerte.