Martes, 23 Mayo, 2017

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El gran ausente del debate del Estado de la Nación: la ciudadanía



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España, y sus ciudadanos se despiertan como cada año con ese rifirrafe de y tú mas de los dos partidos mayoritarios en lid en el debate del Estado de la nación. ¿Pero verdaderamente importa el estado del bienestar y los ciudadanos? No recuerdo cuatros años tan movidos en que la ciudadanía tenga que sufrir tanto recorte, tantas idas y venidas, alzas del Iva, de la luz, teléfono, gas, suministros, impuestos, despidos, etc… Tanta movida para que los ciudadanos pierdan calidad, calidad de vida.

Lo que hay que defender juntos es la marca España, y que los españoles vivamos un poco mejor cada día. Para ello habría que hacer una escuela de solidaridad, y una estrategia política transversal, es decir buscar qué problemas y qué les preocupa a los ciudadanos, y que dejen a un lado sus personalismos los políticos, y que sus problemas se los queden en el bolsillo. La cercanía de cierta agresividad en el debate, agrio, áspero y duro, nos manifiesta que estamos ante personas que no son dignas de defender nuestros intereses, pues nos crispan, con sus dudas, con sus incertidumbres y con su pensamiento sectario. Ser sectario no es pertenecer a una secta, no, que no te confundan amigo mío, es tener un pensamiento que divide y dividido, y entonces decimos: yo prefiero y pongo por delante a mi sindicato, a mi partido, a mi familia, a mi perro… Eso no estaría mal, si sólo fuese una parte, pero cuando esa manera de pensar deriva en la paranoia de lo ególatra, y la falta de humildad, de no pensar sinceramente en el otro con ecuanimidad y empatía, y de sobre todo no reconocer que a veces nos hemos equivocado, no puede haber cambio.

Para que halla cambio, hace falta reconocer los fallos, diálogo y voluntad para el cambio, y no hay diálogo cuando en vez de hablar y escuchar, se increpa, y cuando se olvida el interés de la ciudadanía. Por eso para concluir tristemente los partidos hacen una función mediocre en cuanto a la defensa de los intereses y como tal resultado, lo podemos ver en el desencanto social, y en tan altas tasas de absentismo electoral. Un hombre no sólo es un voto, o un número de un balance que cuadra el presupuesto, también debe de ser una preocupación, dentro de la tan en parte cuestionada y vituperada ocupación política.

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