Lunes, 20 Noviembre, 2017

            

¿El género negro ha cambiado?

Imagen ilustrativa
Carmen Salinas @Carmenn_Ssalinas


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“Y entonces dijo el pájaro: Nunca más”.

El pasado viernes tuve la oportunidad de visitar la preciosa ciudad de Cartagena, Murcia, por una firma de libros. Aprovechando que el 37º Cartagena Jazz Festival brindaba la increíble oportunidad de presenciar en directo al inmortal Chick Corea, decidí quedarme en la ciudad durante todo el fin de semana (no hay nada mejor en esta vida que una buena excusa).

Cual es mi sorpresa cuando, después de una de esas comidas en las que se quiere probar todo, decido sobreponerme al sesteo y descubro que no he llevado conmigo ningún libro. Con qué ansiedad me observaba el televisor desde una cómoda al estilo Cortázar. Afortunadamente, descubrí una pequeña rinconera a la entrada del bar del hotel donde ofrecían un escueto pero selecto catálogo de títulos para hacer compañía a los huéspedes.

De inmediato llamó mi atención el hecho de que todos, sin excepción, se encuadraban dentro del género negro: Irène, de Pierre Lemaitre; el mítico Diez negritos, de Agatha Christie; El largo adiós, de Thornton Chandler o una antología de Poe por la que finalmente me decanté ya que juraba El Cuervo entre su selección.

Esta que les escribe se confiesa una devota del noir pero, sin querer recrearse en la melancolía, el noir de los siglos XIX y XX. Y es que este género ha cambiado tanto que, para algunos entre los que me incluyo, se ha desvirtuado ligeramente. Es cierto que son muchos los que prefieren opinar que ha evolucionado, dictamen respetable donde los haya, sin embargo, cada vez que poso mis ojos sobre El Cuervo, siento una nostalgia triste que me hace echar de menos este tipo de textos en la actualidad.

The Raven cumple, holgadamente, con la primera parte del trato entre el escritor y el lector de terror: dame miedo. Mucho. Todo el que seas capaz. Aquí encontramos, a mi juicio, el mayor punto de cambio o evolución, según quien lo analice: en los textos actuales del género también se cumple, sin embargo, se abandona la sutileza. Casi me atrevería a decir que la elegancia, la finura. Si descubrimos el fantasma de un decapitado al levantarnos a beber agua, un cadáver frente al río adornado con golosinas o un cuchillo lleno de sangre humana sobre la mesilla de noche, por supuesto que pasaremos miedo; sin embargo, ¿cuántos de nosotros nos hemos visto en esa situación? ¿Cuántos de nosotros conocemos a alguien que se haya encontrado en dicha tesitura? Afortunadamente, muy pocos. Lo que pretendo decir es que una escena sobrenatural, fúnebre u homicida siempre generará terror en nosotros. Igual que el agua nos calmará la sed, el jabón nos limpiará y el oxígeno nos permitirá sobrevivir. Sin embargo, ¿es esta la labor de un escritor? Entiendo que la cuestión es altamente discutible pero, mi opinión, merece un rotundo no. Poe nos genera un golpe en el pecho, en tan solo cinco versos, sin hacer referencia a nada que no hayamos vivido todos y cada uno de nosotros: una media noche como escenario; debilidad, cansancio y pensamientos horribles que pretendemos evitar como guión y un impacto en la puerta que, de repente, nos saca de todo ello centrando la atención en él. ¿Cómo consigue este maravilloso poeta sobresaltarnos sin hacer mención a espíritus malignos o asesinos? Precisamente, evitando mencionarlos y dejándonos a nosotros, sus lectores, imaginarlos. Este es el quid de la cuestión que se está olvidando en la actualidad: no ha de contarse todo, el escritor pone una parte con su texto pero, el lector, pone la otra con su imaginación. Si quitamos este derecho al lector conseguiremos miedo, por supuesto, pero también que guarde el libro en una estantería y no vuelva a pensar en él en su vida.

Permítanme citar algunos versos que revelan la genialidad del autor e ilustran a la perfección aquello a lo que me refiero:

 

“angustia del deseo del nuevo día;”

 

“Y entonces abrí de par en par la puerta:

oscuridad, y nada más”.

 

“Más el silencio insondable la quietud callaba,

y la única palabra ahí proferida

era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”

 

“De un golpe abrí la puerta

y con suave batir de alas, entró

un majestuoso cuervo

de los santos días idos.”

 

Todos hemos pasado una noche de insomnio en la que, debido a la falta de luz, pensamientos siniestros nos han asaltado. Poe podría haberlo referido de mil formas, pero utiliza la exacta: ansiedad porque amanezca. Ese, en apariencia, simple verso consigue aterrar debido a que la sensación es conocida absolutamente por todo el mundo. Necesidad de luz, necesidad de poder ver lo que se esconde bajo la cama o detrás de la puerta: puro instinto de supervivencia.

 

Al abrir después de oír un golpe y no encontrar nada, Poe podría haber utilizado otras mil formas de expresar el miedo, sin embargo, vuelve a utilizar la precisa: “oscuridad, y nada más”, es decir: el personaje no ve y ello, una vez más, vuelve a generar la angustia de sobra conocida por todos: ¿hay algún peligro acechando que, debido a la ausencia de luz, no consigo ver? Incluso, si me apuran, utiliza de manera soberbia la coma al detener la lectura después de pronunciar mentalmente la palabra oscuridad: y nada más. El protagonista de Poe parece querer gritar ¡no veo! ¿Qué es lo que me acecha? ¡No lo veo!

 

Continúa generando la atmósfera de terror al insistir ahora en que no se oye nada, con la mayor delicadeza que puede engendrar una pluma al referirse al silencio de la quietud, el cual callaba. ¿Tendrían ustedes más miedo en una casa solitaria sobre la cima del Veleta o en un piso de la calle Recogidas? Apuesto por el primer escenario. Ello se debe, entre otros motivos evidentes, a la ausencia de ruido, pues este nos indica que hay alguien ahí fuera que, en caso de peligro, podría ayudarnos. Si no se oye nada no hay nadie (o quizás sí, un asesino sigiloso, por ejemplo). La quietud hace referencia a este desértico silencio, sin embargo, el genio americano, no satisfecho, insiste en que este misterio, además, callaba. ¿Dónde nos sitúa Poe? En el paraje más silencioso que pueda existir, en el cual, no hay nadie a millones y millones de kilómetros para ayudarnos. Estamos, literalmente, solos ante el peligro. Y, en pleno frenesí de terror, en el momento en el que más pánico sufre el protagonista… Leonora. Su amor, al que ha perdido. Díganme ustedes si estas demostraciones de amor las han encontrado en textos recientes… Eso es amar y no escribir lo bella que era, los momentos maravillosos que pasaron juntos o el desenfreno sexual en el que se sumergían: amar es hacer acto de presencia cuando se atisba la muerte.

 

Poe no trata de obligarnos a ver los siniestros, tétricos y peligrosos atributos del cuervo. No cae en ese error que se comete tanto en la actualidad. ¿Por qué me refiero a él como error? Todos sabemos cómo es un cuervo y todos lo asociamos con la muerte. No es necesario mencionarla, ya se encargaron las mitologías griega y nórdica de que pensaramos en ella al contemplar tal ave; ya la leyenda del Rey Arturo se ocupó de hacernos creer que, después de morir, llegan los cuervos. Y, principalmente, nuestro cerebro ha asimilado que este pajarraco se alimenta de carne podrida. Insisto en lo dicho: si me quitan mi derecho como lectora a imaginar la muerte obligándome a leer sobre ella, ¿qué consigue el autor? La respuesta es sencilla: paso un mal rato, pero no miedo. El miedo, al igual que el placer, la pena, la culpa y todas las emociones humanas, pertenecen a la mente. Si mi mente no puede relacionarse con el texto que leo, ese texto pasará por mi, pero no conseguirá que yo pase por él.

 

Termino esta columna con la mayor sentencia de terror que, hasta el momento, a tantos nos ha acosado:

 

Y el cuervo nunca emprendió el vuelo.

Aún sigue posado, aún sigue posado

en el pálido busto de Palas

en el dintel de la puerta de mi cuarto.

Y sus ojos tienen la apariencia

de los de un demonio que está soñando.

Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama

tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,

del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,

no podrá liberarse. ¡Nunca más!

Comments

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  1. Muy buena la comparación entre el piso de Recogidas y una casa en el Veleta!!! El genero de terror esta de moda, lo prefiero al genero romántico…

  2. Menos mal que lo dice alguien de una vez. Coincido plenamente: se ha perdido la elegancia. Los nuevos escritores la han sustituido por vulgaridad macabra y pornográfica.
    Enhorabuena a Carmen Salinas, entiendo que hay que tener un par de ovarios para soltar esto con lo políticamente correctos que son los escritores de hoy en día.