Viernes, 26 Mayo, 2017

El euro, víctima o verdugo de Europa

En un momento clave para el futuro de la Unión Europea en lo económico y político, el analista Gonzalo Cantos repasa la situación actual de Grecia y su relación con la moneda común.



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Los ojos de medio mundo siguen estando en la recuperación o no de la economía europea. Se han producido varios rescates, unos con mayor resultado otros que siguen generando muchos debates. Italia, España, Portugal, Grecia son algunos de los estados que más horas de prensa y medios llevan consumidos.

Llevamos varios años de crisis económica, financiera, de liquidez, de credibilidad y algo más… y las medidas parecen insuficientes. A pesar de que Estados Unidos empezó a alejarse del fantasma recesivo, no acaba de despegar plenamente con la ralentización de su crecimiento a finales del año pasado. No obstante y a pesar de sus crisis políticas, exteriores, etc… sigue siendo hoy un ejemplo a seguir en aspectos de recuperación económica, pero ¿por qué? Su propia terminología nos responde, son Estados, UNIDOS, unidos desde los principales pilares que sostienen una economía, la moneda, la política y la sociedad. Al dólar, moneda algo más vieja que el euro, se le une una cabeza política que con mayor o menor acierto a lo largo de su pequeña historia, ha tomado decisiones que afectaban a la unidad americana a pesar de las diferencias geográficas y socioeconómicas de sus estados.

A ello se le une el “sentimiento americano” unas veces liberal otras conservador, pero que al fin y al cabo solo mira hacia un objetivo, Estados Unidos como país frente a terceros. Y tanto es así que cualquier europeo, asiático, africano, australiano y americano diría que Estados Unidos es un país, un solo país con una unidad política, económica y social, a pesar de estar formada por bastantes más estados “independientes” que Europa.

En cambio las miradas siempre se focalizan en el viejo continente y es que Europa no es ni un Estado, ni está Unido. Si la observamos sin profundizar para no alarmarnos y comparamos sencillamente, podríamos decir que es un híbrido muy extraño, o mejor aún muy complejo. Pero ¿quién compone Europa?, ¿los países del continente geográfico?, ¿los países del euro? Ese es el primer desencuentro que podemos tener para definir lo que se empeñan muchos en convertir en un Estado. Pero hablemos de la sociedad europea, una sociedad que se identifica con su país de origen y que difícilmente considera Europa como su estado supremo, principalmente por su propia cultura, sus orígenes y porque no podemos olvidar que la historia de lo acontecido en Europa durante los últimos 100 años es más que suficiente para entender que somos un continente compuesto por viejos estados independientes con sociedades y velocidades distintas. Busquemos por tanto otro punto de encuentro entre los pilares que pueden solidificar una economía, la política. Elegantemente distanciada entre países no acaba de converger hacia una unidad real, si informal si pensamos en Francia y Alemania, pero en estas dimensiones lo informal es insuficiente.

El primer ejemplo lo encontramos en la dificultad, el tiempo y el esfuerzo que ha supuesto y está suponiendo encauzar las medidas y la recuperación de un estado de tamaño medio, Grecia. ¿Cuantos años necesitaría EEUU en resolver la debacle económica de uno de sus estados? No más de uno. ¿Cuántos años llevamos con Grecia? ¿Creemos realmente que alguna vez los gobiernos estatales de cada país europeo estarán dispuestos a ceder soberanía a favor de un solo resorte en el viejo continente, al estilo americano? Ciertamente es difícil pensar que esto o algo parecido pudiera suceder en el corto o medio plazo. ¿Que nos queda en común?

Evidentemente lo que nos aferramos a proteger cuando el resto está lejos de ser un nexo, el Euro. Se defiende en gran parte de los economistas y especialmente en países como Alemania la protección de la moneda única, pero, ¿por el bien europeo o por los costes que para algunos países supondría la salida de otros y la consecuente devaluación de sus monedas? Es lo que tiene la globalización sin que por ello no sea necesaria.

Quizá se esté mirando más el interés personal que el interés grupal de una Europa como unidad económica social y política. Hoy no tenemos esto, aunque deberíamos aspirar a ello sin forzar innecesariamente, y sin obligar a quien no puede seguir el ritmo, a continuar agotando su capacidad de actuar y agotando a su sociedad, porque obligando a un estado a determinados ajustes más impropios que eficaces, no nos sentiremos jamás identificados con el euro y con Europa y todo ello, permitirá la aparición de oportunistas políticos y sociales que prometen falsas esperanzas a modo de curanderos del siglo pasado.

No son buenas las Europas a dos velocidades, pero ya existe un euro a dos velocidades. Nadie dijo que salir de la situación actual fuera fácil o no fuera costosa, evidentemente todo tiene un coste, pero no deberíamos descartar tan a la ligera la salida del euro para algunos países, por cuanto podría, por una parte enseñar al mundo un Euro fuerte dentro y fuera de sus fronteras, y por otra, permitir a los países que pudieran dejar la moneda otras alternativas menos exigentes a las fuertes disciplinas que siguen siendo ineficaces y que desgastan, finalmente, a la menos culpable de las decisiones macroeconómicas del pasado, la sociedad. No se trata de regalar al que no ha cumplido, sino de ayudar al que intenta cumplir, mediante nuevas alternativas que ejerzan una presión indirecta y que elimine las distintas velocidades de una moneda, que entristecería a todos si acabara convirtiéndose en una de las más cortas de la historia.

Abandonar el euro abriría nuevas posibilidades sin contaminar la moneda europea, y permitiendo al país reiniciar un camino arduo pero aprovechable, con la opción de unirse al grupo cuando realmente estuviera preparado. Esto no sería una Europa a dos velocidades, sería un euro fuerte y una futura Europa Unida, no olvidando que al proyecto común se debería acompañar cierta unidad política más allá de la exclusiva unidad monetaria. La historia nos demuestra que la devaluación no es mala, a veces todo lo contrario, se convierte en la única salida útil y práctica. Es cierto que ésta no sería una devaluación al uso pero tampoco estamos ante una crisis al uso, por tanto ante situaciones nuevas afrontemos soluciones novedosas. Aunque a nadie se le escapa que existen opiniones contrarias respecto a la devaluación, no es menos cierto que en el contexto en el que hoy estamos, una devaluación mejoraría de forma inmediata la competitividad internacional de dicho país, su balanza comercial y por tanto su capacidad para generar empleo, lo que generaría crecimiento, algo que llevamos años sin saber qué es, lo que acompañado de un paquete de medidas de convergencia austero pero menos agresivo al que serían necesarias de seguir en el Euro, podrían llevar a dicho estado, en el largo plazo, a la posibilidad de volver a optar por la entrada gloriosa en la Europa que hoy va a dos velocidades.

Comments

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  1. Realmente no hay valientes para tomar estas decisiones o más bien están sometidos por los países a los q no les conviene trabajar para el equipo