Sábado, 17 de Noviembre de 2018

            

El disputado voto de las derechas

Pablo Casado | Foto: Archivo GD
RAMÓN RAMOS


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A vueltas con la cita electoral, dentro de las muchas caras que esta campaña ofrece no es la menos importante el interesante duelo que sostendrán por la derecha del electorado el tradicional PP y el más joven Ciudadanos. Una competencia que sorprendentemente se disputa el mismo electorado. Y que termina por inducirnos a pensar que en España el electorado de derechas es más de derechas que los propios partidos de derechas.

Soy de los que en su momento saludó la irrupción de esta formación naranja en tanto que se presentaba como heredera de un espacio, el centro político, que tuvo una importancia capital en los primeros años de la transición pero que se disolvió envuelta en sus propias luchas intestinas, las contradicciones entre las corrientes que conformaban su expresión en el partido que fue la UCD y los inmisericordes ataques que recibió su líder, Adolfo Suárez, por su izquierda y derecha.

Desde aquella hora de la desaparición de UCD, que abandonaron incluso ministros para abrazar tanto el PSOE como la entonces Alianza Popular, hoy PP, todo el espectro de la derecha, del voto conservador por decirlo con más carga sociológica que política, se depositó en los populares, que ocuparon así un espacio que en toda Europa se reparten no solo la derecha moderada y la extrema derecha sino también liberales y democristianos.
Un premio para el PP, con sus ventajas y desventajas para el contexto global de la política en España. Porque los populares, embarcados en aquel ‘viaje al centro’ al que tanto trabajo les costaba llegar, no podían desdeñar esa considerable bolsa de votos más ‘derechosos’ que a la larga le podían suponer la victoria o no en cada cita electoral. Un escenario que les obligaba a salir a la calle en posturas impostadas -aunque alguno o muchos las sintiesen de corazón- en batallas tan perdidas como la que empredieron, por poner un ejemplo, contra el matrimonio homosexual, una cuestión plenamente aceptada en la sociedad española salvo para esa facción reaccionaria, instalada en el integrismo religioso, que sin embargo suma unos votos cuyo desprecio el PP no se podía permitir.

La aparición de Ciudadanos, así, semejaba la de un partido joven, centrado, sin las ataduras eclesiales que arrastra la derecha tradicional en España. A la busca, en todo caso, de aquel voto moderado, de centro-derecha pero también raspando en el voto no militante de la izquierda. Con los pocos años transcurridos hemos asistido a lo contrario. Recuerdo haber asistido a una conferencia de un colaborador de Adolfo Suárez tanto en su época de UCD como en la frustrante del CDS. Aquel hombre, refiriéndose a esta última etapa, aseguró que Suárez se equivocó cuando situó al efímero CDS en el centro-izquierda. No era descabellada esta definición ideológica en los años 80, cuando las mayorías absolutas del PSOE. El olfato político del piloto de la transición le indicaba que a la fuerza, en algún momento los socialistas empezarían a perder votos por su derecha y que allí estaría él con su CDS para recogerlos porque, como indicaban los estudios sociológicos, el cambio del PSOE a AP era un salto muy arriesgado para una inmensa mayoría de votantes mientras al frente de los populares estuviese Manuel Fraga.
Hasta Aznar lo entendió así cuando refundó Alianza Popular en el PP que seis años devolvió el Gobierno a la derecha. Para entonces Suárez era ya un jubilado político. Sin apoyos financieros, cuando banca y gran empresa apostaron por el Partido Popular, su CDS no pudo aguantar hasta el momento en que sus previsiones sobre la progresiva y paulatina pérdida de voto socialista acabase en el zurrón de la segunda opción centrista fundada por Suárez.

Ahora, cuando PP y C’s se disputan el mismo electorado, los dos partidos disponen de encuestas que les habrán dicho que los votos a ‘pescar’ están en el campo de la derecha-derecha más que en el moderado del centro-derecha y que en lo que respecta a Andalucía sitúan a los ‘naranjas’ con un gran salto que se cifra en más del doble de sus nueve diputados actuales. Ese crecimiento se hace a costa del PP, lo que induce a pensar que en consecuencia los populares presentan un fuerte descenso. La suma de ambos, de ser ciertos los sondeos, presenta la incógnita de saber si será suficiente para desbancar a un PSOE donde observan -siempre según testimonios de la derecha- una cierta huida del voto joven. Si suman -dije y repito- se pondrán de acuerdo. Sus votantes así lo reclamarán.

Estamos, pues, en una ‘primera vuelta’, ensayo para las generales. Inés Arrimadas y Pedro Casado se van a instalar en Andalucía durante este mes y medio que falta para el 2 de diciembre. Como en mayo de 1982, cuando las primeras autonómicas fueron banderín de enganche para la cita de octubre de aquel mismo año que llevó a Moncloa a Felipe González. Una carcajada general, por tanto, para aquellos que se han pasado más de 30 años reclamando unas elecciones andaluzas separadas de generales o municipales, para que se estableciera así -decían- un debate netamente andaluz. Miren los telediarios: Arrimadas y Casado saldrán veinte veces más que Marín o Moreno Bonilla.

 


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