Viernes, 20 Octubre, 2017

            

El diálogo con el pasado como responsabilidad política

Agustín Palomar | @agupalomar


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Con el título “María Zambrano: tragedia civil y metamorfosis de la razón”, el profesor Pedro Cerezo inauguró con una magistral conferencia el curso “El pensamiento del exilio español de 1939 y la construcción de una racionalidad política”, celebrado en la Universidad de Granada a principios de septiembre. En la obertura a la conferencia, el profesor, haciéndose eco de su propia experiencia, confesó que el interés que despertó en él el estudio de la tradición hispánica fue la menesterosidad de pensamiento que la España naciente de la transición demandaba. Él, como otros, entendió que la responsabilidad política radicaba en aquel entonces no sólo en dar respuestas inmediatas a las necesidades de la incipiente democracia, ni sólo en llegar a acuerdos tácticos y técnicos para que fuera posible su andadura, sino en volver a la tradición de pensamiento, a su estudio, para salir al frente de aquella necesidad de los tiempos. La comprensión de nuestras vidas presentes se arraiga, como bien sabemos, en el fondo de nuestra historia. De los que cargaron con esta responsabilidad hemos aprendido que, cuando en medio de una crisis la desorientación es grande porque una etapa se cierra y en la venidera aún no despunta el lucero del alba, es necesario mirar al mañana desde el diálogo con los textos fundamentales de la tradición.

“No sabíamos –me comentó luego el Profesor– a dónde acudir, a dónde mirar”. Fue esta necesidad la que le llevó a poner sus ojos en la tradición del pensamiento hispánico. A esta tradición, después de la tragedia civil, perteneció insoslayablemente –este era el objeto del curso– también esa pléyade de pensadores que desde el exilio miraron la reciente historia de España desde la lejanía pero también desde la cercanía de la experiencia. Los que en aquel momento de la transición volvieron sobre ellos y sobre la larga lista de pensadores de nuestra tradición fueron también artífices principales y no menores de la instauración de la democracia. Su trabajo creció en la convicción de estar sentando las bases no sólo del modelo institucional del Estado sino también de la convivencia entre unos y otros. Y es que no se podía abrir un camino por el que ir juntos si antes no se mediaban en el diálogo y en la palabra el enfrentamiento que nació de la oposición ideológica. En este sentido, la democracia, como lugar para el diálogo pero también como el espacio político que se constituye desde la palabra, es la única forma política en la que las diferencias quedan re-unidas en un lugar común. En otras palabras, las posiciones ideológicas que representan siempre la irreductible pluralidad de las ideas tienen que ser templadas, reconducidas y mediadas, en democracia, por el diálogo, un diálogo, hay que apostillar, que se hace cargo de las diferencias pero que sabe reconducirlas en lo fundamental para todos hacia el entendimiento y el consenso. Este ejercicio de la palabra madura que hace madurar la democracia se aprende con la mirada que vuelve desde su deseo de horizonte al trabajo de mediarse con la tradición.

Nuestro tiempo, evidentemente, no es ya el de la transición, ni nuestra situación histórica es como aquella otra, pero, sin embargo, la crisis económica de estos años, sus consecuencias sociales, y la falta de una ética pública en los partidos políticos –circunstancias estas que han tenido como colofón el año que hemos vivido sin gobierno –hacen que tengamos que mirar a aquel momento como el más parecido al nuestro. Hoy, como entonces, es necesario poner las miras en la tradición con la intención de mediarse en el trabajo intelectual con ella. No obstante, creo que hay una nota que no estaba presente entonces y que sí lo está ahora y que hace urgente esta tarea: la falta de conciencia de la necesidad de esta mediación, al haber quedado transformada la política, básicamente, en información y/o espectáculo. Para hacer política hoy parece que basta con ocupar un lugar en las parrillas televisivas y en los medios escritos y sobre todo manejar adecuadamente las redes sociales. Es más, a veces se tiene la honda impresión de que el ejercicio de discusión pública tiene como objetivo el proporcionar una imagen que luego será explotada en las redes sociales. Así las cosas, el espacio político de la democracia parece haber quedado convertido en el lugar de la pura inmediatez, donde todos concurren a todo, donde todos están presentes en todo, donde todos tienen que hablar de todo, porque lo relevante no es aquello por lo que se concurre, ni aquello por lo uno se hace presente, ni aquello que da contenido a lo que se dice, sino el ocupar un lugar en el espacio de los medios o impedir que otros lo hagan.

La tarea política, en cualesquiera de sus niveles, requiere, para evitar el peligro de esa inmediatez, de la práctica del ejercicio sereno y riguroso del diálogo con la tradición. Si este se deteriora, también lo hará en un plazo más o menos largo el diálogo entre unas fuerzas políticas y otras, pero especialmente, el modo como unos y otros nos entendemos en el espacio público. Hay una relación, no siempre advertida, entre el grado de tolerancia, respeto y capacidad para afrontar conjuntamente los retos comunes y la capacidad para hacerse apropiadamente con el pasado. Sólo en la mediación con nuestra tradición puede superarse la penuria de la inmediatez que carga el espacio político con consignas, mensajes e imágenes que no tienen otro alcance que la sola disputa del pre-dominio del espacio político como lugar de lucha por el poder. El asiento de la democracia necesita de la continua mediación, cabe decir, de la continua reflexión, porque sin este trabajo lo político, queda reducido a una ejercicio que tiene como tarea, principio y finalidad la instrumentalización del poder. No bastan las élites de los partidos, ni bastan per se el funcionamiento de las instituciones, sino que es necesario crear un sustrato que vaya alimentando desde abajo el crecimiento de la democracia si que esta, además de ser comprendida como un procedimiento para ejercer legítimamente el poder, quiere serlo como un modo de convivencia.

Cuando tuvo que ponerse en marcha la transición hubo quienes vieron que la naciente democracia no podía prosperar si a medio y largo plazo no se llevaba a cabo un diálogo crítico con la tradición. Se trataba de una urgencia cuyos efectos se harían visibles a largo plazo. Lo importante de esta recuperación no estaba sólo en espigar los elementos que podían ser necesarios y útiles para la nueva andadura, ni tampoco estaba en hacer presente un conocimiento histórico para que los “errores” del pasado no se volvieran a cometer, sino lo importante estaba en la necesidad de mediarse en el diálogo con aquellos que habían vivido y pensado la crisis de su tiempo, porque para dejar el pasado atrás y superarlo, si es que cabe hablar de este modo, era necesario tanto enfrentarse con él como reconciliarse en él. Sólo desde aquí podían derivarse acuerdos y consensos de fondo para la sociedad. Este es el tipo de diálogo que hoy reclama nuestro momento histórico y en él cifro, en definitiva, la posibilidad de superar esta crisis que, como se ha apuntado sobradamente, no es sólo económica ni política sino que hunde sus raíces en un déficit de comprensión de nosotros mismos en relación a nuestro pasado y a nuestro futuro.

En su reciente libro titulado El Quijote y la aventura de la libertad el profesor Pedro Cerezo, que es ejemplo de cómo llevar a cabo este ejercicio de diálogo con la tradición, ha escrito lo siguiente: “Tengo la convicción de que, si España hubiera aprendido la lección liberadora del Quijote, habría tenido una Modernidad más acorde con las exigencias históricas de un nuevo tiempo de pensamiento crítico e investigación objetiva”. Es uno de los aspectos que el Profesor ha señalado a propósito de su lectura de la obra cervantina y que manifiesta claramente que la vuelta a los clásicos no puede sino hacerse desde la honda preocupación por nuestra historia, que es tanto como decir por el futuro de nuestro tiempo.

Valgan, por ello, estas exiguas palabras como reconocimiento al trabajo de quienes no han dejado de creer que el diálogo con los clásicos de la tradición es la mejor herencia para sobrevivir a la crisis de nuestro tiempo, y valgan también como una obertura a los artículos que yo mismo, teniendo esto presente, intentaré escribir en esta nueva temporada desde el lugar desde el que miro los avatares políticos de nuestro tiempo. A este diálogo, que aquí será menor, quedan unos y otros invitados.

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  1. COMENTARIO AL ARTÍCULO DE AGUSTÍN PALOMAR

    Hay artículos que nos afectan favorable o desfavorablemente, pero que nos despiertan el núcleo de nuestra conciencia. Articulistas hubo, grandes escritores, a los que se les llamó agitadores de conciencias – agitación que consiste en despertar lo que estaba dormido, como el sueño goyesco de la razón, y no tanto en soliviantar resortes oscuros de las personas o de los pueblos-. Unamuno y Ortega fueron eso, aparte de lo que es de sobra conocido. Fueron agitadores de conciencias desde los folletones de la prensa: El Sol, El Liberal, etc… De esa estirpe es el artículo de Agustín Palomar: El diálogo con el pasado como responsabilidad política.

    Quizás sea la palabra clave ante la crisis: pues del diagnóstico de la misma estamos hablando. Res-ponsabilidad viene de respondere, responder, dar la cara, que traído al lenguaje que nos interesa viene a decir “querer ser ciudadanos”, que no es serlo sin más: pensar seriamente que nuestro tiempo no solo nos pertenece, sino que le pertenecemos.

    Hay generaciones que despiertan en nosotros una profunda simpatía por su tesón al forjar un destino histórico; pienso en Ortega, Unamuno, Azaña, tan disímiles en su forma mentis, pero tan concordes en la creación del espacio común en que había de fermentar la convivencia: la República, la Democracia. Y podemos pensar en la generación del exilio, ella también empeñada en la forja de la República y víctima de las tribulaciones que la hicieron naufragar –aquí la palabra es de los historiadores, oficio que solo se puede mencionar con infinita veneración, pues “nuestras vidas arraigan en el fondo de nuestra historia”-. Pero no lo olvidemos, son generaciones que abren horizontes porque han bebido en los hontanares de su tradición de pensamiento.

    He aquí el acierto de Agustín Palomar que hace pie en la conferencia del profesor Cerezo: María Zambrano: tragedia civil y metamorfosis de la razón, al comentar las sabias palabras del conferenciante: “estábamos perdidos, no sabíamos a dónde acudir, a dónde mirar”, en referencia a la transición española a la democracia. La respuesta no se hizo esperar: volvamos a nuestra tradición de pensamiento para buscar en ella la orientación que nos abra un horizonte despejado. A diferencia de aquel tiempo, el nuestro adolece de una indigencia: falta el deseo de abrir horizontes en franco diálogo con nuestra tradición. Y al hablar de tradición –será bueno precisarlo- hablamos de lo contrario de cualquier perfil tradicionalista. La tradición tiene siempre aroma de futuro, justo lo que falta en el ánimo tradicionalista, que exalta caricaturescamente el pasado, en clave de derecha o de izquierda, eso va en gustos.

    En esa corriente de anhelo de futuro, que toma fuerzas en la tradición de la que hablaba el profesor Cerezo, nada Agustín Palomar. De eso habla, de la necesidad de abrir un diálogo crítico con la tradición, donde pudo cifrarse el gran acierto de la transición, más que en la fortuna de acuerdos tácitos o pactos puntuales, porque ahí radica la fuerza oculta y viva que alimentaba las ansias de democracia y libertad. El ánimo empeñado de los españoles por abrir espacio de concordia y ámbitos de entendimiento saltando por encima de las dos Españas, y el secreto de ese anhelo no estaba sino en la tradición de pensamiento hispano, indiferenciado del pensamiento del exilio.

    ¿Mas en qué se traduce de manera visible esa indigencia de nuestro tiempo? Dicho de otro modo, ¿esa falta diálogo profundo y crítico con la tradición, qué la delata? Sencillamente, frente a un tiempo reflexivo, un tiempo agitado: aquí agitación se emplea en su acepción peyorativa, reducción de todo a espectáculo, escenificación y gesticulación, lo que evidencia la falta de pensamiento. Incapacidad de nuestro tiempo para mediarse en el diálogo, flaco éxito es aquel que se abona con los errores ajenos, esquema de cualquier debate público.

    Parece justamente esa la dolencia de nuestra crisis que “no es solo económica ni política –afirma Agustín-, sino que hunde sus raíces en un déficit de comprensión de nosotros mismos en relación a nuestro pasado y a nuestro futuro”. Se trata pues de una crisis que ahonda en profundidades de nuestra cultura y toca cimientos de nuestra convivencia y obstruye lo que la hace viva y fluida. Agustín sintetiza en un breve texto categoría que evidencian esa falta de diálogo con la tradición. “Hay una relación no siempre advertida, entre el grado de tolerancia, respeto y capacidad para afrontar conjuntamente los retos comunes y la capacidad para hacerse apropiadamente con el pasado”. Justamente esa capacidad de apropiación reflexiva del pasado pone de manifiesto un descenso en el tono vital de la tolerancia. Eso es gravísimo. Recuerdo a este respecto las palabras de Cernuda, amargas palabras, atribuyéndose la mejor herencia española:

    Hoy, cuando a tu tierra ya no necesitas,
    aún en estos libros te es querida y necesaria,
    más real y entresoñada que la otra:
    no ésa, mas aquélla es hoy tu tierra,
    la que Galdós a conocer te diese,
    como él tolerante de lealtad contraria,
    según la tradición generosa de Cervantes,
    heroica viviendo, heroica luchando
    por el futuro que era el suyo,
    no el siniestro pasado donde a la otra han vuelto.
    (Díptico Español en Desolación de la Quimera)

    Pues esa tolerancia de lealtad contraria, esa capacidad para “comprender y respetar una actitud humana o un punto de vista contrario a los suyos” –sigue Cernuda hablando de Galdós y Cervantes-, es hoy inexistente. Y lo es porque nos falta esa tradición donde aprenderla. La misma falta que ha hecho débil nuestra modernidad. Y concluyo con la misma cita de Pedro Cerezo con la que finaliza Agustín su artículo: “Tengo la convicción de que, si España hubiera aprendido la lección liberadora del Quijote, habría tenido una Modernidad más acorde con las exigencias históricas de un nuevo tiempo de pensamiento crítico e investigación objetiva”.