Lunes, 22 de Octubre de 2018

            

El día que nos violaron a todas

Imagen ilustrativa | Fuente: Peexels.com
Men Marías @MenMarias


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Hoy voy a referirme al último bestseller del que todo el mundo habla. El Código Penal. Este texto cayó en mis manos por primera vez en segundo de carrera, cuando me enfrento a una asignatura llamada Derecho Penal I. Como en la universidad hay que aprender un millón de cosas que nunca se van a utilizar tuve que esperar al año siguiente a la asignatura Derecho Penal II para que me explicasen qué decía el famoso libro. Empezamos por homicidio y asesinato –porque llevamos tres años estudiando Derecho y o nos empiezan a dar un poquito de sangre o nos cambiamos a ADE– y acabamos por delitos sexuales. Resumiendo –que el Derecho es muy de gerundio–: pueden atentar contra su libertad sexual de dos formas: a usted la pueden violar o de usted pueden abusar. ¿Cómo se determinará? Con la siguiente varita mágica: violencia e intimidación. Si existen, efectivamente, a usted la han violado y si no, de usted han abusado.

Lo que no nos explicó la profesora fue qué significa exactamente violencia e intimidación, pues su existencia ha de determinarla quien juzgue. ¿Qué ha sucedido en el caso de la Manada? El tribunal ha considerado que no se daban y así, de acuerdo al principio de intervención mínima del Derecho Penal, han condenado a los cinco agresores por un delito de abuso sexual. Según la sentencia el consentimiento de la víctima estuvo viciado, coaccionado o presionado y como, además, los hechos incluían numerosas penetraciones han aplicado el artículo 183.1 del texto, cuya pena es de cuatro a diez años por ser el tipo agravado. Ellos optaron por nueve. Sin embargo, no nos quedemos exclusivamente con esto.

Recordemos que los miembros de la Manada hablaban en numerosos chats de WhatsApp sobre la violación que iban a cometer, organizándose para llevar drogas como burundanga y otros medios para someter a su futura víctima. Posteriormente, en estos chats comentaban la violación cometida. No se admitieron como prueba pues según el tribunal los mensajes de esta aplicación son «alta y fácilmente manipulables». No parece ser así en el resto de juicios que se celebran en nuestro país y en el mundo entero. Yo misma he asistido a juicios en los que este tipo de mensajes estaban más que aceptados. Lo que sí se admitió fue una investigación con imágenes y vídeos sobre el día a día de la víctima. Parece ser que este tribunal tiene una memoria de lo más selectiva, pues en este caso obvió la existencia del Convenio de Estambul, ratificado por España en 2011, que dice que «en ningún momento se admitirán pruebas referentes a antecedentes sexuales y comportamiento de la víctima, salvo cuando sea estrictamente necesario».

Numerosas asociaciones de jueces han calificado como «desmedidas» las reacciones que se produjeron a la sentencia. Se refieren a los millones de personas que no solo en España, si no también fuera del país, salimos a la calle a manifestar nuestra repulsa. Incluso el CGPJ emitió un comunicado llamando al orden.

La palabra «respeto» tiene más peligro que una caja de bombas. A mí me gustaría apelar al sentido común. No hay que respetarlo todo. Ni muchísimo menos. Si yo les digo que quiero eliminar de la faz de la tierra a todas las personas rubias, ¿ustedes respetarían mi idea porque es mi idea y hay que respetarlo todo? ¿Verdad que no? Bien, en este caso sucede exactamente lo mismo: no podemos respetar una sentencia que anima a los violadores a violar. No podemos respetar la actitud de taparse los ojos de aquellos que están encargados de protegernos: la presencia y el ánimo libidinoso de estos cinco sujetos contra una mujer de dieciocho años encerrada en un portal sin salida, simplemente eso, ya implica intimidación. No podemos respetar que se viole a la víctima y una vez se emite sentencia se use esta para violarnos al resto de mujeres. Porque con una justicia que actúa así en eso nos convertimos: en carne de cañón. Desde el día 26 de abril estamos más expuestas, más desprotegidas que nunca.

Cuando era pequeña nadie me explicó qué tenía que hacer en caso de que me violaran. Pero como los padres de mis amigas sí hablaban con ellas de estas cosas aprendí que lo mejor era quedarme quieta. Dejarme. Porque si me oponía me iban a matar. Y mejor violada que muerta. Sin embargo, como no hubo cuchillos en el cuello, ni sangre, ni palizas, ni muerte; como la chica tomó la decisión que le permitió salir con vida de la agresión sexual, porque en caso contrario estos cinco cobardes la hubiesen matado, no hay violencia para el tribunal y, por tanto, tampoco violación. Insisto. Por supuesto que no vamos a respetar que la justicia nos dé a elegir entre que nos maten o nos crean. Bajo ninguno de los conceptos. Y tampoco vamos a respetar que lo que se cuestione sea la actitud de la víctima y no la del agresor. Eso jamás.

Esta sentencia, que esperamos no represente a la justicia si no a tres magistrados machistas y retrógrados y por tanto modifique su fallo en instancias superiores, es uno de los asuntos más peligrosos a los que se enfrenta España en muchos, muchos años. Si legitiman la violación, no solo seguirán violándonos: nos violarán más. Si legitiman al maltratador, no solo seguirán maltratándonos: nos maltratarán más. Y si dejan en manos de machistas el enjuiciamiento de cualquier delito que se haya cometido contra la mujer por el hecho de ser mujer, estos barrerán para casa. Y su casa no es otra que el machismo.

Saldremos a la calle las veces que haga falta. No solo nosotras, también los hombres. Hay muchísimos más hombres de verdad que cobardes machistas, y ellos saben que esta lucha también es suya y la apoyan. Y no, no vamos a respetar nada que anime a los violadores a violarnos. Porque no es abuso. Es violación. Les diremos donde sea necesario que nos acostamos cuando y con quien nos da la gana y, precisamente por ello, NO significa NO aún con las bragas bajadas. Y principalmente, les diremos las veces que sean necesarias que no estamos dispuestas a morir por ser mujeres.

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