El BioDomo: educación, conservación e investigación (y una historia de amor) | Vídeo y galería

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El BioDomo del Parque de las Ciencias ya ha cumplido un año. Este espacio dedicado a la biodiversidad del planeta, con más de 200 especies, se ha consolidado como uno de los atractivos del Museo. Por sus instalaciones han pasado ya más de 200.000 visitantes, con una media de 1.000 visitas al día. Familias y grupos de otras provincias cercanas a Granada visitan expresamente la ciudad para sumergirse en esta ‘Ventana a la Vida’. Las entradas para visitarlo se agotan a las pocas horas de abrir sus puertas.

Conseguir el éxito en esta instalación, que pasa por la conjugación del bienestar y conservación de los animales y el fin didáctico que hay detrás de cada proyecto en el que se embauca el Parque, no está siendo tarea fácil. Los trabajadores, expertos en Medio Ambiente y  en la conservación de este espacio ‘vivo’, han volcado todos sus esfuerzos en imitar ecosistemas veraces en los 18.000 metros cúbicos de espacio expositivo. A lo largo de estos meses, en el periodo de adaptación de los animales (que suele tardar en torno a 2-3 años), algunos de los espacios se han ido modificando en función de las necesidades de sus inquilinos. Se han incorporado nuevas especies con distintos ejemplares, a la vez que se ha tenido que decir ‘adiós’ a otras que no han podido o sabido adaptarse.

Su eje principal es la biodiversidad del planeta y está pensado como un espacio en el que visitante pueda comprender las relaciones que existen entre los seres vivos y el medio en el que viven, así como los mecanismos que permiten la vida y la necesidad de preservarla.

Autor: Daniel Bayona

 

CARA A CARA CON TIBURONES

La visita, organizada en grupos de alrededor de 30 personas, arranca en la zona subacúatica, que nos traslada al Indo-Pacífico.

Esta sala adopta un tono azulado, reflejo del agua de los enormes acuarios que, por la curvatura de su cristal, engañan a la vista. “¿Cuántos metros pensáis que tiene de ancho éste?”, nos pregunta Juan José Robles, coordinador del BioDomo. “No llegará a dos metros”, suponemos erróneamente. “Hay más de siete metros”, corrige.

Las primeras en saludarnos en este recorrido línea son las medusas. Pese a que estamos más familiarizados con ellas, porque más de una vez nos han dado algún susto en mar abierto, cautivan con el baile de sus finos tentáculos, suspendidas en el agua. “A diferencia de lo que creen muchas personas, las medusas no viajan con un destino en la ‘mente’, sino que se dejan llevar por las corrientes del mar”, comenta Juan José. “Pese a su simplicidad, las medusas son animales marinos difíciles de cuidar”, apostilla.

Autor: Daniel Bayona

 

Ellas, las medusas, son las únicas especies del BioDomo que se encuentran a 18 grados de temperatura. Los termómetros en el resto de la instalación marcan 28 grados, y hay numerosos sensores térmicos y de humedad, conectados con aspersores, para controlar que ésa sea siempre la temperatura, la adecuada para la mayoría de las especies moradoras del Parque.

La luz solar natural, un factor clave y muy presente en este gigante acuaterrario, ilumina el fondo del acuario de arrecifes, y una fiesta de colores se despliega ante nuestra mirada. Medio centenar de peces, quizá más, ‘circulan’ en diferentes sentidos por el agua que, por cierto, vienen de una de las playas de Motril. Los hay solitarios, como el merlo, que, por su tamaño, acapara nuestra atención. También lo hacen varios ejemplares del tiburón gris y las morenas. Lo curioso, y lo que todo el mundo se pregunta al ver tantas especies y de diferente tamaño juntas, es que se llevan bien. Sí es cierto que ha habido algunas ‘bajas’, propias de la cadena alimentaria, pero, según nos explica Juan José, “cuando los animales están saciados, raro es que intenten comerse unos a otros”. El más ‘problemático’ de estos moradores del mar es el pez ballesta payaso. “Es el que más come y el más agresivo”, apunta nuestro guía. El más tierno, ‘Nemo’, el afamado pez payaso, que convive en un acuario con ‘Dori’, un pez cirujano. “Este acuario en concreto le encanta a los niños”, señala Juan José.

Más sorprende conocer de qué forma alimentan a los peces para asegurarse de que todos hayan comido. Cuando llega la hora del almuerzo, los cuidadores organizan el festín con la comida dispuesta en mallas diferenciadas por colores o señales. Los peces, increíblemente, han sido adiestrados para distinguir de cuál deben comer.

 

Autor: Daniel Bayona

 

Las pangas son las reinas de otro de los acuarios que lleva el nombre del Río Mekong. El BioDomo ha preferido no imitar a la perfección las condiciones de sus aguas porque están altamente contaminadas. Pese a eso, en ese río viven más de 1.200 especies.

Pasando la zona de los grandes acuarios, nos detenemos en uno que contiene varios de los bioindicadores de la naturaleza más fiables: los anfibios. La mucosidad y el color de su piel revelan a los científicos e investigadores información de gran valor acerca del medio donde habitan. Logramos distinguir entre la vegetación a los tritones, a sapos de vientre de fuego y a una rana cornuda.

Para visualizar la galería, haga clic en la imagen:

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LA ABUELA DEL BIODOMO

Dos simpáticas nutrias asiáticas echan la siesta al sol. Una de ellas tiene 15 años, y eso la convierte en la especie animal con más años que tiene el BioDomo. Son energía pura y muy juguetonas, aunque las hayamos pillado en un momento de relajación. Las nutrias tienen como vecinos a dos caimanes, que se encuentran en peligro crítico de extinción.

Pasamos a una zona de acuarios que, para acceder a ellos, tenemos que deslizarnos hacia una especie de gruta, que los aísla de la iluminación del resto del pabellón. Son especies acostumbradas a vivir con poca luz, como las cucarachas gigantes de Madagascar, los escorpiones y el ajolote.

Un ejemplar de ajolote | Autor: Daniel Bayona

 

 

En esta zona de la instalación, nos encontramos con una gran cristalera que nos muestra otro de los pilares del BioDomo. Se trata de una zona de laboratorios al servicio de la comunidad científica donde desarrollan investigaciones en diversas áreas: calidad ambiental, reproducción en cautividad, zoonosis, alimentación…

Además, en Madagascar, y de la mano de la ONG Agua de Coco, el museo mantiene una línea de trabajo para recuperar y preservar los lémures, con una apuesta por la divulgación que permita garantizar la supervivencia de la especie en el medio natural. En Nepal, el Parque mantiene un centro de cría de tortugas amenazadas. Aquí, en Granada,  trabaja con la Universidad para crear un banco genético de la flora de helechos que hace millones de años poblaban Andalucía.

EL BEBÉ MUNTJAC

Una cortina de plástico es la frontera para cruzar a Madagascar. Nos recibe el segundo reptil más grande del mundo, el varano acuático. Está calentándose al sol tras haberse dado un baño.

Además de las especies nuevas que nos encontramos en esta parte de la exposición, podemos volver a ver, esta vez desde arriba, a la mayoría de las especies marinas que hemos visto anteriormente en los acuarios, ya que están al descubierto.

Avanzamos, y a pocos metros, hay una pareja de Muntjac, ciervos de la selva. Se han adaptado muy bien al BioDomo. Prueba de ello es que han sido papás.

Varios lémures de cola anillada duermen abrazados encaramados en una rama. Son todos machos. “Por eso hay paz”, nos asegura entre risas Juan José. Normalmente, los lémures no tienen reparo en codearse con los visitantes. “Realmente eso no significa que estén interactuando con nosotros”, matiza. Ellos, simplemente, campan a sus anchas.

Lémures de cola anillada | Autor: Daniel Bayona

 

A LA HORA DE COMER

Este es uno de los elementos distintivos del BioDomo con respecto a los zoológicos. Muchas especies, como en la vida real, comparten el mismo hábitat, y eso se traduce en un esfuerzo para la conservación de cada especie. “Tenemos que evitar que el tucán se coma a los ibis, por ejemplo. No es como un zoológico donde hay una jaula por especie”, nos explica Jonathan García, conservador del BioDomo.

Por lo general, a las 6 de la mañana está programado el desayuno de la mayoría de las especies, que comen por turnos y, en algunos casos, en espacios diferenciados. Al día, el Parque de las Ciencias recibe en torno a 7 kilos de pescado, y otros 10 o 11 kilos de alimento para los mamíferos. “La fruta, el pescado y las verduras nos lo trae el mismo proveedor que suministra a la cafetería y restaurante del Parque”, explica Jonathan. Por otro lado, la comida de los reptiles, como puede ser codornices y ratones, los tienen congelados.

El oso perezoso | Autor: Daniel Bayona

 

UNA HISTORIA DE AMOR CON ALAS

Sin enterarnos, salvo por los estrepitosos sonidos de una pareja de tucanes, ya hemos pisado territorio amazónico. Tenemos que hacer un alto en el camino para dejar pasar a dos ejemplares de rompeteros, que conviven con armadillos de seis bandas, iguanas, tortugas mata-mata, ranas de punta de flecha, rascones de selva y varias especies más.

Nuestra vista se detiene en una bola de pelo marrón acomodada en la rama de un árbol. El oso perezoso del BioDomo no deja de hacer honor a su nombre y duerme. Aunque, de pronto, parece haber despertado. Se estira, bosteza y con sus largas uñas de rasca la barriga. El espectáculo de verlo en acción dura poco. El oso vuelve a tomar a adoptar forma de bola, cierra los ojos y comienza a dormir de nuevo.

 

Juan José, coordinador del BioDomo, nos cuenta la historia de la cotinga enamorada | Daniel Bayona

 

Sin duda, el oso perezoso transmite ternura. Sin embargo, hay una historia dentro de amor dentro del BioDomo que conmueve, por bonita y por curiosa. Una continga hembra se pasa horas y horas apoyada en uno de los dispositivos electrónicos que sirve de material didáctico en el itinerario. En una de las imágenes aparece su pareja, otro ejemplar de continga, que murió. Y ella lo mira. Seguramente lo eche de menos…

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