Sábado, 22 Septiembre, 2018

            

Cuando el dolor se vuelve dignidad: el “olvido” como síntoma

Hector Abad Gómez | Imágenes remitidas
Joan Carles March | @joancmarch


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Viernes 25 de agosto, 31 cumpleaños del asesinato del médico colombiano y defensor de los derechos humanos Héctor Abad Gómez (Jericó, Antioquia, 1921 – Medellín, 25 de agosto de 1987) que además de médico, fue ensayista, luchador por los derechos humanos y especialista en Salud Pública. Fue asesinado en Medellín, tras amenazas por sus denuncias contra quienes venían cometiendo crímenes selectivos de líderes sociales. La sinrazón le asesinó. Unos pistoleros segaron la vida de un defensor de los derechos humanos cuyo crimen fue expresarse sin tapujos en una sociedad, aquella colombiana, abominada por el narcotráfico. Los disparos silenciaron a la familia durante años. Su hijo Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958) hizo de él una biografía novelada en su libro de 2006 “El olvido que seremos”, que me ha abierto el corazón, por lo bonito que expresa cómo zafarse de los miedos y escribirlo, en uno de los homenajes más bellos hacia un padre.

Forjador de ideas para mejorar la salud de los colombianos, fue el fundador de la Escuela Nacional de Salud Pública, hoy llamada Facultad Nacional de Salud Pública Héctor Abad Gómez de la Universidad de Antioquia. En la década de 1960 y 1970, fue profesor de la facultad de medicina de la Universidad de Antioquia, en el departamento de medicina preventiva. Hasta su muerte, en 1987, seguiría siendo catedrático de Salud Pública de la misma universidad. Como periodista de opinión fundó periódicos. Fue diputado y columnista de opinión de El Espectador, El Tiempo y El Mundo. Sus pronunciamientos sobre las condiciones de vida de las comunidades marginadas y en condiciones de miseria, en Medellín y en Colombia, además de muchas de sus ideas, le granjearon muchos aplausos y también enemistades con colegas, compañeros de facultad y directivas de esa época. Ello llevó a que en varias ocasiones buscara trabajos en otros países, en general asociados a la Organización Mundial de la Salud. Trabajó en Manila, Filipinas, en donde ayudó a fundar una escuela de salud pública, y en Yakarta, Indonesia. También fue profesor invitado de la UCLA, en Los Angeles, Estados Unidos. Fue Ministro Consejero en la Embajada de Colombia en México.

Realizó en Colombia importantes proyectos de salud que mejoraron el nivel de vida de los colombianos. A raíz de sus denuncias desde el Comité para la defensa de los Derechos Humanos de Antioquia, y a través de su programa de radio y sus columnas, Héctor Abad Gómez se convirtió en blanco de varias organizaciones armadas. El 25 de agosto de 1987 su amigo y defensor de derechos humanos, el abogado Luis Fernando Vélez fue asesinado a balazos. Esa misma tarde, una mujer buscó a Abad Gómez en su consultorio y lo convenció a salir, con el pretexto de que dedicara algunas palabras en el velorio de Vélez en el edificio del sindicato del magisterio de maestros, a donde Abad se dirigió a pie junto con su estudiante Leonardo Betancur y la mujer. Al llegar al edificio, Abad Gómez fue abordado por un par de sicarios, asesinándolo a él y a Betancur.

En agosto de 2014, el crimen de Hector Abad Gómez fue declarado por la Fiscalía General de la Nación como delito de lesa humanidad, al comprobarse que este hecho fue parte de un siniestro plan del narcotráfico, en complicidad de grupos paramilitares y agentes de seguridad del estado, para eliminar a los miembros y simpatizantes de la Unión Patriótica, evitando así su ascenso al poder político.

“El olvido que seremos” tiene el título tomado del primer verso de un soneto atribuido a Jorge Luis Borges titulado “Aquí, hoy”, hallado en uno de los bolsillos de Héctor Abad Gómez después de que fuera asesinado. En el libro se refleja fielmente la personalidad de quien ha merecido ser llamado por los antioqueños “El apóstol de los derechos humanos”, expresado en la vida de un padre, médico, maestro, profesor, bon vivant, abogado espontáneo, militante de los derechos humanos, disidente de la academia, hombre idealista, persona muy buena, (también incómoda), amante de la buena lectura y de la buena música que eligió, en cada recodo y giro de su vida, hacerse responsable de la virtud y la justicia en Colombia y en particular en Medellín. En sus últimos años estuvo dedicado al cultivo de rosas, en un jardín sembrado por él mismo, y al comité de derechos humanos de Antioquia.

Y su hijo escribía: “Cuando mi papá llegaba de su trabajo en la Universidad, podía venir de dos maneras: de mal genio, o de buen genio. Si llegaba de buen genio –lo cual ocurría casi siempre pues era una persona casi siempre feliz– desde que entraba se oían sus maravillosas, estruendosas carcajadas, como campanadas de risa y alegría. Nos llamaba a los gritos a mis hermanas y a mí, y todos salíamos a recibir sus besos excesivos, sus frases exageradas, sus piropos hiperbólicos y sus abrazos largos. Si en cambio llegaba de mal genio, entraba en silencio y se encerraba furtivamente en la biblioteca, ponía música clásica a todo volumen y se sentaba a leer en su sillón reclinable, con la puerta cerrada con seguro. Al cabo de una o dos horas de misteriosa alquimia (la biblioteca era el cuarto de las transformaciones), ese papá que había llegado malencarado, gris, oscuro, volvía a salir radiante, feliz. La lectura y la música clásica le devolvían la alegría, las carcajadas y las ganas de abrazarnos y de hablar”. Esa era su filosofía de vida.

Para el médico de cuerpos, almas y ciudad, la búsqueda de la salud y del bienestar colectivo pasaba por un combate: la lucha por el derecho. Esta es la clave virtuosa de esta vida bien vivida, encarnada en las ideas y organizada en las creencias, vida alimentada por la luz de la inteligencia, vida de Héctor Abad Gómez, “sanador de la Polis”, como se decía a sí mismo. Y en este precioso libro, encontramos cómo su hijo va cincelando en la piedra pómez del olvido y la indiferencia de que está hecha la vida, no sólo la sonrisa de ese varón admirable y temido por la fuerza de su virtud, sino también en los velados exilios, los obligados destierros o la jubilación prematura que le impuso en vida. En el libro, un “memorial sin agravios”, tiene su valor precisamente en su sed de luz, en su hambre de formas nítidas y evocaciones amenas y risueñas, felices, invariablemente venturosas, pues no hay otra forma de compartir el duelo que recordar los buenos tiempos en la hora de la miseria. En definitiva, es un libro que huele a felicidad y a fragancia de rosas, como las que cultivaba ese avatar socrático que fue el doctor Abad Gómez.

Y en esa línea, apareció también “Carta a una sombra”, una película exaltación a la memoria no solo de Héctor Abad Gómez, sino que también representa a cientos, miles de colombianos, los mismos que salen del cine compungidos, cubiertos por las lágrimas. Porque entender al Dr Abad Gómez como un educador popular es ver y reconocer en sus acciones una apuesta por la transformación de las comunidades, una lucha incansable por gestar procesos sociales a través del trabajo con las comunidades. Un educador popular, es aquel que cree en el otro, que reconoce sus saberes, experiencias y prácticas, que establece una relación de sinergia y de potencialización de capacidades. Sus acciones tanto con las promotoras de salud como con estudiantes de Medicina y Salud Pública le llevó a comprender que el acto educativo buscaba ante todo la transformación no sólo de las condiciones de salud y vida de las comunidades, sino que debía centrarse en la transformación de los educadores como actores válidos y valerosos. En relación a ello, Abad Gómez cuestionándose sobre su visión acerca de la educación, reclamaba que “debemos formar gente que sea capaz de imaginarse la manera de salir de situaciones colectivas difíciles y de no entregarse ni asimilarse ante las primeras dificultades. Debemos formar luchadores valientes contra las circunstancias adversas y no cobardes pusilánimes”.

Y hablando de educación, en 1982, Héctor Abad, a sus 61, recibió una carta donde le decía que debía presentarse para hacer las gestiones de su jubilación inmediata, después de haber sido catedrático durante 25 años, y sin haberle dado las gracias ni ninguna consideración, por un trabajo al que le había dedicado toda su vida. También en la Carta a un niño, dirigida a su hijo Héctor Abad Faciolince, de doce años, relató que se “había dedicado a la salud pública, con intensidad de fanático, queriendo que nadie muriera, que nadie se enfermara y que nadie sufriera. Le daba a la vida un valor en sí misma, una categoría indudable de cosa buena”. Como promotor de los derechos humanos, denunció, con madurez de juicio y en plena guerra sucia a finales de los años ochenta, las desapariciones y maltratos de que fueran objeto muchos de sus contemporáneos.

Y cuando se sentía verdadero maestro, después de mucha madurez del espíritu, de la tranquilidad de juicio que la experiencia y los mayores conocimientos van dando, junto a la meditación del conocimiento (el mero conocimiento no es sabiduría y la sabiduría sola tampoco basta), decía que el conocimiento, la sabiduría y la bondad son claves para enseñar. Y cuando sentía que estaba en esa etapa de la vida, cuando ya la vanidad no le influía, ni las ambiciones tenían mucho peso, sino la racionalidad construida, lo echaron a la calle. Para él, la enseñanza estaba asociada con la madurez y la serena sabiduría. Por tanto, prohibirle enseñar, era (y sigue siendo) un verdadero crimen y un desperdicio. Cuanta falta hacen los maestros de maestros, acompañando en su crecimiento intelectual a estudiantes (que le quieren) y profesores/as!.

Y así es como yo me siento, cuando a no ser por el apoyo de mis pares, de mis compañeros/as, de mis colegas, (apoyo enorme e inconsciente, por cierto), a parte de las decenas y decenas de conferencias que doy y sigo dando por todo el país, mis cursos dejan de aparecer en los programas de mi escuela. Increíble pero cierto. Todo por el juego del rencor, de hacer desaparecer a quien quitaron de la dirección por un sin motivo (o por el no motivo de alguien), generando un tormentoso movimiento en contra de mi cese de miles y miles de personas entre artículos y redes sociales. Parece increíble que quienes ostentan el poder no acepten la palabra encima de la mesa, no quieran oír ninguna crítica, no les parezca bien ningún comentario ajeno a sus planteamientos, no crean oportuno la divergencia, no valoren el conocimiento experto (que previamente habían ido a buscar). Aun resuena en mi cabeza, alguna respuesta ante mi valoración al veto que recibo: “yo no he dicho nada”. Y con esas palabras que expresaban que a veces lo hacía, me quedé ante esta desaparición en los programas docentes de mi institución.

Y la lectura del libro de Héctor Abad Faciolince sobe su admirado y admirable padre, defensor de los derechos humanos, defensor de la salud pública, conferenciante sobre la epidemiología de la violencia, consultor de la OMS,….. me ha llevado a pensar que en la cabeza de los que le jubilaron, está quizás el mismo gen de los que hoy me quitan de los programas formativos de mi escuela. Mientras aparece mi nombre en decenas y decenas de congresos locales, nacionales e internacionales, ellos/as lo borran, lo quitan o lo cuestionan. Ellos y ellas sabrán por qué lo hacen, solo ellos/as.

Será lo del síndrome de alta exposición que nos habla de que cuando las personas destacan demasiado en algún área generan odio en los demás o será algo peor. Ese odio más bien está relacionado con el hecho de que el éxito de los demás hace que las propias limitaciones se hagan más visibles.

Las palabras veto, exclusión, jubilación, olvido, ….. son las que ellas/os utilizan en sus maneras de hacer y pensar. Que les quede poco tiempo para que el paso de los días no les deje matar el pensamiento libre.


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