Domingo, 17 Diciembre, 2017

            

Cuando Dios enciende el secador de pelo

Una día caluroso en Granada | Archivo GD
Andrés Cárdenas


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Muchos se acordarán de las olas de calor de antes. En nuestras casas el único aire acondicionado que existía era el abanico de nuestra madre y si acaso un ventilador que a poco de funcionar no servía para nada porque el aire que daba era caliente. En muchas casas aún no existían los frigoríficos y para que se enfriaran los melones y las sandias se metían en los pozos. El agua fresca la proporcionaban los botijos, a los que se echaba un chorreón de anís para contrarrestar el sabor de barro. A las horas de la siesta nuestras madres echaban las cortinas y las casas permanecían en la penumbra porque según decían así se soportaba mejor el calorín. En mi pueblo, encima, en julio y agosto funcionaban a pleno rendimiento las decenas de fábricas de tejas y ladrillos en las que los hornos echaban al ambiente un calor extra. No había piscinas, si acaso albercas en donde bebían agua las vacas.

Había noches en las que conciliar el sueño era una tarea imposible y la gente iba por las calles como zombis por no poder dormir. Nuestros padres siempre acababan echando los colchones en el patio y nosotros nos dormíamos al fin viendo las estrellas. Pero todo estaba dentro de lo establecido por la propia naturaleza. Nos quejábamos lo justo.

Ahora, sin embargo, dicen que los termómetros han llegado a los cuarenta grados y se declaran las alertas naranjas y amarillas. Los telediarios lo sacan como algo extraordinario y ponen los micrófonos a todos los viandantes para que se quejen a gusto. Tenemos aire acondicionado en las casas y aun así decimos que estamos soportando ambientes propios del desierto. También nos ha dado por decir que estas subidas de temperatura son debido al cambio climático y que se están abriendo agujeros en la capa de ozono. Nuestros frigoríficos están repletos de cosas fresas y casi todo el mundo tiempo una piscina a la que ir a mojarse.

Yo creo que nos quejamos porque tenemos que quejarnos de algo y el tiempo siempre es algo muy socorrido. E inevitablemente nos quejamos cada vez que Dios se lava la cabeza o enciende el secador el pelo. Lavín que calor.

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