Martes, 25 Julio, 2017

            

Crítica de Exodus: Dioses y reyes, la forja de un profeta

Dudas, inseguridades e incluso incomprensión ante la intervención divina presiden los actos del Moisés más humano que hemos visto en la gran pantalla

Foto: hitfix.com


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Ridley Scott ofrece su espectacular visión del relato bíblico de Moisés en Exodus: Dioses y reyes. Una película técnicamente apabullante pero desequilibrada: musculosa y cebada en algunos pasajes, enclenque y apresurada en otros.

Christian Bale es un Moisés criado en la corte del Antiguo Egipto como hermano de Ramsés (un generoso en esfuerzo y presencia facial Joel Edgerton), con quien le une una estrecha relación. Consejero del faraón y comandante de sus tropas, la revelación de sus orígenes hebreos y el que debe ser su destino desmontan su cómoda vida y lo arrojan al desierto.


Dudas, inseguridades e incluso incomprensión ante la intervención divina presiden los actos del Moisés más humano que hemos visto en la gran pantalla gracias al tremendo, una vez más, trabajo de Christian Bale. Pero al igual que ocurre, aunque en menor medida, con la también muy admirable labor de la española María Valverde -que da vida a Séfora, la mujer del profeta- es difícil que sus personajes no se vean arrastrados por ese torrente que es Exodus, un gigante que arrasa con todo.

ALGUNOS PASABAN POR ALLÍ…
Curiosamente no encuentran estos problemas de “justicia laboral” ni Aaron Paul, ni Ben Kingsley, ni Sigourney Weaver, actores que -especialmente ésta última- pasaban por este Egipto, recreado en Fuerteventura y Almería, a recoger su cheque para mayor gloria de los títulos de crédito y los carteles que inundan las marquesinas.

Desequilibrio. Otra vez. Esta es -junto con la excelencia técnica- la nota predominante en el mastodonte cinematográfico que es Exodus: Dioses y reyes. Una película que como su Moisés, según afirmó el propio Bale en una entrevista a Europa Press, se mueve de extremo a extremo. No hay término medio.


Y es que más allá de las licencias narrativas y libertades que se toma Scott en beneficio del espectáculo y en busca de la originalidad -su representación de Dios es el mejor ejemplo de esto último-, entre esos faraónicos planos de un Egipto deslumbrante, las épicas batallas y las abrumadoras plagas… se echa en falta más atención en algunos pasajes clave del relato bíblico, especialmente en los que tienen lugar después de que se abran las aguas del Mar Rojo.

En lugar de Exodus, título que hace referencia a todo un libro del Antiguo Testamento, Scott debería haber llamado a su superproducción La forja de un profeta. Título más certero, veraz e incluso -y para esto es para lo que vino aquí Ridley- más épico y espectacular.

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