Jueves, 24 de Enero de 2019

            

Clásicos infumables

Imagen ilustrativa de la portada de un libro de Moby Dick
Men Marías @MenMarias


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Llamadme blasfema

Todo tiempo pasado fue mejor. Dicen. A saber. Hoy también será «tiempo pasado» en el futuro, y me cuesta creer que hayamos podido ir a peor. Pero, a saber. No obstante, en lo que respecta a literatura, suelo ser partidaria de esa sentencia tan snob. Con excepciones, claro: es un privilegio vivir en la época de Coetzee y poder disfrutar de una conferencia suya en la Alhambra. Es un lujo ser coetánea de JK Rowling y leer sus tuits contra Trump minutos después de ser escritos dando por hecho que mientras lo hace picotea judías Bertie Boot. Es una suerte vivir a la vez que Andrés Neuman, Víctor del Árbol o Pierre Lemaitre.
¿Todo tiempo pasado fue mejor? En literatura, es posible. Pero, desde luego, no todo libro pasado también lo fue.
Seguro que han oído que lo «vintage» está de moda. El famoso «para ser moderno, coge algo antiguo». Esto no es casual ni responde a un verdadero gusto por los tiempos pasados, esto no es más que la materialización de la falta de creatividad. Una forma de reinventar la vanguardia por la que volvemos atrás ya que no sabemos ir adelante. De esta manera se estilan ciertos asuntos cuya calidad no cuestionamos simplemente por pertenecer a una determinada época. Y sucede también con los libros. Hay muchos de esos mal llamados «clásicos» que son, literal y literariamente, infumables.

Si él quiere que lo llaméis Ismael, a mí llamadme blasfema. Ya saben por dónde voy. Moby Dick o cómo castigar a sus hijos. Nunca he encontrado a una persona que sienta predilección por este libro, pero, si la encontrara, jamás me fiaría de ella. A decir verdad, hay una saga muy de moda que comienza con una referencia a él. Está a la altura de Moby Dick, ese mérito no se le puede negar. Melville debió de ser un tipo muy cargante. Esa clase de persona con conocimientos altísimos sobre una materia concreta que quiere evangelizar al resto de la humanidad. Uno de esos pesados de discoteca que te persigue hasta los baños asegurándote que te vas a reír un montón cuando te cuente que… A lo largo de cientos y cientos de páginas desmenuza absolutamente todo lo relacionado con las ballenas: tipos, aletas, esqueletos, nutrición, costumbres… Cuando digo «absolutamente todo» no es una forma de hablar. La manera en que se dispersa cuando retoma la narración es otro asunto que hace insufrible esta lectura. La ausencia de acción salvo en tres o cuatro páginas —tres o cuatro, no más—. Lo pedante de algunas opiniones. Si leen este libro y algo en su cabeza grita «por el amor de Dios, ¡cállate! ¡Cállate de una vez!» no se sientan culpables, ni incultos, ni poco modernos. Siéntanse humanos.

Soy una ferviente devota de todo lo ruso. O casi todo. Los escritores rusos son mi religión. Al igual que Iván Karamazov, cuando alguien me pregunta si creo en dios respondo que creo en Rusia. Así como no me fiaría de ningún adepto de Moby Dick tampoco lo haría de cualquiera que haya leído a Dostoievski y no haya disfrutado como un enano. Pero también hay excepciones. Pequeñísimas. No lo iban a tener todo. El Estado y la revolución suele definirse como una obra fundamental para entender la revolución rusa de 1917. Yo prefiero llamarlo un tostón de campeonato. La oportunidad que tuvo Lenin para crear una referencia histórica que perdurara por los siglos de los siglos fue única y la dejó pasar. Los revolucionarios rusos eran ante todo pragmáticos, entre sus filas no hubo grandes teóricos. Pero tampoco hubo grandes sintetizadores. Y es una pena porque, en esta obra, Lenin se dedica a dar vueltas en círculo alrededor del pensamiento de Marx de forma que parezca algo nuevo y no un copia-pega. Aburrido no, desesperante. E, insisto, es una pena por la oportunidad que dejó pasar.

Michael Ende es el autor de la famosa obra «La historia interminable». De esa y muchas otras que hacen las delicias de los que nos pasamos la vida comprando nuevas ediciones —cada vez con más dibujos— de Charlie y la fábrica de chocolate, La guerra de los mundos, o Cien mil leguas de viaje submarino. Ende es un buen autor, un muy buen autor, sin embargo tiene una obra concreta que no se entiende. Yo, al menos, no la entiendo. Y no por lo onírico de la misma, sino porque terminar una frase se hace tan insufrible como levantar un trolebus: El espejo en el espejo. En ella recoge varios cuentos escritos a lo largo de una década. Esto casi siempre es una mala idea. Por no decir siempre. Dar salida a diferentes textos a través de una recopilación no suele salir bien. Y, voilà, un librito —afortunadamente no muy extenso— lleno de incongruencias a lo Borges, autor que no es santo de mi devoción. Y es que dentro de la incongruencia ha de haber orden, el ejemplo por antonomasia es Cortázar. Lo demás es juntar palabras y no hay que ser escritor para ello, cualquiera puede hacerlo. Cuando terminé este libro y me limpié el sudor me dije que no era posible, que esto no podía ser de Ende. Si será insufrible el texto que no me atreví a releerlo. Por si acaso.

Por supuesto, estas no son más que opiniones personales. Asumo el fracaso como espectadora en el que puedo estar incurriendo, pero, desde luego, leer cualquier libro antiguo —que no clásico—, es una actividad de riesgo.

 

 


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