Domingo, 22 Octubre, 2017

            

Ciudadanos y la tarea ética de la regeneración democrática

Foto: Fermín Rodríguez
Agustin Palomar | @agupalomar


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En España no es un mito, libro publicado en 2005, Gustavo Bueno vio en ZP un representante cabal del “panfilismo”. La palabra de origen griego señala a aquella doctrina según la cual la historia universal avanza hacia un momento en el que todos seremos más o menos amigos, pero al fin y cabo amigos. De esta consideración acerca de la naturaleza humana nació, probablemente, la idea zetaperiana de ir de alianza en alianza hasta que las gentes de los más diversos regímenes políticos quedaran hermanadas en la civilización de los pueblos. Tal tuvo que ser, pienso, la fuerza de este deseo que aquel Presidente quedó cegado para ver cómo el peso de la gran crisis en los últimos tiempos  ya mordía sin denuedo nuestra confianza y nuestro crédito.

A aquellos felices años en los que caía el dinero del cielo y todos estábamos alegres porque se ampliaban derechos para todo, le siguieron años broncos de gobierno para el PP. Dicho sumariamente, este Gobierno recibió el apoyo y el encargo de la mayor parte de los electores para sanear la quebrantada salud de nuestra economía, para llevar a cabo importantes reformas institucionales y para hacer lo que el PSOE no quiso hacer: frenar el soberanismo nacionalista y fortalecer el Estado de derecho. Rajoy puso su querer y el de su Gobierno, tal cual Hércules, en el primero de los trabajos pero descuidó los demás  o no acertó en el modo de emprenderlos. Pudo hacer mucho y no lo hizo. La política, hay que recordarlo, pese a tener que atender a las necesidades más inmediatas, sigue siendo el arte y la ciencia de lo posible. Pero, además, como bien se sabe, lo más terrible fue que, a lo largo del tiempo, tanto unos como otros fueron llenando el mapa político de grandes manchas de corrupción, lo cual, según se decía, no pasaba factura electoralmente en el tejido de la ciudadanía, porque, anclados en el bipartidismo, las vergüenzas por la corrupción de uno se tapaban con el contento de las del otro. Pero, evidentemente, las cosas así no podían seguir.

Fecho en la canícula de verano del 2014 el momento en el que tomé conciencia que si queríamos regenerar la vida política había que poner el foco fuera del espacio del bipartidismo, había que tomarse en serio el compromiso que cada uno de nosotros tiene como ciudadano al nacer en un régimen democrático de libertades –la política no puede ser siempre lo que hacen los otros–, y había que tomar y hacer partido para afrontar amenazas como las del soberanismo nacionalista apostando por quien más decidido estaba a mejorar nuestra democracia. Ciudadanos es el mejor medio del que disponemos para regenerar nuestra maltrecha política si esta regeneración pretende llevarse a cabo en la tradición liberal que justifica la acción política desde los valores y procedimientos del constitucionalismo. A Ciudadanos le está encomendada la tarea, nada fácil, de una renovación de nuestra política apelando al diálogo como alma mater de la democracia y al sentido común como a aquello que genera el sentido de la vida política al situar en el centro de los intereses, justamente, lo común. Este trabajo de regeneración ya empieza a vislumbrarse en la política nacional en el modo como Ciudadanos trabaja para integrar a las distintas fuerzas políticas en un proyecto común en el que los verdaderos actores no son las cabezas más visibles y mediáticas de los partidos sino sus programas, propuestas y proyectos de gobierno. Pero esta tarea ya se está haciendo visible de múltiples modos en aquellos lugares en los que, como el Ayuntamiento de Granada, Ciudadanos facilita el gobierno al tiempo que es la fuerza política más exigente y coherente en la oposición.

Al trabajo que trae consigo esta tarea ética pretendo sumarme desde el lugar de mi reflexión. Tómese este artículo como una brevísima justificación de las razones, siempre mediadas en la vida y en la historia particular, de mi pertenencia al proyecto que ha instaurado Ciudadanos para España. Y basten ya los proemios y los prólogos y den comienzo las palabras y los diálogos que vienen requeridos, como dijimos en el artículo anterior, por la urgencia de comprensión que demandan los hechos.

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