Miércoles, 21 de Noviembre de 2018

            

Ciudad que esconde sus ríos

Imagen de las obras en el solar que ocupaba el Hotel MonteCarlo ayer por la tarde tras el aviso por posible derrumbe
Ramón Ramos


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Ciudad que esconde sus ríos… La sentencia es de Ángel Ganivet y tiene siglo y medio de vigencia. Granada apostó en el siglo XIX por un ensanche que consistía en el soterramiento del Darro y la posterior e inmediata apertura de la Gran Vía estructuró el gran eje y condicionó para siempre el desarrollo urbano de la ciudad, a la par que impedía ‘in aeternum’ sentido la imagen romántica de un cauce descubierto. Así, los propulsores de aquella decisión brindaron a Manuel Machado el poema: ‘Granada, agua oculta que llora…‘ aunque probablemente el mayor de los hermanos desconocía cuando escribió esos versos que el río discurre soterrado bajo el corazón de Granada.

Este jueves el río se ha tomado una de sus cíclicas y pequeñas venganzas, por ahora un susto leve cuya prolongación y alcance real iremos sabiendo en los próximos días. Las obras del antiguo hotel Montecarlo parecen estar en el origen de los deslizamientos de tierras en el entorno lateral del embovedado cauce del Darro. A media tarde los pilotes de la estructura que soportará el nuevo edificio comenzaron a vibrar, los trabajadores de la obra dieron aviso, el paisaje se llenó de coches de la Policía Local y camiones de bomberos, la zona quedó acordonada y el tráfico interrumpido y las familias que habitan los inmuebles contiguos se vieron obligadas a desalojar sus casas. En pleno corazón de Granada.

No estamos ante el ‘crujido’ de 1951, cuando a la altura del edificio de Correos y ante una crecida de las aguas, consecuencia del aguacero que descargó aquella tarde de septiembre, se acumuló tal cantidad de materiales y gases en la curva que allí hace el río soterrado que al agua no le quedó más remedio que salir por los aires. Por seguir con la evocación poética, en aquella ocasión lorquiana: ‘Granada vive en sí misma tan prisionera que solo tiene salida por las estrellas’. El agua del río prisionero no llegó a las estrellas aquel día pero sí muy alta y muy lejos…

Y ahora nos encontramos con estas obras que nacieron con mal pie cuando su anuncio desató una polémica errónea, al confundir el inmueble con una de las casas que ocupó en los primeros años del siglo pasado la familia García Lorca. Falso, pero suficiente para que durante días el proyecto estuviese en las portadas. Después, la obra por su cuenta cortaba a determinadas horas del día el Puente de Castañeda, calle que va desde la Acera del Darro a la de San Antón. Y todos los transeúntes obligados a dar el rodeo por las paralelas laterales.

A partir de este jueves, por lo pronto, técnicos de Emasagra han levantado una por una las alcantarillas, los bomberos han revisado la bóveda, mientras se trata de establecer con certeza si se ha producido una fuga de agua en una capa de tierra en la zona que por influjo del río es más húmeda. Todo un operativo que obligará a desviar el tráfico, sin contar la tarde que los vecinos y comerciantes ya nunca van a olvidar. Confiemos en que lo que queda hasta el total restablecimiento de la normalidad sea poco y leve.

Río Darro, Río Darro… desde Plaza Nueva al Violón nadie a acompañarte baja, nadie se detiene a oír tu eterna estrofa de agua, por cerrar esta recóndita columna con la misma vena poética que se inició y esta vez recurriendo a los versos que Gerardo Diego dedicó al Duero. El poeta, uno de los máximos representantes de la Generación del 27, nació en Santander; de haber nacido en Granada probablemente habría variado el sentir de su rima y rítmica si al cantar al río hubiese dedicado sus versos al granadino Darro: una de las primeras teorías de la ‘malafollá granaína’ sitúa en el embovedado del río el ‘kilómetro cero’ de este fenómeno social autóctono pues en su primer momento la obra de soterramiento se hizo con tal desprecio al buen gusto que la ‘panza’ levantada en Puerta Real impedía la visión de una acera a otra…

Un contrasentido y vejación del nombre con el que los romanos lo bautizaron, ‘Dauro’, río de oro. Desde entonces a acá lo hemos maltratado al equiparar su nombre con ese otro ‘Darro’ que ha llegado a nuestros días y que algunos malos ciudadanos se encargan de darle pleno sentido con sus vertidos incívicos, un darro. Y, claro, el Darro cíclicamente se toma sus pequeñas venganzas…


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