Jueves, 20 Septiembre, 2018

            

Candidatura cultural sin bandera

Archivo GD
Ramón Ramos


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Los problemas cíclicos en la financiación de la OCG han retornado a la primera fila de la actualidad. En un tiempo en que Granada aspira a la capitalidad europea de la cultura. La ‘joya de la corona’, el elemento más visible de esa aspiración se adentra en un terreno de dificultades que no es nuevo en sus casi treinta años de existencia.

Hubo un tiempo inaugural en la autonomía en que Granada era reconocida con el título oficioso de capital cultural de Andalucía. Eran tiempos de creatividad indiscutida que engarzaba, en aquellos inmediatos años post-transición, con la rebelión juvenil de la generación anterior que no se resignaba a transigir con la anestesia general decretada por la dictadura en vías de extinción.

Conjugaron así con naturalidad los nombres de Juan de Loxa y su entorno del Manifiesto Canción del Sur y su Poesía 70 con las nuevas voces de Luis García Montero, 091, TNT o Julio Juste, por nombrar con ejemplos lo que podría ser una lista interminable. En el reparto cuadriculado que la Junta naciente reservaba a Granada en lo que hoy se conoce como cuotas provinciales, el consejero de Cultura o el de Educación solían ser granadinos, como un reconocimiento a aquella ebullición que surgía de abajo a arriba y que las instituciones sabían darle plataforma y salida.

En ese marco nació la OCG, desde el impulso y el nervio del mejor político que ha dado esta ciudad en su historia reciente, Antonio Jara (antes de emborronar su trayectoria con el punto final de su currículum). La Orquesta Ciudad de Granada, que fue un salto en el vacío, un desafío a la Junta, que tuvo que entrar en el envite de lo que en un principio, en 1989, se pensó como orquesta de cámara con la que dinamizar la programación del reestrenado Auditorio Manuel de Falla, reconstruido tras el atentado que sufrió en 1986.

Tal fue el éxito de la OCG que en Sevilla pronto tuvieron celos y crearon la suya en el contexto de los fastos de la Expo y la desenfrenada fiebre inversora que derramó millones a orillas del Guadalquivir. La de Granada, entretanto, alcanzó un prestigio que llegó más allá de los Pirineos cuando sus giras la llevaron por diferentes países europeos. Lo que no fue óbice para que la OCG se convirtiese en objetivo preferencial en la arremetida del alcalde Berbel contra el mundo cultural granadino, una plétora de ‘rojos’ que el ayuntamiento reconquistado por la derecha a mediados de los 90 se dispuso a desactivar. (Una operativa que contrarrestaría a partir de 2003 Juan García Montero, ese buen concejal de Cultura al que el PP está dispuesto a renunciar, ignorando en su propia casa las huellas positivas de su historia reciente).

A lo que íbamos: que en Granada lo de la capitalidad cultural nunca nos lo terminamos de creer. Que ya se abordó la aspiración a capitalidad europea a principios de los 90 y no cuajó. Que a aquel inmejorable director de la OCG que fue Josep Pons se le cuestionó en la propia casa cuando aquel ayuntamiento que presidía Berbel trató de aguar la orquesta sacando de la chistera otra de andar por casa. Que las deudas ya ahogaban a la OCG en esos años, ante la incuria de la corporación. Que…

Y, por medio, fue creciendo Málaga y su rehabilitado centro urbano en torno al Museo Picasso. Allí, los malagueños se creen sus propias cosas. Aquí, construimos un centro para acoger el legado de Lorca, tardamos el doble de años de los previstos, gastamos más que el Gran Capitán, damos sueldazos de infarto… y después tenemos que discutir durante dos años para que al fin… parece que… por goteo… en usufructo… ya veremos después… y está La Caixa y sus anexos… ahora sí ¿vendrá? el legado…

Pues con la OCG, ni para pagar un taxi tienen sus gestores, se adeudan las nóminas, no se renueva vestuario e instrumentos, factores que repercuten en la calidad de la programación. En fin, que Granada aspira a la capitalidad cultural europea.


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