Viernes, 22 Junio, 2018

            

Buscando el cielo

Imagen representativa
Juan Pablo Luque Martín


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– Oiga, Sr. ¿me permite escalar al Cielo?

– Por supuesto; sólo tiene que pulsar la letra C, y en breves momentos iniciaremos el ascenso. Debe cerrar los ojos y abrocharse el cinturón. Si le molestan los oídos, no se preocupe, es normal.

– ¿Y cuánto se tarda en llegar?

– Pues no se lo puedo decir exactamente. Además, cada viaje es distinto. Depende de las ganas, del empuje, de la ilusión, del coraje…

– Pero, ¿cómo es el cielo? ¿Lo ha visto alguna vez?

– Claro. En cada viaje lo veo. El cielo es, como te diría… el cielo es como una superficie inmensa donde nada destaca. Como una llanura llena, eso sí, de sonrisas. Y de nubes de algodón. El cielo es, como te diría, como un eterno banco sobre una arboleda donde plácidamente todos se sientan a descansar, a ver cómo transcurre el tiempo, como se llenan de eternidad…

– ¿Y los balones? ¿Y los campos? ¿Qué cielo hay para mí si no hay pelotas, ni porterías, ni amigos con los que jugar al fútbol? Pues vaya aburrimiento… ¿Y cuánto dice que dura?

– Tengo entendido que es para siempre, pero, la verdad, nunca estuve dentro. Sólo soy el chófer. Recojo pasajeros y les informo del recorrido durante el trayecto. Nada más. Imagino, tratándose de la casa de Dios, que deberá haber de todo. Y que habrá pelotas…

– Allí serán del Madrid, imagino. Como todo es blanco…

– Ya, Dani. Es blanco, sí, pero no es la Casa Blanca.

– Mmm. Es verdad. Una pregunta más. ¿A qué hora se come? ¿Hacen muchas veces lentejas? ¿Nos regañará Dios si se nos caen los dientes por comer gominolas? Porque imagino estarán prohibidos los dentistas y las inyecciones… ¿Y mi papá? ¿Podrá volver a fumar? Es lo que más le apetece…

– Para, para, para… Primero, llegar. Que a ti te pasa como a mí. Aún no hemos llegado. Es más: espero que nos falte mucho. Y hay cosas que no sabes. El vuelo es tranquilo, pero desconozco cómo seremos recibidos.

– ¿Qué no lo sabe? Si Vd. no lo sabe imagínese yo. Pues vaya…

– No. Ya te dije que sólo soy el conductor. Nunca entré dentro. Los dejo en la puerta, al inicio del camino, y entre los viajeros se entienden para saber cuál es su sitio.

– Uff, qué lío. Entonces hasta no entrar dentro, no me entero de nada…

– Eso es. Imagino que te lo han dicho tus padres. Aquí sólo calentamos. Y de vez en cuando, miramos hacia arriba. A ver si nos seleccionan para jugar la final. Allí sólo estarán los mejores jugadores. Los que lo den todo en los entrenamientos, sin importarles nada. Los que comprenden en esta vida la importancia de dar, de ofrecerse, de ayudar, de caminar juntos…

– No lo entiendo muy bien del todo… buenas personas, buena gente… bueno, tendré que calentar… y seguir mirando hacia arriba…

Pd.: Hasta aquí lo escrito en el Diario de Dani. Después, en una hoja cuadrícula sobrepasada por un rotulador asesino de papeles, unos garabatos de niños, jóvenes y mayores dándose la mano. En mitad, una pelota. Y dos porterías. Al fondo, parece un árbitro. Con barba y todo. Sonríen. Todos sonríen…

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