Sábado, 16 Diciembre, 2017

            

Ayala, una vida marcada por la búsqueda de la ética y la estética



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Con la muerte de Francisco Ayala se va el testigo privilegiado de todo un siglo, un superviviente centenario de la generación del 27 y una mente lúcida y crítica que plasmó en sus más de sus cincuenta libros su visión de la vida, siempre marcada por la ética.

El granadino y ciudadano del mundo Francisco Ayala se ha ido a los 103 años y con los deberes cumplidos en su larga vida. Con el reconocimiento de todos, con los mejores premios, con el aplauso de la sociedad por su saber estar en el mundo y con la convicción de no haber hecho nada de lo que tuviera que arrepentirse.

Ensayista, narrador, sociólogo, académico y enamorado del cine, Ayala era un gran convencido de que la libertad individual debía ser proyectable a todos los planos de la existencia, y un hombre comprometido con su tiempo pero que rechazaba cualquier adscripción política concreta.

“El compromiso debe establecerse con uno mismo y con la realidad en que vivimos, pero no con el ideario de un partido. El intelectual al que le dictan lo que ha de pensar abdica de su condición intelectual”, sostuvo siempre Ayala.

Y estaba convencido de que “en este mundo de descomposición, la única salvación que podemos encontrar es la revolución moral”.

Su biografía está en sus obras, porque el autor de “El jardín de las delicias” no deslindaba vida y literatura. Toda era una misma cosa, desde aquel primer libro de ficción que escribió con 19 años, “Tragicomedia de un hombre sin espíritu”, hasta los últimos ensayos de senectud, cuando decidió que el tiempo de la novela había pasado.

Opinaba que hoy día la novela no satisface las expectativas sociales, suplida por la televisión, un medio de comunicación que llegó a fascinarle “como instrumento de poder, de organización del mundo, pero también de desorganización, mal utilizada”.

“La imaginación popular encuentra su alimento en el cine y la televisión, mientras que la novela de calidad artística tiende a convertirse en lectura especializada para críticos y profesores o para los colegas del novelista”, decía por la época en que cumplió los 60 años.

Catedrático de Derecho Político antes de la guerra civil, crítico literario, profesor de Literatura en Estados Unidos, editor y traductor, Ayala se consideraba ante todo un escritor, alguien que narraba por placer y con libertad porque nunca vivió de su vocación, lo que le mantuvo “siempre libre”, decía.

Junto con Ramón J.Sender y Max Aub, estaba considerado uno de los grandes de la literatura del exilio, aunque él, que pasó 37 años en el destierro, siempre rechazaba que hubiera una literatura del exilio, ya que éste “no fue homogéneo, había puntos de partida diferentes y situaciones distintas”, algunas como la suya “de lujo”. “Hay que desmitificar el asunto del exilio, porque hubo personas que incluso ascendieron en su escala profesional y no lo pasamos tan mal”, precisaba ante los periodistas justo el día antes de cumplir cien años.

“Lo decisivo en cuanto al exilio fue la incomunicación que padecieron los españoles durante el régimen de Franco con respecto a lo que publicábamos entonces, tanto los escritores de lengua española como de otros países”, pensaba Francisco Ayala, que siempre sacó fruto a su estancia obligada en el exterior y no se sintió marcado por ello, “quizás por esa propensión mía a adaptarme a cualquier rincón”, entendía.

Volvió a España calladamente y poco a poco en 1960 -“cuando se pudo volver”, declaró años más tarde- y poco a poco su obra empezó a ser reconocida. Después se instaló definitivamente en 1976.

Sus escritos se publicaron; en los ochenta fue elegido académico de la Lengua, investido doctor “honoris causa” por las universidades de Madrid, Sevilla y Granada, y recibió el Premio Nacional de Literatura; en los noventa le concedieron el Cervantes y el Príncipe de Asturias de las Letras.

Cuando en el 2002 cumplió 96 años y presentó la reedición de “Cazador en el alba”, aseguró que seguir viviendo no era “un mérito personal, sino un mérito de la Naturaleza”, pero quienes le escuchaban sabían que su lúcida juventud era fruto de una inteligencia inagotable que no se dejaba engañar.

Un año después, durante un homenaje que recibió en el Círculo de Bellas Artes, en plena crisis internacional, lamentó que las guerras “por desgracia, se puedan repetir indefinidamente porque el ser humano no cambia”.

Después, cuando llegó su centenario y presenció cómo se organizaban todos los actos para conmemorar sus cien años, sopló ese día, el 16 de marzo, sus cien velas acompañado por su familia y por los Reyes de forma tranquila y desapasionada. “Muy agradecido y emocionado”, decía que su vida “había terminado”, que ya no le quedaba futuro. “Solo un presente congelado”.

Si la juventud está en el alma, Ayala murió a sus 103 años siendo un hombre joven, antes había sido un joven viejo con una mente lúcida que fascinaba a todo el que se acercaba a él, especialmente a los jóvenes, por los que sentía predilección.

Pero el mito de Fausto no lo tentaba y aseguraba que “por nada del mundo” regresaría él a esos primeros años, porque, “a pesar de algunos reconocidos errores y de las tonterías que uno pueda haber hecho, no querría volver a empezar de nuevo”.

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