Sábado, 22 Septiembre, 2018

            

Antigranaíno

Celebración del Día de la Toma de Granada | Foto: Archivo GD
Martín Domingo | @sundaymart


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Todos los años por estas fechas asistimos a la misma batalla dialéctica entre los partidarios y los detractores de la Fiesta de la Toma de Granada.

En estos primeros días de enero los granadinos nos desayunamos, año tras año, con análisis eruditos o manifiestos indignados que preconizan el carácter irrenunciable de la conmemoración o su evidente obsolescencia.

Si veníamos entendiendo por discusiones bizantinas las disputas que enzarzan indefinidamente a sus participantes en largas diatribas sin sentido para el común de los mortales creo que el concepto pide a gritos un “aggiornamento”: a partir de ahora deberíamos referirnos a este tipo de querellas irresolubles e ilimitadas en el tiempo como discusiones granaínas.

A mí la cuestión de la Toma siempre me ha dejado frío porque nunca he entendido excesivamente ese afán por afirmarnos como pueblo únicamente desde 1492 en adelante, cuando la plaza que más me gusta de Granada se llama Bib-Rambla -está junto al Zacatín y la Alcaicería- y lo primero que hago cuando viene un amigo de fuera –como todos los granaínos- es enseñarle la Alhambra.

No dejo de ponderar –sería de bobo no hacerlo- la importancia del acontecimiento histórico que se conmemora el 2 de enero, que hizo realidad la España de las profundas reformas institucionales de los Reyes Católicos, absolutamente imposibles sin la unidad nacional, pero tengo que reconocer que me molesta profundamente esa postura castrante de quienes se enfrentan a nuestra historia con las orejeras puestas.

Es como si nos cortáramos dos dedos y proclamáramos muy ufanos que los otros tres son la verdadera esencia de nuestra mano.

Pero lo peor no es eso; lo verdaderamente triste es que quien mira hacia atrás con prejuicios no los abandona a la hora de afrontar el presente y esa miopía le incapacita para vislumbrar un futuro luminoso.

Por eso no muestro excesivo entusiasmo por la mayoría de tradiciones granadinas. Porque lo que en otros lugares sirve de estímulo y acicate en Granada se convierte en un lastre, una rémora, una carga insoportable.

Entonces, la Toma de Granada (como otras tradiciones sobre las que se discute eternamente) deja de ser un motivo de orgullo, un espejo de modernidad, para convertirse en una excusa para la inacción, un dique frente al progreso, un bucle melancólico y estéril.

Y mientras nosotros nos miramos la borra del ombligo y discutimos, discutimos y discutimos sobre viejos pergaminos y el rancio abolengo de nuestra estirpe, el resto del mundo nos pasa por la izquierda como un ferrari.

Así, sin que a nadie parezca importarle en exceso, llevamos dos años de aislamiento ferroviario, se eternizan las obras del metro, nos distraemos con dudosos acontecimientos como milenios y universiadas, que tampoco rematamos, y mientras en Málaga se inaugura un museo todas las semanas -o casi- aquí nos cargamos la estación de Moneo, despreciamos el Atrio de Siza y abrimos el Centro Lorca cinco años después de haberlo terminado y sin rastro de Federico.

José Ignacio Lapido, el poeta del rock, hizo un diagnóstico certero de los males que nos aquejan: “Faltan soñadores, no intérpretes de sueños”.

Los soñadores de Lapido son -bonita paradoja- los ciudadanos activos, resolutivos, emprendedores, cuya extrema escasez contrasta con la nómina formidable de críticos esterilizantes con que cuenta la ciudad.

Me da miedo el granadinismo oficial, ese que se parapeta tras asociaciones de supuesta defensa de los intereses locales y que tiende a imponer como tesis general su particular visión paralizante de la existencia, sobre la base de su autoproclamada superioridad moral.

Frente a esa visión negativa de la realidad, que encuentra antes en las personas y en sus proyectos los defectos que las virtudes, frente a ese “antigranadinismo efectivo” que reconoció Luis García Montero en quienes no se quitan de la boca la Alhambra, su agua y sus cipreses, hay que levantar la bandera del “antigranadinismo de los críticos” que es –este sí- un acto de amor, un esfuerzo por hacer que los viejos objetos se muevan y cambien de perspectiva.

Como dice el poeta, “apostar por Granada significa precisamente ponerla en duda, ayudar a crearla; la ciudad no debe ser más un marco incomparable, sino un problema, una tarea”.

Hay que defender a Granada de los defensores de Granada; tenemos que protegerla de nosotros mismos.


Comments

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  1. Muy imaginativo. En mi opinión no es este el planteamiento ni de él se deriva la razón formal del enfrentamiento. Vendría a decir que los pueblos, las sociedades que no “pactan” con su pasado están ancladas en él. No hay más que mirar a nuestro derredor para encontrar muchos, muchísimos casos que demuestran lo contrario.