Lunes, 15 de Octubre de 2018

            

Animales somos todos

Imagen de archivo
@MenMarias


image_print

La pasada semana pude disfrutar con un amigo de una de esas noches de verano que ofrece Granada como milagros: de repente, en una terraza cerca de Plaza Nueva, se me erizó la piel por el frío. Este sabor, que a mí me va directo a la sangre porque mi relación con el calor es de absoluta tristeza y nihilismo, hay que saber economizarlo sin que se derrame una gota. Paladearlo como si fuese el mejor vino. Supongo que fue por él que la conversación se puso interesante. Siempre es por él.

Hablábamos de Coetzee y los animales. Como ya saben, hace poco más de un mes, tuvimos el privilegio de contar con el Premio Nobel en la clausura del FIP Granada presentando su última obra «Siete cuentos morales». Comentábamos –qué frío tan inadmisible hacía, qué manjar– el final de «Matadero de cristal», donde nuestra adoradísima Elizabeth Costello dice:
«El sistema funciona así. Al segundo día de vida, apenas los pollitos pueden sostenerse sobre las patitas, los colocan sobre una cinta transportadora que los hace pasar lentamente frente a unos empleados encargados de examinar sus órganos sexuales. Si eres un animalito femenino, te transfieren a una caja que se envía a la planta de ponedoras. Si eres de sexo masculino te devuelven a la cinta. Al final de la cinta, te dejan caer por una tolva al fondo de la cual hay un par de ruedas dentadas que te trituran hasta transformarte en una pasta que luego se esteriliza y se emplea como alimento de ganado o fertilizante.»
Coetzee, reconocido animalista, refrenda pactos muy específicos con los animales en sus creaciones. Pactos, juramentos, palabras que junto a los de otras y otros –muchísimos, millones– van incorporándose a la moral pública y a la ética privada del ser humano de manera que este siga evolucionando. Comentaba hace unas semanas que, aunque a veces nos parezca lo contrario, el mundo avanza. Muy despacio, devorando generaciones, pero avanza.

El ser humano tiende a reconocer, promover y respetar los derechos de los diferentes colectivos que integran nuestro mundo y, entre ellos, los animales. El hecho de que el progreso se ralentice responde a que los grupos que acaparan esos derechos se niegan en rotundo a liberarlos –el mejor ejemplo a día de hoy el de los machistas, ¿han visto como están últimamente los machirulos? Si no, asómense a las redes sociales, les aseguro que las risas no se las quita nadie– pero no tienen la suficiente fuerza para conseguir retenerlos.

Hay dos motivos básicos que sustentan el trato que vienen recibiendo los animales por parte de las personas: el postulado cartesiano y la religión. En el primer caso, hemos basado nuestra existencia en el «pienso, luego existo», o, lo que es lo mismo, «no pienso, luego no existo». Esta corriente filosófica ha influido enormemente en nuestras estructuras sociales negando todo aquello sin capacidad para razonar, es decir, estableciendo al ser humano como lo único que «existe», y con existir se hace referencia, entre otros asuntos, a la concepción de la vida como un derecho inalienable. En el segundo, las diferentes religiones, y en especial la católica, decidieron que la especie humana tiene alma y el resto no, por lo tanto, estas son inferiores y están al servicio de la primera. Usted –si se porta bien y no protesta, claro– puede aspirar al cielo. Su perrito, no.
Estas formas de concebir la existencia, que durante muchos años se han impuesto de manera innegociable, responden única y exclusivamente a sentimientos de inferioridad que, en vez de ser gestionados utilizando la razón –y esto es divertidísimo–, se han paliado con la forma clásica: sometiendo a otros. Así yo no soy tan inferior. Porque aceptar la igualdad no, eso ni en broma. Fíjense en cómo es la especie humana que es capaz de aceptar la inferioridad, pero la semejanza nunca.

Afortunadamente y como bien es sabido, estas morales cartesiana y religiosa, a día de hoy, tiene muy poco que decir y han quedado reducidas a la ética personal. Y cada día a la de menos personas. La Iglesia ya no tiene nada que objetar en lo que respecta a la vida pública; a veces aparece dando golpes en el suelo con la vara del tridente reclamando atención pero, salvo los cuatro o cinco privilegios heredados de los que aún dispone y que también tienen los días contados, es una institución que ha quedado arrinconada.

Los animales no son seres con menos derechos que el ser humano porque no tengan capacidad para razonar. Al igual que no lo son los seres humanos que por determinadas afecciones cerebrales no lo hacen. Es más, una cosa es que el ser humano tenga capacidad para razonar y otra muy, ¡muy! diferente, es que lo haga. Los animales tienen el mismo derecho que usted y que yo a la vida, más aún, a una buena vida. A no ser torturados. A no ser asesinados. A no ser considerados inferiores y despojados por ello de sus derechos. No somos menos por considerarlos a ellos más. Somos todos igual de importantes. O lo que es lo mismo, igual de insignificantes.

Me aburren en exceso los «ah, pues déjame que te diga algo que seguro que no sabías pero que yo te explico porque soy muy culto: ¡a Goya le gustaban los toros! ¡Y a Hemingway!» A mí, a mí también me gustan los toros. En el campo. Cuando era más jovencita me enardecía muchísimo y pasaba horas discutiendo sobre el hecho de que la producción artística de una persona no va ligada a su pensamiento, y que una sea sublime no quiere decir que la otra la imite. Obviamente, pasan los años y una ya no entra ahí, ante este tipo de asuntos lo mejor es frivolizar. ¿Discuten ustedes sobre la globalización con un niño de un año? No, no lo hacen. Porque ese niño aún no tiene capacidad para ello. En este tipo de asuntos igual: discutir con alguien que piensa que un ser vivo ha de morir torturado –pero va a misa cada domingo, eso sí– no merece la pena. Esta no es una forma efectiva de luchar por los derechos de los animales. Derechos que terminarán siendo reconocidos al cien por cien. De eso que no le quepa la menor duda a nadie. Aunque el asunto sea lento.

Si el cielo existiera de verdad, en ese lugar habría más animales que humanos. Volví a casa paseando para exprimir el frío y me abracé a mi marido y a Ribadeo, el gatito que vive con nosotros y que es mucho mejor persona que él y yo juntos.

Comments

    Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

    Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

  1. Esta claro que a esos que tanto presumen de tener “razón” les queda mucho por aprender a utilizarla sin torturar a un ser vivo que no ha hecho daño a nadie y disfruten viendolo vomitar sangre. Pero me alegro mucho que el tema se visibilice y cada dia este la gente mas concienciada.Esta claro que estas barbaridades de seres de las cavernas tienen los dias contados.

  2. Hay demasiada gentuza suela. Quien va a una corrida de toros o maltrata a cualquier animal tiene un problema mental. Ese tipo de gente es sádica y despiadada y deberíamos plantearnos que andan sueltos. Si se le hace eso a un pobre animal que no le haran a quien les haya hecho algo a ellos… que peligro