Jueves, 14 Diciembre, 2017

            

Alegoría de una ciudad que pronto será un bar continuo

Terraza de un bar de Granada
Ramón Ramos


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Ha abierto el Nevada entre grandes fastos periodísticos que fundían reportaje y publicidad. Oculto tras la sombra de la mastodóntica mole que surgió años atrás en las inmediaciones de la Ronda Sur, por estas fechas ha cerrado otro ‘clásico’ del comercio granadino: ‘Cosmos’, tienda de ropa y moda, en el Campillo Bajo, en un entorno que a comienzos de los setenta concitó el primer foco del ocio juvenil y moderno en la Granada de la época.

El cierre de ‘Cosmos’ el mismo día que abre el ‘leviatán Nevada’ es una alegoría del signo de los tiempos: desaparición progresiva del comercio tradicional que a duras penas ha sobrevivido en el centro de las ciudades y una nueva cultura del consumismo ligado al ocio. No es casualidad que incluso los cines hayan trasladado su oferta a estos centros comerciales mientras abandonan los locales históricos que adornaron el eje ciudadano en una época en que las películas eran la primera oferta del ocio cuando el fin de semana se limitaba al domingo.

‘Cosmos’ se asentó en el Campillo Bajo, donde desemboca la calle Moras, a espaldas del Isabel la Católica. Allí, en 1969 abrió la discoteca ‘Janforjai’, previa al nacimiento de la ‘música disco’ y en una época en que baile y penumbra eran sinónimo de pecado mortal en el diccionario oficioso de la España nacional-católica. A su calor, abrieron en la zona bares modernos que conjuntaron con clásicos preexistentes y el punto definitivo lo aportó la primera pizzería que abrió en Granada: ‘Romano’, que todavía subsiste en los bajos del edificio Cervantes y en el verano de 1970, cuando abrió, trajo sabores exóticos, hoy populares, pero hasta entonces no degustado por estas tierras.

Durante casi cincuenta años los escaparates de ‘Cosmos’ fueron sinónimo de calidad y gusto en el vestir, elegancia masculina, sobriedad en la moda, cordialidad en el trato a cargo de un campeón de esquí, Álvaro Gijón, figura nacional en el deporte de invierno que optó por el comercio cuando la edad marcó su jubilación deportiva. Lo escribo ahora, cuando nadie me podrá acusar de publicidad gratuita, mientras contemplo el inexorable avance de los bares en la ciudad: pronto, donde hubo un cartel, un escaparate y un mostrador habrá una barra de bar, unas mesas de terraza y unos camareros. Ese es el paisaje ciudadano que hemos decidido para nuestra ciudad, una sucesión de bares, un inmenso bar que en la zona de la que hablamos comenzó por la calle Navas, se extendió en versión ‘pija’ hacia Ganivet, otrora una calle señorial del comercio, y ahora, por el Campillo Bajo avanza hasta unirse con los que ya acampan en Puerta Real y zonas limítrofes.

Han dicho las autoridades que tanto velan por nosotros que va a haber mano dura con las terrazas que abusan en la ocupación del espacio público. Han tardado: la Academia de Bellas Artes ya advirtió del abuso en 2006, refiriéndose en aquel entonces a la barrera que las terrazas han impuesto en Bib Rambla. Una concejal responsable me dijo, años después: “¿Y qué hacemos? Si son los únicos que nos piden licencia de apertura… (eran los años más duros de la crisis), ¿les vamos a decir que no?”. En cierta medida llevaba razón: en Granada lo único que se mueve es la ‘movida’.

Ha abierto el controvertido ‘Nevada’ y su mastodóntica silueta evoca aquella primera presentación, cuando iba a ser la cuarta parte de lo que finalmente ha sido, cuando llevaba un lago central, unas palmeras…. Digo yo que la novedad empujará a los consumidores hacia allí pero, al tiempo, vaciará los ahora existentes, me pregunto por qué no arrancó el Neptuno si lo tenía todo para triunfar y recuerdo lo que me dijo uno de sus primeros gerentes, que ilustra bastante sobre la ‘negatividad’ del empresariado granadino -otro día lo cuento- y termino esta columna, porque me voy para el ‘Nevada’ y no quiero que me atrape el atasco.

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