Sábado, 20 de Octubre de 2018

            

Acabando el año

Imagen representativa | Foto: Pixabay
Juan Pablo Luque Martín


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– ¿Qué es eso papá?

Es lógico. Preguntar una y otra vez qué es eso, resulta lógico. Sobre todo, si a los nueve años, procuras que la vida se le vaya abriendo poco a poco, de forma pausada, sin sobresaltos, como en un continuo amanecer donde el sol tímidamente reparte sus rayos en un horizonte incierto. El “qué es eso” me aturde, la verdad. Lo dije en alguna ocasión. No es que los hijos vengan sin libro de instrucciones. Aunque lo tuvieran, nunca reuniríamos la suficiente paciencia y entereza moral para abrirlo, para entenderlo, para saber cómo montar este interminable mecano.

– Pero, ¿qué es eso, papá?

Cuando Dani pregunta, lo importante no es tanto escucharlo como ser consciente que nunca olvidará que le debes una respuesta. Nada peor que deber una respuesta a un niño. Eres su libro abierto, del que espera todo, porque todo debiste ofrecer y él supone siempre que lo tienes. Algún día descubrirá que no es así, que tus bolsillos siempre anduvieron vacíos. Pero hoy no es el día. Mientras llega, enfúndate el traje de Supermán.

A la edad de Dani, son permanentes esponjas. Todo lo empapan. Todo lo absorben. Con ellos nunca servirán los “porque quiero”, los “porque a mí me da la gana”. Y eso que en miles de ocasiones, se propone como la respuesta más adecuada a su consulta. No hace tanto me tacharon de chalado y cursi por decir que los padres siempre debimos regañar con besos y castigar con abrazos. Difícil, sí. Nunca imposible. Seguro que no.

– ¿Que qué es eso?- le dije. No creáis que no medité la respuesta. Eso sí: no sé aún si porque no estaba seguro de su pregunta, o para tratar de evitar que mi respuesta se convirtiera en la antesala de otra pregunta. O ambas cosas a la vez…

– Eso Dani, eso es 2018. El año que viene.

– Pero, ¿qué vamos a hacer en 2018?- volvió a preguntar.

Lo imaginaba. Inevitable. Ya lo sé. Insufrible. Quedaba otra pregunta. Siempre otra pregunta. Y otra, y otra, y otra…

– No lo sé, Dani. Aún no lo he pensado. ¿Porqué no lo piensas tú? Escríbelo en una hoja y cuando vuelva me dices algo.

– Ok, papá.

Los laborables en Navidad son tremendamente extraños. Bullicio, compras compulsivas, músicas que se entremezclan, cielos encapotados, frío-calor, pañuelos para el resfriado… de todo. En una sola acera. La otra, la del “perdone Vd. hermano, no tengo nada”, siempre está vacía. Hipócritamente vacía.

Cuando regresé a casa, el folio aún seguía en blanco.

– Aún no pusiste nada, Dani…

– Sí, sí lo puse papá. Está por detrás.

En el reverso de la hoja, dos dibujos. Dos muñecos. Sonríen. Bueno, el de las trenzas más que el otro. Lógico. La malafollá ‘granaína’ siempre corroe a unos más que a otros. Un cartel. Feliz Año 2018.

Sonreí.

Feliz año a todos. Feliz año, Dani.

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