Martes, 30 Mayo, 2017

“A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”

Foto: Archivo
Ana Terrón | @AnaTerron_


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Cuando Jesús de Nazareth pronunció estas palabras, los fariseos callaron, dice el Evangelio de Lucas. Esta semana el vicario de la diócesis de Granada, Francisco Javier Espinares, pronunciaba unas desafortunadas declaraciones en las que comparaba a los “heridos por las mentiras de la ideología de género”, con los del terrorismo.

Iglesia somos todos, según el propio concepto de Pablo de Tarso y tal como lo piensa una cristiana como la que escribe, convencida y orgullosa del gran trabajo que hacen en esta sociedad, en esta provincia, tantos cristianos y cristianas de base. Es entonces, cuando leo estas declaraciones, que siento verdadera vergüenza. No puedo entender a esta parte de la Iglesia que se separa de la tierra, que olvida a las más de diez mujeres asesinadas en España en lo que va de año, víctimas de violencia machista. En Granada, la cifra también es significativa. Estas declaraciones exponen la lejanía social de quien las pronuncia, y no solo social, lejanía de su propia Iglesia, de esos creyentes de base que bien conocen los patrones de desigualdad y violencia cotidiana, contra los que actúan en silencio, día a día, a pie de calle.

No es la primera vez que las caras visibles de la Curia en Granada desprestigian a la Iglesia en su más amplia definición, la de comunidad. Un concepto al que traicionan, como al resto de la sociedad granadina, con declaraciones violentas, machistas y radicales. El arzobispo de Granada también ha justificado la violación en su atípica defensa de la vida. Una defensa de la vida un tanto sui géneris la suya, porque entre vida y existencia existe un matiz fundamental: la dignidad. Resulta curiosa también la distancia entre quienes dicen representar a la Iglesia y quienes son Iglesia.

Los primeros, más que la vida, defienden la existencia, porque jamás los he visto en la defensa de la familia a la que desahucian ni respondiendo ante el desmantelamiento de la ayuda a la dependencia, con la que usuarios y familiares podían vivir una vida digna. Todo lo contrario, desprecian la vida, haciendo escabrosas declaraciones sobre un problema de estado que se está cobrando vidas, y alentando con comentarios así un atentado contra la libertad y la intimidad tan espeluznante como es la violación. El mayor acto de fe para un cristiano es la defensa de la vida.

Condición indispensable para ésta es la dignidad; tendrán que valorar entonces quienes realizan estas declaraciones si de verdad pueden reconocerse como defensores de la vida.

Es el momento de que dejen de hablar por la mayoría silenciosa, el momento perfecto para bajar del púlpito y conocer al Pueblo de Dios del que andan tan lejos. Señores del alto clero, no se sientan ustedes tan ofendidos por un torso desnudo. Es mucho más aberrante que una persona se sienta propietaria de otra, y la asesine. Lo que clama al cielo es una familia sin hogar, o un anciano sin cuidados, y no una protesta legítima, de buen o mal gusto, por la noble causa de la independencia de las creencias, de la separación de iglesia y el estado, por decir en voz alta lo que muchos cristianos y cristianas defendemos: “A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”.

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  1. Juan 8:1-7

    8 Pero Jesús se fue al monte de los Olivos. 2 Al amanecer se presentó de nuevo en el templo. Toda la gente se le acercó, y él se sentó a enseñarles. 3 Los maestros de la ley y los fariseos llevaron entonces a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola en medio del grupo 4 le dijeron a Jesús:

    —Maestro, a esta mujer se le ha sorprendido en el acto mismo de adulterio. 5 En la ley Moisés nos ordenó apedrear a tales mujeres. ¿Tú qué dices?

    6 Con esta pregunta le estaban tendiendo una trampa, para tener de qué acusarlo. Pero Jesús se inclinó y con el dedo comenzó a escribir en el suelo. 7 Y como ellos lo acosaban a preguntas, Jesús se incorporó y les dijo:

    —Aquel de ustedes que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.